Martes 19 de Marzo de 2019
El filósofo argentino Darío Sztajnszrajber define a la posverdad como "leer de la realidad sólo lo que le cuaja y le cierra a lo que previamente uno cree". Es inevitable entonces que se concluya en una distorsión deliberada del presente. Y es aquí, en este contexto, donde encontramos a la actual comisión directiva de Rosario Central. La que como continuidad de la gestión anterior cometió un pecado capital: se creyó su propio relato.
Esta patología se genera frecuentemente con el mal ejercicio del poder y es la que produce un quiebre entre lo que creen que ocurre y lo que realmente sucede. Por eso las respuestas de los dirigentes más visibles están sistematizadas, ajustadas a una partitura que no se dobla, acorde a una teoría aprendida de memoria, plagada de conceptos vacíos y frases hechas.
Todo gira en torno a un proclamado proyecto futbolístico que a lo largo de casi cinco años no configuró coherencia ni capitalización. Que fue de mayor a menor. Porque lo mayor respondió a un producido heredado en materia de jugadores. Y lo menor, a lo que esta gestión hoy muestra como resultado muy preocupante.
Si tuvieron pujanza económica desde el principio fue por aquellos jugadores que encontraron cuando asumieron y a los que oportunamente se encargaron de vender. Aprendiendo así la primera lección, que aquellas transferencias que criticaban y por las cuales protestaban siendo opositores muchas veces son producto de las imposiciones que establece el mercado y de las necesidades financieras.
Pero desde aquel inicio hasta ahora, la línea productiva de Central está en declive constante. Y cada vez más pronunciada. El promedio es implacable. E inapelable. Pero no definitivo. Porque aún entrega el tiempo suficiente para remediarlo. Claro, para ello la actual dirigencia, que es la matriz principal de todo el problema que hoy enfrenta el fútbol canalla, debe archivar ese proyecto de fantasía para comenzar a trabajar en la cruda realidad. Esa que supieron conseguir.
Las ambigüedades, las contradicciones, las improvisaciones fueron dejando vacío a ese discurso repetido para cualquier eventualidad o contratiempo. El que puede servir para ganar una elección, y tal vez dos, como así para transitar y prorrogar los reclamos. Pero ya no. En tiempos de cólera lo que supuestamente era antídoto se convierte en veneno. Porque el hincha puede tolerar una explicación dirigencial tras una derrota eventual, ahora cuando las pésimas campañas ratifican lo previsible, todo le suena a verso.
Porque si de logros se trata, el único que alcanzaron derivó del pragmatismo de Edgardo Bauza, al que fueron a buscar por necesidad y urgencia, al que nunca quisieron y quien nada tiene que ver con el relato que esta gestión construyó. Al contrario. Porque desde antes de ser gobierno y en nombre de un club moderno con nuevos estilos y proyectos revolucionarios, el núcleo duro de la dirigencia centralista siempre se encargó de bajarle el precio al Patón, a Miguel Russo y también a otros referentes, como si se trataran de un inventario histórico ya sin vigencia. Sin comprender que el respeto y el reconocimiento trasciende a las coincidencias y divergencias.
Es que el relato forjado parte de un error ideológico garrafal, el de pensar que la historia del club comenzó con la llegada de ellos al poder. Y toda negación conlleva una deformación, más en el fútbol, ya que las formas son importantes, pero lo son mucho más cuando los resultados las hacen trascendentes.
Pensar o suponer que las causas de este paupérrimo presente futbolístico de Central se reduce a un director deportivo, uno o dos entrenadores, algún preparador físico o varios jugadores resulta una fragmentación que no resuelve la situación. Sí es cierto que cada parte hace al problema, como así a la solución. Pero el origen de todo está en quienes son los responsables de establecer los ejes deportivos de una entidad. Dirigentes que deben fijar con determinación una política en materia futbolística que forje un desarrollo en pos de una identidad. Algo que Central no logró en cinco años con este "proyecto" al que tanto se aferra su presidente Rodolfo Di Pollina y sus compañeros de mesa. Porque lejos de edificar una cantera para proveer a la primera división, conformaron un plantel profesional con importaciones, algunas efectivas, otras no tanto y muchas improductivas.
El mal momento que vive Central es la síntesis que se produce con una comisión directiva que en apenas un puñado de meses dilapidó el respaldo que representa un amplio triunfo electoral, como así un rápido éxito deportivo tras 23 años de frustraciones. No es fácil obtener tanto desmadre en tan poco tiempo.
Los cabildeos del domingo, la desprolijidad manifiesta en los procedimientos y el manoseo para con quienes fueron sus propios elegidos, como Mauro Cetto y Paulo Ferrari, demuestran que la actual gestión está perdida en su propio laberinto. Del que debe salir con mucha autocrítica e inteligencia, porque necesita con urgencia un destino cierto. Y porque en el fútbol la única verdad es la realidad. Esa que hoy muestra a un Central con serios problemas.