Lionel supera los límites de cualquier estadio y se vincula con la esencia de una persona forjada en el seno de una familia obrera del sur de Rosario, donde una abuela tuvo fe ciega en esa “Pulga” que gambeteaba como una saeta y unos padres que nunca dejaron de estar presentes
10:00 hs - Sábado 05 de Septiembre de 2026
Es martes 1 de septiembre y el patio cubierto de la Parroquia de la Sagrada Familia, en la Franja de Gaza, rebosa de bullicio y alegría. Su párroco, el argentino Gabriel Romanelli, sabe por experiencia que el oratorio -como lugar de encuentro, juego y oración- es el mejor recurso para aislar, al menos por unas horas, a un puñado de niños y niñas del genocidio que sufre el pueblo palestino. Por momentos, el estruendo de las bombas cede lugar a la risa de esos chicos que celebran, en su inocencia, la alegría de estar vivos.
De repente, como no podía ser de otra manera, una pelota comienza a rodar y el partido arranca. Así lo muestran las imágenes en redes sociales. Y aunque el mundo ha naturalizado tristemente el drama de Gaza, algo llama la atención: la camiseta de la selección argentina luce airosa en más de un niño gazatí. La “10”, con el nombre de Messi en la espalda, se distingue de manera especial en esos chicos que sueñan, por un instante, con ser “el gran capitán”.
La escena se repite en las calles de edificios en ruinas de Gaza, en cada campo de refugiados del mundo donde hay niños y un balón, en cada potrero de Argentina, en cada cancha de barrio. Y si no es la albiceleste, es la azulgrana de Barcelona. Pero el nombre en la espalda es siempre el mismo: Messi.
¿Tiene esto alguna explicación? Por supuesto que sí. Supera los límites de cualquier estadio y se vincula con la esencia de una persona forjada en el seno de una familia obrera del sur de Rosario, donde una abuela tuvo fe ciega en esa “Pulga” que gambeteaba como una saeta y unos padres que nunca dejaron de estar presentes.
El rosarino que jamás olvidó su origen
El rosarino jamás olvidó su origen y, como sello distintivo, nunca dejó de comerse las “S”. Más allá de los escenarios que lo homenajeaban, no hace falta enumerar sus logros futbolísticos: están grabados en la memoria colectiva de un pueblo que él llenó de felicidad cuando más la necesitaba.
Junto a sus compañeros de selección, cuna de futuros cracks, unió a todo un país con su ejemplo, sencillez, sacrificio, resiliencia, lágrimas y sonrisas. Gritamos con él cada gol y lloramos con él cada derrota, como aquella del Mundial que no fue, pero que nos recordó -a los argentinos y al mundo entero- que las Malvinas son argentinas. La osadía de esa bandera de cancha nos salió cara, pero qué justo y trascendente fue ese homenaje a nuestros héroes.
Y llegó el día en que, con una carta escrita a mano, después de 21 años, puso fin a su presencia en la selección nacional. Lo hizo simplemente porque -cito- “ya no tengo más para dar”, fiel a su estilo: pensando antes en su equipo y en esa hinchada de 46 millones que en sus propios intereses.
En tiempos en que nuestros dirigentes políticos nos bombardean con insultos, mentiras, estafas y escándalos, él sobresalió como ejemplo de liderazgo, humildad, respeto y sacrificio. Y, por si fuera poco, cuando algunos malintencionados intentaron acusar a los argentinos de “racistas”, Lionel afirmó en esa carta: “Gracias Dios por hacerme argentino”. A nosotros, simples espectadores de un fenómeno futbolístico, sólo nos queda decir: gracias, Lionel, por hacernos tan felices y unir a todo un pueblo en un mismo sentimiento: el orgullo de ser argentinos.