Ovación

Súper crispación

La final del miércoles 14 de marzo entre River y Boca desnudó todas las miserias que sobrevuelan en el fútbol argentino. El poder de Boca, las persecuciones de River y el miedo de todos.

Jueves 22 de Febrero de 2018

Primero de Julio de 2004, Manizales, Colombia. Franco Cángele no cumple con la ley del zurdo y no la cruza. Juan Carlos Henao también desatiende aquel precepto no escrito y se tira a su derecha. La pelota sale despedida hacia uno de los costados y Henao no sabe muy bien qué hacer. Corre hacia la puerta del área y antes de salir de ella se arrodilla, señala el cielo y se acurruca esperando la llegada de sus compañeros que lo cubrirán de idolatría. El humilde Once Caldas acaba de consumar el mayor batacazo de la historia de la Copa Libertadores de América. Habían igualado 0 a 0 en La Bombonera y 1 a 1 esa noche. En la ejecución de penales Boca falló todos: Schiavi arriba, Nico Burdisso al travesaño; Cascini y Cángele atajados. El Pato Abbondanzieri contuvo dos, pero no fue suficiente.

Carlos Bianchi consuela a sus futbolistas en la mitad de la cancha y para sorpresa de todo el mundo los jugadores y el entrenador se van a los vestuarios.

"Carlos, ¿por qué no recibieron las medallas?", preguntó un periodista al rato, cuando el plantel multicampeón, esa noche derrotado, se iba de la cancha.

"Nunca había quedado segundo y no sabía que les daban medalla de plata", contestó de manera desagradable y soberbia el entrenador más importante de la historia de Boca, que ya había ganado 3 Libertadores casi consecutivas y dos Intercontinentales.

En Colombia declararon persona no grata al entrenador y la Conmebol también mostró su malestar publicando un comunicado del flamante campeón de América que criticó la "actitud antideportiva" de Carlos Bianchi en particular y de Boca en general.

El club de la Ribera pidió disculpas en otro comunicado que difundió la Conmebol. El pedido de disculpas llevó la firma de Mauricio Macri.

Casi 14 años después, el fútbol argentino hace un intento para evitar que un equipo "padezca" la premiación de su archirrival en pos de bajar los decibeles: increíble, insólito, detestable; como aquella vez.

El martes a la tarde la agencia Télam difundió una información que al rato fue desmentida de manera tajante. El típico caso del globo de ensayo periodístico cuya repercusión determinará los pasos a seguir.

Se decía, se dijo, que el perdedor de la Supercopa del miércoles 14 de marzo próximo no tendría la obligación de quedarse a la premiación para evitar rispideces porque además dicho ítem no figura en el contrato. Sería, claramente, un retroceso más en beneficio de la violencia y la intolerancia.

Al rato, Leonardo Gallego, vocero de la organización del partido que es la misma que comanda la Copa Argentina (Santa Mónica), por suerte lo desmintió. "Es el espíritu de la competencia y en todas las ediciones sucedió lo mismo", le dijo a Olé.

Es increíble que tenga que explicarse semejante cosa, pero la locura generalizada obliga a poner blanco sobre negro todo el tiempo. Sobrevuela un estado de enajenación en el que no existen inocentes.

Gallardo sabe lo que dice, cómo lo dice y cuándo lo dice. Guillermo sabe perfectamente, y Macri mucho más, que reunirse con el presidente de la Nación no era necesario justo el lunes pasado.

El Beto Alonso sabe que si dice que "la orden de perjudicar a River viene de arriba" provoca un escándalo.

José Basualdo sabe que si vocifera que "Gallardo debería callarse la boca, tratar de preocuparse por qué pierde los partidos y está a 21 puntos de líder", no aporta demasiado para la coyuntura que se vive. Aunque en un punto baja a la tierra, se saca la camiseta y opina sesudamente: "Los árbitros son malos. Tienen errores como cualquiera, son humanos y pueden equivocarse, tienen segundos para decidir. A veces tiran a favor tuyo, a veces en contra,están en un ambiente muy complicado". Buena para Pepe.

Y el periodismo también sabe. Es el sector más instigador y protagonista de esta crispación insoportable que pone a un partido de fútbol a la altura de una contienda diplomática.

"¿Saben lo que va a pasar? Nos van a terminar cagando a nosotros, a Boca. Cuando vayamos a jugar a Mendoza va a estar todo el mundo anti Boca, porque ya nos han ayudado, ya venimos de la época de Ceballos con Central... Y entonces van a cobrar un penal que no es (mal cobrado) a favor de River para decir «viste River que no tenías nada para decir» y me van a sacar la copa a mí", arengó el lunes Alejandro Fantino, hincha de Boca confeso, en La Red.

"Es increíble a dónde nos ha llevado el futbol... Una AFA teñida de azul y amarillo. Tapia, salí a dar la cara. Vos hacés que puteen al presidente de la Nación", gritó al mundo Atilio Costa Febre por Radio Rivadavia el domingo cuando se consumía el partido River-Godoy Cruz.

Y, cómo no mencionarlo, las histéricas escenas de vedetismo de Sebastián Vignolo (conductor de Fox Sports Radio) y Diego Díaz (No todo pasa) que se suceden desde el lunes a la tardecita que más que abonar a la locura generalizada, dan vergüenza.

Está claro que habría que hacer un mea culpa desde este lado del mostrador y asumir las responsabilidades que correspondan.

Al final salió a parar un poco la pelota Diego Santilli, obviamente fanático de River y vicejefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Más allá de su camiseta, Diego representó el martes después del mediodía y durante la tarde noche, la voz del gobierno nacional, sobre todo a la hora de defender el inoportuno almuerzo del presidente Mauricio Macri con Guillermo Barros Schelotto el lunes en la Casa Rosada.

"A mí me llega a llamar el Muñeco para tomar un café y lo anoto en la agenda. Para mí es central. Y me muero, para mí es un crack, es un ídolo, lo respeto intelectualmente, profesionalmente y es muy laburador", dijo uno de los dirigentes políticos más mediáticos del PRO que aprovechó para criticar los dichos del Beto Alonso: "Estuvo muy mal, pésimo. Es un ídolo, me encanta hablar con él de fútbol, pero no ayuda, no contribuye lo que dijo".

Diego, el hijo de Hugo, presidente millonario campeón de América y del mundo en 1986, intentó ponerle un poco más de freno a la irritación frenética después de dejar claramente instalado que fue Guillermo quien llamó a Macri y no al revés. Todo sirve.

"No tienen nada que ver los insultos al presidente. El es hincha de Boca, yo soy fanático de River y todo lo que pueda hacer por River lo voy a hacer. Horacio (Rodríguez Larreta) es hincha de Racing, venenoso, pero venenoso, pero hasta ahí. La escalada no tiene nada que ver con un presidente que tiene un millón de temas distintos que la Superliga argentina", cerro Diego Santilli, cuyo hermano Darío es vocal de la comisión directiva que preside Rodolfo D'Onofrio.

Hay que parar con la locura. Así es imposible convivir. Trasciende los límites de un campo de juego, sale de la cancha y se enquista en la sociedad. De hecho allí vive y se alimenta. Hay que parar. Es un delirio cuya etapa menos significativa es el superclásico porque lo peor está por venir. Hay que parar.

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