Martes 12 de Octubre de 2021
Central hacía unos días había ganado la Copa Argentina y Edgardo Bauza preparaba su viaje a Ecuador para pasar las fiestas de fin de año de ese triunfal 2018. En un café de Puerto Norte confiaba que difícilmente volvería. Aunque después sí lo hizo. Pero ya a esa altura había vestigios de que algo no andaba del todo bien en su salud. Porque quienes conocimos al Patón, supimos de su moderación, respeto, bajo perfil y por sobre todas las cosas el apego al vocabulario adecuado. Después de un tiempo se produjo el anuncio de su retiro. Con un cierre deportivo anhelado por él. Porque en esa charla en aquel diciembre, su reflexión quedó grabada de manera indeleble: "Tenía una ilusión profesional que era dirigir una selección en un Mundial. No se dio. Pero tenía un sueño personal, el de poder festejar un título como técnico de Central. Y ya está. Lo conseguí. Ahora a descansar y disfrutar de la familia".
A más de dos años de eso se formalizó el retiro de Edgardo Bauza como entrenador, aunque por estrictas cuestiones de salud, y sólo se trató de una confirmación. No importan los detalles, porque en definitiva forma parte de la privacidad familiar y no hace a la cuestión periodística. Ni deportiva. Lo que sí hace a lo importante es que el Patón se fue feliz del fútbol. Y así lo ratificó este martes su hijo Maxi, quien hoy le pone el cuerpo y la voz al pensamiento de su padre. Y sin dudas con alta fidelidad porque son idénticos en carácter y en sus formas. "Mi viejo está bien. Está tranquilo, descansando. Está en Quito junto a Maritza y mi hermanito Nico, que ya tiene ocho años. Más allá de lo que nos tocó, lo bueno es que tuvo su broche de oro festejando una conquista con Central, algo que él mismo dijo que deseaba cuando decidió volver. Es cierto que también le hubiese gustado dirigir en un Mundial, pero no pudo ser por lo que pasó con la selección argentina y luego en Emiratos y Arabia Saudita, donde fue todo muy rápido y particular", describió Maximiliano Bauza, quien también formó parte del grupo de trabajo de su papá.
El Patón se divertía mucho cuando contaba las anécdotas de su paso por el fútbol árabe, las cuestiones culturales pusieron en jaque las costumbres del DT, ya que los problemas para socializar no proponían soluciones posibles: "Sólo queda quedarte en donde vivís y tratar de enganchar algún canal de televisión argentino", decía. Por eso su lugar de residencia preferido por aquellos lares era Dubai. Y desde allí un día escribió un mensaje por WhatsApp más largo de lo habitual. Porque Bauza era lacónico no sólo cuando hablaba sino también cuando escribía. "Los directivos de Central están dispuestos a ir a Quito para proponerme volver. ¿Se sabe algo ahí? Viste que mi relación con ellos no es la ideal, pero la verdad que me entusiasma volver y poder ganar algo como técnico. Sería un cierre de ciclo espectacular. Vos sabés que es una espina clavada que tengo en ese sentido. Yo estoy acá en Dubai cerrando mi salida, así que es factible que el martes próximo me encuentre con ellos". El escrito textual reflejaba el deseo contenido de este hombre, que por momentos padeció en su intimidad el prolongado exilio de su club.
Estos cortos fragmentos de su historia fueron reeditados durante la charla con su hijo. Maxi en la conversación hace equilibrio entre la prudencia y la emoción, porque habla en el nombre del padre. "La verdad que fue muy lindo haber trabajado con él y conocer el mundo del fútbol del lado de adentro. Y mucho más lindo es comprobar el reconocimiento que hoy tiene él en el ambiente del fútbol. Sin dudas que él lo sabe. Porque dejó buenos recuerdos en muchos lados por los que pasó. Ni hablar en Central, donde jugaba con mi abuelo Héctor sentado en la tribuna, y después en Liga de Quito, San Lorenzo, clubes con los que pudo ganar la Copa Libertadores", narró.
Después del fallecimiento de sus padres, Lady Edith Pagliaroli y Héctor Bauza, el Patón había elegido a Quito como su lugar de residencia, porque sus hijos Emiliana y Maxi ya estaban grandes y porque en la capital ecuatoriana estaban su esposa y su pequeño Nico. "No tengo muchas cosas que me arraiguen aquí, y quiero ver crecer a mi hijo Nico", confiaba. No obstante, antes de volver como entrenador canalla, sorprendía con algunas escapadas a Rosario. "Vamos a desayunar a El Cairo que extraño las medialunas", escribía por WhatsApp sin previo aviso de su arribo.
Y cada café o cena en Refinería con sus amigos, el Patón los capitalizaba para hablar de fútbol. Charlas en las que desplegaba con total confianza su pensamiento sin dique de contención, el mismo que luego mensuraba cuando hablaba en público por la prudencia y el respeto que siempre pregonó, aunque sin perder autenticidad.
Hoy el Patón tiene su debido reconocimiento. A los 63 años. Un hombre de fútbol que disfrutó del fútbol desde chico. Y que más allá de los laberintos que impone la vida, hoy sigue vigente en el recuerdo vivo, porque su hijo Maxi habló en el nombre de su padre, mientras el Patón sonríe tranquilo desde Quito.