Messi no es Maradona (Por Pablo Arias)

Lunes 04 de Agosto de 2008

 Messi ya está en China con la Selección olímpica argentina después del largo pleito de pertenencias librado entre Barcelona y la AFA, finalmente saldado por la FIFA. Está pendiente la ultima palabra de un tribunal de alzada en cuestiones del deporte, pero el propio Grondona, con los guiños de una gestualidad matizada por silencios y enigmáticas medias palabras, hizo saber que no hay vuelta atrás.

Messi se pondrá nomás la celeste y blanca en los Juegos de Beijing. Sin embargo, la estrella del Barsa no se sumó a las huestes argentinas como un héroe, esos extraños seres con dones divinos y capacidades humanas, ni como un Mesías, esa figura redentora capaz de alumbrar fe y esperanza con su sola presencia. Casi se diría que llegó como un exiliado político. Mirado con desconfianza por unos y otros, con un salvoconducto de última hora y hasta con advertencias del director técnico, quien con todas las letras avisó que “no hay privilegios para nadie”.

Messi llegó a Beijing bajo fuego cruzado. Maradona lo escrachó en público diciendo que le faltaba “carácter” para hacerse oir. Y Grondona replicó desde el otro lado del mostrador: “No me hubiera gustado una rebeldía suya”. Batista tampoco se guardó nada y dijo que hubiera preferido que Messi hablara con él en el largo tiempo del tironeo con el Barcelona y la AFA. El pibe habló recién después de que lo hiciera la FIFA, la dueña del negocio. Entonces sí, con la visa otorgada para el lado argentino, proclamó sus amores por la Selección y sus deseos de repetir el título que el país –su país de origen- logró en Atenas 2004. Y ahora duplica la apuesta: “Muchos hablaron al pedo”.

Está claro que Messi no es Maradona. En México '86, Diego se le plantó a Joao Havelange, entonces mandamás absoluto de la FIFA. Con lengua de fuego y cero diplomacia, trituró en la escena pública el sistema de acuerdos con la televisión que obligó a los futbolistas a jugar bajo el abrasante sol del mediodía mexicano para una mejor comercialización de los derechos de transmisión de los partidos. Maradona nunca se llevó bien con sus empleadores ni con el poder. Hubo y hay en él una rebeldía innata, acaso surgida en los arrabales de la pobreza de Villa Fiorito. Messi, en cambio, con orígenes de clase media baja y hábitos más adaptativos, fue funcional con su silencio a los intereses del Barsa. Y ahora hasta demoró casi un día su arribo a Beijing para darle tiempo a los trámites viajeros de Pep Costa, el tutor del club catalán que lo acompaña para velar por los intereses del Barsa, dueño del pase.

Nadie puede pedirle a Messi que fuera de la cancha actúe como Maradona. Ni que tenga sus principios y actitudes, a veces de sana rebeldía y otras de temeraria insociabilidad. El fútbol argentino necesita que se le parezca en la cancha. Que allí se vista de héroe o de Mesías, como prefiera o como pueda. Y que deje este incómodo lugar de exiliado político en que ha quedado involuntariamente envuelto. Que ruede la pelota y que Messi sea sólo Messi. Que ya será bastante.