Miércoles 03 de Marzo de 2021
Para cuando nació Rodolfo, en 1966, Gabino era un mito viviente. Ya no jugaba al fútbol pero su popularidad era tan grande que su casa de calle Mitre era un desfile interminable de gente. Compartió sus últimos cinco años de vida con su familia, sus amigos, los charrúas que lo veneraban, los amantes de la pelota que lo respetaban y los curiosos que lo veían como a un ídolo. Gabino Sosa fue el más grande jugador de la era amateur del fútbol argentino y desplegó su magia en su queridísimo Central Córdoba y en las selecciones rosarina y argentina. Estos son los recuerdos de un niño que a los cinco años descubrió quién era realmente su abuelo y qué significaba para su pueblo.
Gabino Sosa nació el 4 de octubre de 1899 en el barrio de La Sexta y en 1916 debutó en Central Córdoba. Se casó en 1924 con Margarita Chávez y fueron padres de María Margarita, Beatriz Andrea, Yolanda Marta y Alicia, melliza con un nene, Gabino, que falleció con cinco meses. María Margarita, la mayor, se casó con un muchacho del barrio, Rodolfo José Anesini, un ferroviario que mudó su familia a Boulogne, partido de San Isidro en la provincia de Buenos Aires, donde tenía asiento su labor. El 18 de septiembre de 1966 nació Rodolfo Andrés Anesini, pero en Rosario, en avenida Pellegrini y Presidente Roca, pues esa clínica estaba regenteada por familiares paternos. Cuando Rodolfito tuvo tres meses, partieron con su madre hacia Buenos Aires.
“El Porteñito”, como le decía su abuelo, es amable, locuaz, apasionado y con 54 años es maestro, delegado gremial de Amsafé y fue tres veces candidato a presidente comunal por el peronismo. Se casó con María Leticia y tiene dos hijas, Violeta de 15 años y Ámbar de 12. Sentado en el living de su casa del pueblo Soldini, en medio de recortes de diarios y revistas y de preciados objetos familiares, reflexiona: “Todos tenemos recuerdos de nuestros abuelos, y más uno que agiliza constantemente la memoria. Porque desde que tengo uso de razón estoy hablando de mi abuelo y de mis padres que eran militantes y sindicalistas. Así que tengo memoria permanente de ellos”.
Infinita popularidad
Aunque no todo era tan familiar. Rodolfo sigue sorprendiéndose de la popularidad de su abuelo y del revuelo que se armaba en torno a la casa cada vez que Gabino paraba en lo de su hija: “Una vez fue para hacer unos trámites de la jubilación. Y recuerdo una enorme convulsión en la casa con gente que entraba y salía, y entraba y salía. Todo el barrio lo venía a ver a él. Era impresionante”.
Las fiestas de fin de año y las vacaciones eran en las casas rosarinas de los abuelos, en Virasoro al 800, donde anidaban los Anesini, familia paterna de Rodolfo, o en la casa de Gabino, que había recibido de regalo del club y de sus hinchas en 1933, y que hoy está ocupada por una murga del barrio, Okupando Levitas, con el consentimiento de los nietos de Gabino, dueños del inmueble.
“De la calle Mitre (2715) tengo el recuerdo de mi abuelo subido a una mesa sacando uvas de la parra y alcanzándomelas a mí. Me daba un recipiente y me decía: ‘Vení Porteñito, ayudame’, y después me quedaba comiendo uvas con él”. La parra de referencia fue plantada por el propio Gabino en 1934 y dio sus frutos hasta 2016.
“Todo desembocaba en calle Mitre”, exclama Rodolfo para dar una idea de la atracción que ejercía Gabino y de la cantidad de gente que circulaba por allí, donde había grandes reuniones y comilonas. “Un día estábamos comiendo, de repente entran dos hombres y le dicen a mi abuelo: ‘Vení que tenés que salir en la radio'. Y él iba. Se levantó y se fue”.
Si algo distinguió a Gabino fue su generosidad adentro y afuera de la cancha. El propio Vicente de la Mata, también de estirpe azul, y emblema de Independiente y la selección argentina, lo explica mejor que nadie en el libro "El payador de la redonda" del historiador rosarino y charrúa Julio Rodríguez: "Aprendí de Gabino eso de no tener ambición de scorer... Él me enseñó dándome goles hechos, goles que yo convertía hasta con un poquito de vergüenza. (...) Nadie tuvo la precisión en los pases que lució Gabino".
Afuera del campo de juego su vida transcurrió rodeado de su familia, sus amigos y todo futbolero que se precie de tal, a tal punto que su casa de calle Mitre siempre estaba llena de gente: "'¿De qué fiesta es esta foto?', le pregunto un día mi mamá por la cantidad de gente que se veía. 'No es una fiesta, es un domingo', respondió.
“Tengo muy presente también a mi abuelo llevándome de la mano a caminar por el barrio, porque él era muy orgulloso de sus nietos. Y de sus hijas ni hablar, era adoración que tenía por ellas. La preferida era mi mamá, porque era la mayor y fue la que siempre le anduvo atrás”.
Gabino se convirtió en una leyenda no solamente porque jugaba bien a la pelota sino porque simboliza la bisagra entre el fútbol amateur y el profesional (Gabino jugó entre 1916 y 1936 y la profesionalización es de 1931) y los valores del deporte por fuera de los intereses económicos. En la opinión de su nieto, "igual que (Aldo Pedro) Poy o el Trinche (Tomás Felipe) Carlovich, Gabino no se fue de su club y su ciudad en el momento en el que todos se iban a ganar mucha plata en los equipos de Buenos Aires. Le ofrecieron millonadas para esa época pero él prefirió quedarse".
El pitazo final
Para 1970 la salud de Gabino empezó a deteriorarse. Según su nieto, el ídolo tuvo en su vida dos momentos de profunda depresión. Una cuando dejó el fútbol en 1936 con 37 años. Y la otra cuando murió su esposa en 1969. Así y todo, en palabras de La Capital, "con una predisposición anímica asombrosa para sus años, no dejó de asistir a ninguna de las muchas fiestas y agasajos organizados en su honor". Le gustaba bailar tangos, cantar y hasta tocar la guitarra y "en una época lo invitaban a los bailes para atraer gente. Las personas iban por la orquesta pero más porque iba él”.
Quizás por eso sea contrastante esa vida bohemia con la de un deportista. "Mi tío fue jefe de la estación Central Córdoba y él es testigo de que jamás faltó a trabajar, y me cuentan que tampoco faltó a un entrenamiento, partido o a los viajes que se hacían a otras localidades".
Gabino entrenaba "corriendo todos los días desde su casa hasta la estación o hasta la cancha de Central Córdoba" y "siempre se había cuidado con las comidas”. Cuando la vida lo puso contra la raya, "ya no se cuidó como antes". Rodolfo recorre sus imágenes mentales y dice: "De ahí la última imagen que me quedó de mi abuelo, antes del hospital, canoso, casi pelado, flaco y siempre rodeado de gente”.
Con un cuadro hepático irreversible, Gabino necesitó muchos cuidados y en octubre de 1970 María Margarita y Rodolfito se instalaron en Rosario. El crack fue internado en el Hospital Ferroviario donde siguió recibiendo la ayuda, con masivas colectas, de los hinchas del fútbol. Gabino falleció el 03 de marzo de 1971 y la tristeza se apoderó no sólo del pueblo charrúa.
En medio de los trámites de defunción, Rodolfo no entiende aún por qué un tío lo agarró de la mano y lo llevó a la morgue donde descansaba el cuerpo de su abuelo. Tampoco ha olvidado que fue la primera vez que vio llorar a su padre y a su madre y, junto a ellos, a toda una multitud.
El sepelio de Gabino fue en la sede social de Central Córdoba en calle San Martín y en un momento el féretro fue trasladado a la iglesia de San Antonio, enfrente nomás. “Mi papá era alto y flaco y me había subido a sus hombros, me acuerdo que cuando cruzamos San Martín era increíble, había mucha pero mucha gente, y muchos llorando por mi abuelo, y yo veía todo desde ahí arriba”. Luego el cortejo fúnebre se dirigió al cementerio La Piedad, donde fue sepultado.
Cuando Rodolfo José Anesini murió en 1978, María Margarita tomó a su hijo y se mudó al año siguiente definitivamente a Rosario, a la casa paterna de calle Mitre. Rodolfito terminó séptimo grado en la Escuela Juana Manso, hizo la secundaria en el Escuela Belgrano de calle Entre Ríos, y se recibió de profesor de Escuela Primaria, egresado del Instituto Houssay de calle Ayacucho, y en Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Rosario. María Margarita falleció en 1988.
Antes de partir hacia la eternidad, Gabino le dejó la posta al más chico de sus nietos. Una fábrica de pelotas sin tiento cordobesa convidó a varios jugadores en competencia y retirados a una presentación. Gabino Sosa estaba en la lista y a cada uno le tocó un balón con el banderín del equipo de su estima. Y un día tuvo un gesto que Rodolfo cuenta y revive con la vista nublada por la emoción. “Tomá, me dijo”, estirando los brazos, “y me regaló la pelota” que el Porteñito todavía atesora. Gabino se debe haber ido a dormir contento esa noche con la esperanza de que su amor por el fútbol, Central Córdoba y su familia estuviesen a buen resguardo. Y como con cualquiera de sus pases magistrales en el field charrúa, no se equivocó.
Fotografías: PH Francisco Guillén / La Capital
Infografías: Juan Carlos Escobar / La Capital
Producción periodística: Vanesa Valenti / La Capital
Producción técnica: Lisandro Machaín / La Capital