Ovación

Todo Murphy gozó y sufrió junto a Pochettino, el muchacho que llegó lejos y quedó a un paso de la gloria

En el Club Unión y Cultura se vivió la final entre Tottenham y Liverpool como si fuera la de la Copa del Mundo. Después un cerrado aplauso coronó el esfuerzo del DT.

Sábado 01 de Junio de 2019

El club Unión y Cultura de Murphy parecía un anexo del Wanda Metropolitano de Madrid. Esta tarde, unas 300 personas ratificaron ser hinchas del Tottenham porque Mauricio Pochettino, el hijo pródigo del pueblo, intentaría subirse a la gloria en la final de la Liga de Campeones ante el Liverpool.

Las autoridades del club instalaron en un salón una pantalla gigante para ver las alternativas del partido. El pueblo era un hervidero desde hacía unos días y nadie quería perderse la fiesta.

Incluso, muchos chicos miraban con sorpresa las cámaras de televisión de Rosario y Buenos Aires que llegaron hasta el pueblo, ubicado en el departamento General López, cerca de Venado Tuerto, de Madrid y de Londres.

Murphy estaba revolucionado y orgulloso de que Mauricio Pochettino, ese pibe de 47 años que alguna vez jugó y salió campeón con el Loco Bielsa defendiendo los colores de Newell's, estuviera tan cerca de coronar una exitosa carrera como entrenador en Europa.

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Había amigos del Poche dando vueltas nerviosos y ansiosos, estaban los chicos del club, las nenas del equipo de hockey llegaron en un ómnibus y hasta Alberto Broglia, uno de los primeros entrenadores del DT de Tottenham, se vino desde Chabás para no perderse el espectáculo.

Los padres y los hermanos del Poche decidieron quedarse en sus casas para vivir el partido en la intimidad. Los familiares del arquero suplentes del Tottenham, otro pibe de Murphy, Paulo Gazzaniga, eligieron mezclarse entre la gente en el club. Todo valía. Lo importante era apoyar a los Hot Spurs.

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A segundos de arrancar el partido, la televisión mostró a Mauricio en el banco de suplentes y estalló la ovación. El gol tempranero del Liverpool cayó como un balde de agua fría pero el partido recién arrancaba.

Tuvo que llegar el segundo tiempo para que la gente se soltara más. Así, cada pase, cada lateral, cada jugada del Tottenham era festejada como si se tratara de la final de la Copa del Mundo.

La emoción y la ansiedad dominaba el ambiente. El segundo gol de Liverpool trocó los rostros en gestos de tristeza. Faltaba poco y las esperanzas de Pochettino y el Tottenham se esfumaban.

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No pudo ser. Pero un cerrado aplauso durante un buen rato significó que el esfuerzo del pibe de Murphy que llegó muy lejos había valido la pena. No hubo tristeza, apenas algunos "será la próxima". La fiesta no fue completa pero el orgullo estaba en pie.

La tarde se iba yendo y las sensaciones eran encontradas. Pero quedaba flotado en el ambiente que en un club chico, en el sur de la provincia de Santa Fe, la presencia de un hombre sentado en un banco de suplentes había generado que todo un pueblo se convirtiera en hincha del Tottenham Hotspur. Sí, ese club inglés que dirige un pibe que salió de acá. Sí, de Murphy, con todo orgullo.

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