Lunes 11 de Mayo de 2020
Hasta el 8 de mayo los charrúas éramos los hinchas más felices del mundo. Sólo algunos pocos clubes de fútbol se podían dar el más magnánimo de los lujos: tener a su mayor ídolo ahí nomás, apostado en el alambrado, al alcance de un “permiso” para poder saludarlo. Hasta ayer era fácil acercarse al Trinche en el Gabino Sosa o en la calle montado en su bicicleta. Y el siempre respondía, con la amabilidad pueblerina que te enseña el barrio, sin mueca alguna pero gentilmente incómodo en su de rol de leyenda. Mi papá nació en 25 y Amenábar y era tan fanático de Central Córdoba que iba a ver hasta las prácticas.
Ahí de colita íbamos con mi hermana. Los tablones de madera que la modernidad se llevó fueron muchas veces nuestro patio de juego y soy testigo de la gente preguntando en el barrio si el sábado jugaba Carlovich para comprometer su presencia en la cancha.
Hace un par de años en el Gabino me animé y con sumo respeto le pedí sacarme una foto con él. Lo abracé y le agradecí. No fue únicamente por la foto, fue por el fútbol, por sus magias, por su osadía, por mi viejo, por mí y por el charrúa, y en nombre de todos los que suspiran por una pelota.
Pero ahora no hay gambeta que alcance, la violencia destruyó nuestro ensueño en azul y vivos rojos. Hasta el viernes los charrúas éramos los hinchas más felices del mundo.