Pequeña historia de amor y de fútbol
De entrada nomás cautivó a todos. Con los ojos claros y la mirada diáfana encaró sin dobleces ni medias tintas. El saludo fue formal, más bien tirando a frío. Todos la iban midiendo a medida que pisaba el verde césped del campito. Hubo uno que puteó por lo bajo, sobre todo por la vergüenza por mostrar los calzoncillos. Ella hizo caso omiso de todo. Sin sacarse ni la campera ni el buzo la pidió con un movimiento de cabeza, típico de quienes frecuentan los potreros.

Miércoles 25 de Enero de 2017

De entrada nomás cautivó a todos. Con los ojos claros y la mirada diáfana encaró sin dobleces ni medias tintas. El saludo fue formal, más bien tirando a frío. Todos la iban midiendo a medida que pisaba el verde césped del campito. Hubo uno que puteó por lo bajo, sobre todo por la vergüenza por mostrar los calzoncillos. Ella hizo caso omiso de todo. Sin sacarse ni la campera ni el buzo la pidió con un movimiento de cabeza, típico de quienes frecuentan los potreros.

Amílcar había consultado telefónicamente la noche anterior si podía invitarla, en realidad le preguntó al Colorado si podía ir porque se había invitado sola. El Colo hizo el viejo chiste "más vale que so, so, sobre y no que fa, fa falte" y asintió mecánicamente, porque casi siempre faltaba alguno y era horrible encarar el picado con un equipo disminuido.

"Si estamos justos que se quede afuera", pensó, aunque al toque se recriminó tanta misoginia. Y mucho más después de enterarse pormenores más íntimos de la historia en cuestión. El Colo era una especie de patrón de la cancha. El buen dominio del balón y un aceptable despliegue físico aún a sus años, más una incipiente capacidad organizativa, lo habían erigido en el referente, lo que significaba el depositario de las pelotas y el encargado de juntar el dinero para reponerlas cuando era necesario. Más el enlace entre todos para garantizar que el picado se llevara a cabo en una hora convenida.

Era el centro de referencia, al que todos preguntaban. "¿Viene Minimí?". "Qué sé yo, viste que ese hijo de puta no confirma nunca", contestaba sin inmutarse. "Y no lo podés tener en cuenta nunca... ¿Tamos justos hoy?", era el gran interrogante de siempre. "El Taca no dio señales de vida, así que no sé, che", resoplaba el Colo.

Ese día eran 14 contando a María, que no estaba en los planes de nadie, excepto de Amílcar y el Colo. El Piano Farías, el que se había retirado detrás de unos arbustos para tapar sus redondeces en prendas íntimas, protestó por la presencia femenina: "¿Adónde vamos a ir parar? Ni sueñen con que yo voy a jugar con una mina. No señor, jueguen seis contra seis. Yo me vuelvo a mi casa", amenazó aunque se puso el pantaloncito negro con vivos blancos. En la mano tenía el resto del atuendo y amagaba con volver a guardarlo en el bolso.

El Piano iba siempre con el equipo completo de River, uno medio antiguo porque tenía la camiseta con el 9 en la espalda y el nombre del Tecla Farías. Como estaba un poquitín entrado en carnes, los muchachos lo habían apodado así pero de manera amistosa.

Los demás se calzaban los botines y se frotaban con aceite verde. Incrédulos, impactados aún, preguntaban si era en serio mientras miraban de reojo. María la paraba con la derecha y le pegaba de zurda frente a uno de los arcos, despacio como para calentar al arquero. Al toque la paraba de zurda y le daba de derecha. No tenía mucha fuerza, la tiraba siempre "a colocar". Su físico era más bien esmirriado, los rulos de la cabellera comenzaban a salirse de la vincha y se desplegaban al viento. Una valquiria terrenal con dominio pleno de la redonda.

Al momento de armar los equipos, Amílcar la arreó para su lado y el Colo se corrió para quedar alineado en la misma mitad de la cancha. Hubo un par de cruces de miradas con algo de tensión entre los dos, una incipiente disputa por los favores de la damisela, algo que con el correr del partido quedó más que evidente. Los celos comenzaron a aflorar ni bien la voz ordenó: "Quedamos así. ¿Arrancamos?".

Al principio, todos los de su equipo se la daban a ella y buscaban la devolución al grito de "Nena". Los rivales la dejaban libre y cuando recibía la pelota apenas se le paraban enfrente sin ningún atisbo de oposición. María no desentonaba ni ahí, jugaba más que bien y cuando clavó el segundo gol de su cosecha personal, el equipo rival empezó a gritar para amedrentarla. "Si hay que ponérsela, se la ponemos", arengó el Titi, sin que tuviera las connotaciones sexuales a las que era tan afecto, después de que una patada de Antonio hiciera volar a la piba por los aires.

María se agrandó con los golpes y empezó a pedirla cada vez con mayor insistencia para delicia de Amílcar y el Colo, que extasiados saboreaban la victoria y el paseo, con lujos de la Nena incluidos. Ya no la dejaban sola y la marca era cada vez más férrea, pero María se las arregló para clavar dos goles más, uno de derecha y otro de zurda. Dos golazos, que sólo por vergüenza no fueron festejados con abrazos, aunque se notaba que Amílcar y al Colo se les iban las manos para fundirse en un solo cuerpo con la chica.

El partido terminó 6 a 2, con cuatro de María, a esta altura ídola del equipo ganador y responsable de la ignominia de los perdedores. La chica apenas sonrío ante las cargadas de los muchachos, agarró el buzo y la campera desparramados en la gramilla detrás de uno de los arcos y emprendió la retirada. Amílcar saludó apurado y la alcanzó corriendo. El Colo comprendió que ya no había vuelta atrás y que toda la lidia durante el partido terminaba ahí, con la imagen de esas dos siluetas alejándose y cada vez más cerca entre sí. Con un brazo de Amílcar apoyándose suave en el hombro de Sofía.

Amílcar no apareció por el fútbol la semana siguiente, tampoco la que le siguió ni la otra ni la otra.

En el grupo, salvo algunas bromas de vencedores a vencidos, la ausencia pasó casi desapercibida aunque no la extrañeza por lo bien que jugaba al fútbol la piba. Los comentarios empezaban por ahí: "Le pegaba bien con las dos, ¿viste?". Derivaban en "¡taba buena la pendeja!" y culminaban en ensoñaciones varias del tipo: "¡Qué bueno estar con una mina así! Encarar juntos al picado y, si estás aburrido en las casa, te ponés a hacer cabecitas en el patio".

Solamente al Colorado le picó la curiosidad por la suerte de los tortolitos que vio alejarse aquella vez con rumbo desconocido, pero más que un llamado telefónico cada tanto, luego de dos semanas de insistencia casi diaria, la cosa no fue más allá.

Se lo encontró mucho tiempo después, estaba radiante y respiraba felicidad. Le contó la historia de sus últimos meses de vida, un torbellino difícil de explicar. Estaba viviendo en Mendoza, de donde era ella, y al decirlo le mostró una foto en la que era evidente la pancita de embarazada de María. La cosa estaba dura económicamente aunque sobraban ganas. El había conseguido laburo de peón en una obra en construcción y ella se las rebuscaba dando clases de fútbol a un par de equipos femeninos.

Se habían enganchado, dijo con una sonrisa tímida, después de aquel picado y el amor nació hablando de fútbol y haciendo jueguitos en una plaza.