Sebastián Solé: de los inicios en el tatami a disputar sus terceros Juegos con el vóley
El central de la selección argentina tuvo un arranque dubitativo en el deporte, hasta que se quedó con la disciplina en la que hoy es figura. Perezoso en los primeros años, igual quería ganar en todo. El talento le precipitó una carrera brillante.

Miércoles 14 de Julio de 2021

Siempre quería ganar. Como sea. Sebastián Solé siempre quería ganar. Sobre el tatami, en la canchita de fútbol con el equipo del barrio o el de la escuela, en el vóley y en los videojuegos. Había “algo” furioso y movilizador que crecía dentro suyo. Y era contradictorio, porque también era un nene perezoso, medio vaguito relajado, el famoso crack remolón de estas historias que terminan viéndolos en las más altas citas mundiales. Aunque para entonces, cuando las opciones de entretenimiento aún eran variadas en la infancia de barrio Triángulo, al sudoeste de Rosario, ni siquiera podía concebirse el sueño de que Seba disputase unos Juegos Olímpicos. Menos aún tres, como serán los de Tokio 2020 para él, desde el 23 de julio.

De chico, Seba tenía una costumbre que es común cuando se crece entre hermanos: seguir al mayor, que en este caso era el del medio, Emanuel, porque Luciano, el otro, le llevaba ocho años. Eso sí, contra él, un crack de la tecnología, se rompía el lomo para superarlo en los videojuegos. Pero principalmente Seba iba detrás de Emanuel en todo. Si Emanuel hacía taekwondo, él también. Si Emanuel hacía fútbol, él también. Si Emanuel se unía al vóley, él también. Y si hacían una torta de cumpleaños con la camiseta argentina, que sea para los dos. El día de diferencia con el que nacieron (y tres años) lo hacía posible. Seba tenía en Ema a un faro insustituible y creció mirándolo, siguiéndolo a todos lados. Por eso, el gimnasio de la escuela Dr. Albert Sabin primero y el club Triángulo después se fueron constituyendo en escenarios ideales para el deporte y el entretenimiento, juntos. En la casa de los Solé, mamá Alicia y papá Osvaldo, inculcaban la práctica y había libertad para probar y elegir

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Fue por eso que el nene de 6 ó 7 años al que le costaban especialmente las poses de equilibrio no llegó más que a un cinturón amarillo sobre el tatami de taekwondo del gimnasio de la escuela. Además, había que practicar mucho y eso a Sebas no sólo que no le gustaba, sino que le resultaba un poco pesado. El iba buscando algo, qué hacer, estando cerca de Ema, pero más que nada ese gimnasio y ese tatami eran los amigos, los primeros amigos. De hecho, dicen sus más cercanos, siempre fue gran amiguero, carismático. Dos años después dejó. Y se fue detrás de su hermano otra vez, los dos en busca de una Nº 5. En el fútbol empezó a hacerse protagonista, a masticar que ni en el recreativo le gustaba perder. Por eso, como las canchitas de Triángulo o aquella en la que se convertía el terreno de la casa no eran suficientes, se anotó con el equipo de la escuela en el torneo de un supermercado. Los Pumas de Sabin, el equipo de Seba, expusieron a un defensor convencido y hambriento, del tamaño de un líder de su edad.

Hoy, sin embargo, Sebastián Solé quedó muy lejos de aquel nene que, como instancia final a esa búsqueda del deporte que lo convenciera estacionó en el vóley, también en el club Triángulo y fue para siempre. Desde entonces, todo fue explosión y una catarata de etapas que llegaron más rápido que lo normal. Lo fichó Sonder, enseguida lo citaron a las selecciones rosarina y santafesina, a la de menores de Argentina y cuando aún ni había entrenado en juveniles, se fue a jugar un mundial con la albiceleste en esa categoría. Siguió en la mayor, claro, y saltó a las principales ligas del mundo tras ponerse la camiseta de Bolívar. El de la Superliga italiana, donde continúa hoy, fue el gran salto. El central impensado de la zona sudoeste de Rosario es también uno de los mejores del mundo en su puesto. No es casual que lleve tantos años en la élite mundial y más de 15 consolidado en la selección mayor.

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Tan rápido le llegaron las cosas a Seba que lo que cualquiera hubiera vivido de manera especial él lo sintió como naturalizado, sin demasiado tiempo para pensar. Así, sus primeros Juegos Olímpicos, los de Londres 2012 hoy son un flash del que no se acuerda tantas cosas y los segundos, los de Río de Janeiro 2016, un asunto más consciente. Pero hasta ahí. Cree, internamente hoy, que la madurez de sus 30 años y el reciente nacimiento de su segundo hijo, Santiago, hace un mes, pueden ser factores que lo ayuden a tomar la verdadera dimensión de esto que no tuvo ni tiempo de soñar y que ahora se llaman Tokio 2020.

Tiene otro desvelo Sebastián Solé: ponerse la camiseta argentina. Hace años que lo hace, pero ni aún así deja de sentir qué tan especial es. Siente que con ninguna otra los abrazos entre compañeros con tan abrazos, los festejos son tan festejos y los cánticos y las sonrisas son tan cánticos y sonrisas. Su carrera lo llevó lejos de Rosario y del país, pero eso no lo hace sentir menos los colores. Unirse al plantel de la selección es uno de los momentos que más espera cada año. Y deja todo. Porque lo siente como un orgullo y porque cuando la tiene pegada a la piel, lo que menos se banca es perder. A Seba Solé no le gusta perder. Nunca le gustó. Quizás sea porque aquel “algo” furioso y movilizador de la infancia hizo su parte. Permitió sacar un talento insospechado que todavía hoy no se conforma con nada. Que ya no es ni perezoso ni vago. Sino un atleta de primerísimo nivel que no tiene más problemas para hacer equilibrio. Todo lo contrario. Es un muro.