Jueves 23 de Abril de 2020
“Y fue fiesta canalla. Cuando Bauza clavó en la “ratonera” de Scoponi ese tiro libre que rozó en Fullana restando dos minutos, dio paso a uno de los principales ingredientes del folclore futbolero: el despertar de la pasión. Porque los hinchas -auriazules en este caso- gozaron hasta la disfonía una victoria largamente ansiada, en medio de una policromía que realzó la vista. Fue espectacular como ninguno, ni el más frívolo (si es que Central tiene alguno) de los simpatizantes, se movía del lugar que había atesorado para presenciar el partido. Los cantitos cambiantes e imaginativos, le devolvieron la sonrisa a unos y entristecieron a otros, pero felizmente el clásico se jugó, se vivió y finalizó.
“Central lo justificó en el balance. Por una propuesta más auténtica. Porque habrá que convenir en algo: el desarrollo distó en mucho de merecer otro calificativo que no sea mediocridad. Por momentos resultó demasiado trabado, con escaso vuelo y falta de contundencia cuando la pelota llegó a las áreas. Apenas una situación clarísima para el local en el arranque (cabezazo de Pizzi que “besó” el vertical izquierdo de Scoponi) y un par en el complemento. Muy poco para tanto calor en las tribunas.
“La media hora inicial fue de Central. Cornaglia recuperaba, Andrade y Bisconti aseguraban el destino y Lanzidei ofrecía movilidad como arma para sacar de posición a Pautasso y producir los huecos que permitiesen la diagonal de Escudero o las llegadas de Pedernera. Chamot también se proyectaba cuando la ocasión se le presentaba. Newell’s parecía un equipo sin convicción, demasiado dispuesto a “mirar” lo que sucedía, a usufructuar sólo las corridas de Lorenzo Sáez. Excesivamente atrás el “Yaya” Rossi, desconocido Alfaro, muy parado Martino y Llop alternando buenas y malas.
“Es cierto que Central tenía más la pelota, pero también que lo suyo “moría” irremediablemente en los metros finales. Muchas veces por el apuro con que Lanzidei pretendía resolver cada maniobra y porque Escudero y Pizzi no pesaban.
“La baja de Bisconti -golpe en el muslo derecho- le permitió emparejar a Newell’s, “discutir” mejor la posesión. Claro que su producción siguió transitando por el carril de la tibieza. Una muestra: recién a los 25’ concretó la primera maniobra a un toque (Martino-Almirón). Y, además, las escasas veces que se arrimó hasta Lanari fue cuando Rossi se decidió a encarar.
La presencia de Franco en el complemento (reemplazó a Alfaro) le permitió a Newell’s liberar a Rossi y asociarse mejor en el medio durante 20 minutos, parte de ese fútbol que lo convirtió en el mejor equipo argentino. Duró poco.
Bastó que Bauza se adelantara unos metros (no agarró la “lanza” como en otras ocasiones, vale aclararlo) para que Central volviera a nivelar en la gestación y establecer un factor que tuvo su premio en el epílogo: mayor decisión que el rival. Newell’s fue cediendo metros peligrosamente en el fondo.
Y Central, sin brillo, con ganas y corazón más que fútbol, se animó. Lo desperdicio Lanzidei (quiso colocarle la pelota a Scoponi en un rincón) tras un disparo de Jorge Díaz que devolvió el travesaño. Fue un llamado de atención que Newell’s no sintió. De allí que enseguida, una ejecución de esquina de Jorge Díaz lo condenara por primera vez. Falló Scoponi y la cabeza de Cuffaro Russo hizo el resto.
Sin embargo, ese sol que había salido para Central se escondió en segundos. Por los descuidos que ofrecen los equipos sin mucha experiencia. ¿O no es raro que a uno puedan sorprenderlo apenas se mueva la pelota del medio? Ocurrió. Se atrevió Rossi y con gran precisión colocó para el pique de Lorenzo Sáez, éste le gano la posición a Pedernera, cayó y Bava, sin dudar marcó penal que Rossi transformó en empate. Todo igual.
Ya había pocas “piernas”. Central quería pero no podía. Newell’s se aferraba a definir el extra mediante penales. El clásico se estaba yendo del campo, solo se seguía jugando en las tribunas cuando el árbitro entendió falta de Franco a Pizzi (dudosa). Se paró Bauza, levantó la vista y sacó el derechazo, rozó en el hombro de Fullana y dejó sin chance a Scoponi.
Delirio auriazul. Como en las tardes memorables con Poy y Kempes. Un final que deseaban muchos e imaginaban pocos. Se había vencido al enemigo, no importa nada más. Ni el poco fútbol observado ni ese descuido que significó el transitorio empate... Solo se empezaba a vivir una fiesta.