Ovación

Rugby; son tiempos de extrema confusión

El autor de la nota, el exjugador del SIC Sebastián Perasso, afirma que "es un deporte con el que se ha producido un gran ensañamiento".

Sábado 05 de Diciembre de 2020

El rugby es uno de los últimos refugios morales que muchos se empecinan en destruir. Parece demencial que en un país, donde la falta de principios y ética es alarmante, haya tamaño ensañamiento con el rugby. Un rugby que tiene sus virtudes y miserias por supuesto, pero que gracias a la tarea de mucha gente durante muchos años, sigue siendo un sendero de luz en medio de tanta oscuridad.

Son tiempos de extrema confusión y la presente pandemia los ha exaltado todavía más. Resulta agotador que cada acto desprovisto de nobleza se convierta lisa y llanamente en un espectáculo circense, donde la caza de brujas será siempre el objetivo.

Han instalado de manera enfermiza en el imaginario colectivo que el rugby es un deporte de elites, de clases altas y acomodadas, como sucedía siglos atrás. Quienes lo sostienen no saben ni remotamente que el rugby es hoy un deporte global, jugado por todas las clases sociales, aún por aquellos privados de la libertad (rugby carcelario) o por jugadores con capacidades diferentes (rugby inclusivo).

En rigor, están tratando de destruir una herramienta para ser mejor. Es tal la confusión y es tanta la capacidad que tenemos de derrumbar lo bueno, que ese vehículo noble pareciera convertirse en lo malo. Un deporte, que es sinónimo de gestos nobles en todo el mundo, es dibujado como la causante de todos los males. Una disciplina que es indicada como parte de la solución, acá es señalada como parte del problema.

En un espectáculo decadente, todos colaboran (periodistas, odiadores seriales, etc) para destruir, dividir, difamar y aniquilar. Es patético observar como en este país, con una capacidad de autodestrucción monumental, están haciendo lo mismo que hizo Nelson Mandela en Sudáfrica pero justamente al revés. El rugby lejos de ser un motor de unión, tolerancia y fraternidad, pasa a ser un arma para separar, agrietar, dividir y esparcir odio. Tristísimo escenario para una nación que pide a gritos un soporte moral que nos permita reconstruir todo lo que ha quedado en ruinas.

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