Maquinas Guerreras, el equipo de powerchair es orgullo nacional
El equipo de powerchair football de Rosario Central es el primero de la provincia. Salió campeón argentino, cuatro de sus jugadores están en la preselección y van por la Libertadores. 

Miércoles 18 de Marzo de 2015

Córner, tiro libre, penal, paredes, laterales, tiro de esquina y gol son sólo un puñado de todas las palabras que retratan al fútbol. Pero si a este grupo de términos se suman otros como silla motorizada, joystick, equipos de un arquero y tres jugadores, partidos de dos tiempos de 20 minutos cada uno y pelota número 10, ya se habla de otra cosa: del powerchair football (fútbol en silla motorizada). Se trata de un deporte adaptado para jugadores con patologías como atrofia espinal y distrofia muscular (ver aparte). Rosario tiene su equipo desde finales de 2013, el primero en la provincia, se llama Máquinas Guerreras y pertenece a Rosario Central. Es un grupo de siete varones y dos mujeres, que van de los 11 a los 25 años. Practican todos los sábados en la cancha de básquet de la sede canalla del Cruce Alberdi (Catamarca 3538), bajo las órdenes del cuerpo técnico integrado por Cristián Buschiazzo y Joaquín Legaristi y la mirada atenta de padres, madres y abuelos que hacen las veces de hinchas, mecánicos
de las sillas, recaudadores de fondos y encargados del esforzado traslado de los miembros del plantel. 
 
Las Máquinas salieron campeones nacionales en diciembre del año pasado. Golearon 6 a 0 a Buenos Aires, 2 a 0 contra Mar del Plata y 4 a 1 en la final ante los uruguayos (invitados especiales). Y ahora van por más: el 5 y 6 de junio pretenden competir contra Brasil y Uruguay, en la Libertadores. Viajarán a Montevideo, si consiguen sponsors o donaciones suficientes para trasladarse y representar a la ciudad.
”Para viaje, comida, hospedaje e inscripción de cinco jugadores, más el técnico, las Máquinas necesitan como mínimo 30 mil pesos; haremos todo lo posible para conseguirlos, pero necesitamos ayuda”, dice José Orge, padre de Agustín, uno de los cuatro jugadores preseleccionados para vestir la albiceleste en el Mundial de powechair football que tendrá lugar el año próximo en Estados Unidos, el país líder en este deporte. Las esperanzas están en pie ya que la selección está entrenada por Gonzalo Vilariño, quien con todo su equipo llevó a Los Murciélagos (seleccionado de fútbol para ciegos) bien alto en el podio.
Para jugar al powerchair se necesitan pelotas de 33 centímetros de diámetro, que valen unos 50 dólares, y sillas motorizadas, importadas de Estados Unidos, con apoyacabezas, cinturones y footward o defensas (son una especie de parrilla a la altura de los pies) que cuestan 4 mil dólares (las hay anatómicas pero en este caso el costo se duplica). 
 
Las Máquinas cuentan con 5 sillas (una averiada), donadas por un ex jugador de Central que pidió que se mantenga su nombre en el anonimato. Para cargar las sillas en un vehículo hay que abreviar las partes o bien correr los asientos del coche; una estrategia doméstica y más económica que los traslados con rampa. Son los familiares de los jugadores quienes se ocupan de la tarea en cada práctica y partido, tanto como del arreglo de las fallas mecánicas de los aparatos.
 
Pero tal vez lo más importante sea saber que jugar al powerchair y afrontar sus costos no es un capricho. Es el único deporte con el que hasta el día cuentan quienes padecen de estas patologías que se caracterizan por la debilidad muscular. Es la única posibilidad que tienen estos chicos de transformarse en deportistas y jugar, en equipo y en movimiento, en un espacio que es tan cuadrado como la pantalla de la computadora, pero mucho más espacioso y socializado que entretenerse puertas adentro con la play. Nada menos. La práctica. Ovación presenció esta semana la primera práctica del año de las Máquinas. Estuvieron Valentín Olmedo (15 años); el capitán Santino Ombrella (16), Emiliano López Cícero (17), Agustín Orge (21) y Bruno Silva (11). Faltaron con aviso José Mansilla (20 años), a quien se 
le complica el traslado hasta el club porque no tiene familia y vive en el Cotolengo Don Orione, de General Lagos (el grupo de padres colabora para que José continúe con las prácticas); Hernán Fernández (25 años) y “las chicas”: Sofía Martín (18) y Romina Trik (22).
 
Antes del picadito de rigor, el grupo practicó paredes. Los pases de la pelota, que triplica en dimensiones a la del fútbol clásico, se dan con la defensa de la silla. También se practicaron piques y giros con la silla, algo que requiere de destreza si se tiene en cuenta que la velocidad en la cancha no debe superar los 10 kilómetros por hora y que es común que el jugador le imprima más velocidad a la silla que la que lleva el balón. ”¡Pedila, jueguen con el resto del equipo, toquen!”, “¡llevate la marca!”, se escuchó en boca del técnico durante el entrenamiento. Hubo infracciones clásicas, la “2 con 1” (cada jugador debe enfrentarse sólo a un contrario y los restantes deben estar a más de tres metros) y la “3 en el área” (el equipo en defensa sólo debe tener dos en el área). También hubo goles (la mayoría fueron de Agustín, el Marco Ruben del equipo). 
 
Y no faltaron los festejos: lo habitual es que los jugadores se toquen las defensas de sus sillas, un sucedáneo del abrazo o la palmada de aliento. Uno de los padres le dijo por lo bajo a Ovación: “Muchos de estos chicos comenzaron a sentir que podían hacer cosas, empezaron a sentirse más seguros ante la mirada propia y ajena”. Y los chicos lo dejaron claro con sus propias palabras. “Con la play me entrenetenía pero esto me gusta más”, dijo Bruno, el más chiquito, algo así como el Cervi del plantel. “Los sábados siempre iba a ver a mi papá jugar al fútbol, ahora el que juega soy yo”, agregó Emiliano.
“Nunca antes había podido jugar en equipo”, dijo Valentín. Mientras que Santino rescató: “A algunos chicos los conocía hace años de vernos en la cancha, ahora nos vemos acá”. 
 
En tanto, Agustín, quien al principio no se animaba a jugar y ahora es goleador, está preseleccionado y no se imagina un sábado sin prácticas, dijo que su meta “es llegar al Mundial”. Una manera de decir, porque con el powerchair estos chicos ya encontraron un horizonte y la vida les empezó a andar sobre ruedas. 
 
 
Unas sillas imprescindibles para jugar
 
“La atrofia y la distrofia muscular son enfermedades primas”, así explicaron en principio las patologías los padres de los jugadores del plantel de las Máquinas Guerreras. A grandes rasgos podría decirse
que son patologías que causan debilidad y atrofia de los músculos voluntarios (caminar, control del cuello, entre otros). Esa falta de fuerza muscular ocurre más a menudo en las piernas que en los brazos. Por eso son imprescindibles las sillas con defensas en los pies y joysticks. 
 
Historia del powerchair
 
El fútbol en silla motorizada nació en Francia en 1978. Luego se extendió por Europa, Canadá, Estados Unidos y Japón. En 2006 se formó la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol de Sillas Motorizadas (Fipfa). El país líder es Estados Unidos, y de allí son los “Messi”: los hermanos Russo. El powerchair llegó a Buenos Aires por los padres del jugador Valentino Zegarelli. Viajaron al Mundial de Francia, se interiorizaron sobre el reglamento y crearon en 2012 la Fundación Powerchair Football Argentina. Aquí tomaron la posta Carolina Soriano y su marido Fabio, padres de Santino Ombrella. A ella le gustaría que Rosario tuviera el clásico de powerchair. O que se sumaran más equipos para competir. Por eso invitó a los interesados, de la ciudad o de localidades vecinas (cualquiera sea el color de
la camiseta), a conectarse con el plantel a través del Facebook Powerchair Rosario.