Ovación

Los canallas y leprosos hablan del clásico con sus psicólogos

Los futboleros hablan con sus psicólogos sobre qué los deprime u obsesiona. Algunos casos en la previa de un clásico como el que el domnigo paralizará durante 90 minutos a Rosario.

Jueves 16 de Octubre de 2014

“Estoy deprimido. Se murió un amigo, me echaron del trabajo y mi equipo está jugando cada vez peor: tengo miedo para el clásico...”. Palabras más, palabras menos, eso le confesó un paciente a su analista en el consultorio. No caben dudas, el fútbol es más que once jugadores contra otros once corriendo tras una pelota, como alguna vez dijo Borges. Y un partido de fútbol no se analiza del mismo modo en la cancha que en el diván. ¿Qué implica “morir por la camiseta” o “dejar todo en la cancha”? ¿O elegir los colores del club de fútbol del padre? ¿Qué valor tiene la gastada entre leprosos y canallas, más previa a un clásico? Aquí, algunos casos que compiló Ovación tras hablar con un par de psicólogos de la ciudad. Los nombres de analistas y analizados se mantienen en el anonimato por respeto a un lugar que es íntimo y profesional, aunque a veces parezca que sus protagonistas están jugando un “picado” en medio de la sesión.

A. es un hombre de Central, como su papá, un señor autoritario a quien una enfermedad dejó postrado por muchos años. El paciente contó en varias oportunidades que acompañaba a la cancha a su papá, pero cuando enfermó, el muchacho de algún modo sintió que lo había perdido. Que ese hombre tan fuerte, para él, había desaparecido.

“Es que para un niño elegir el cuadro de fútbol, en general del padre, no es poca cosa: es la posibilidad que tiene más a mano socialmente un sujeto de pertenecer a algo, es adscribirse, generalmente por amor, a esa relación de parentesco, filiación que es parte del rol paterno”, dijo su psicólogo.

Lo cierto es que por mucho tiempo A. habló de su papá a través del fútbol; de la angustia que sentía por esa pérdida, hasta que en una oportunidad contó que la distancia se había acortado.“Volvió de la cancha luego de un triunfo de Central y pudo sentarse con su padre a charlar”.

Otro caso fue el de M., una muchacha muy futbolera y de Newell’s, para quien los ritos, el orden y el control de las cosas eran una obsesión y el rojinegro, su vida.

Un día M. conoció a un joven que le gustaba mucho y la invitó a salir. ella sabía que él vivía en Arroyito, así que por las dudas se había puesto bajo el vestido una musculosa de Ñuls. Fue como llevar un amuleto, una ristra de ajos. Lo cierto es que echar mano a la superstición le sirvió a M. para sostener una noche amorosa en una casa desde donde se veía el río pero también la cancha de Central: para ella toda una maldición que debía exorcizar.

“En este caso, el fútbol ocupa todo,  más de lo que corresponde. Estos sujetos a veces no pueden parcializar y se vuelven una especie de fanáticos. Esto le puede suceder con el fútbol, con la ideología, con la patria. Una cosa es sentir pertenencia a algo, otra es alienarse. Tener una subjetividad amplia, apelar a otros rubros simbólicos de la cultura, otros pasatiempos, es siempre mejor a que sólo el fútbol ocupe todo”, señaló el psicólogo de M.

Otro profesional es el del caso C., cuyo testimonio encabeza esta nota. Su relato pone en el mismo nivel la pérdida de un amigo, su trabajo y el rendimiento de su equipo. Y eso llevó a pensar al analista en dos categorías que parecen similares pero no lo son: el de la identidad, en la que uno se siente involucrado en una parte, y el de identificación, donde se toma el todo del otro, como en el caso de C.

“La identificación es típica de los adolescentes, dicen ser de un cuadro o de otro y se visten, hablan y viven como si estuvieran siempre en la cancha, como si no hubiera otra cosa. Identidad e identificación son dos conceptos que al decir de Freud se asemejan al de enamoramiento y amor”, dijo el profesional. “En el enamoramiento te gusta todo del otro, sos el otro, hay una masa pegoteada ahí donde no hay escisión posible. En el amor, ya no se está en éxtasis permanente pero se ven las cosas más reales: lo que no me gusta del otro, las diferencias, y sólo ahí se puede empezar a construir. Ser hincha de un club, de un equipo no implica ser el equipo, esa es la diferencia”.

Papá, mi ídolo. Otros dos casos de diván son los de P., un canaya visceral y J., hincha rabioso del club del Parque. Dos pacientes que hablaban de las figuras fantasmales de sus padres a través del fútbol sin ser muy conscientes de ello.

P. el centralista llegó a la consulta expresando que tenía problemas con su mujer y con el consumo de algunas sustancias. Sin embargo, en una sesión comenzó a contar que su papá era muy leproso y eso lo enojaba mucho. Se trataba de una rivalidad casi extrema que los llevó, a uno y a otro, niño y adulto al principio y dos adultos con los años, a gritarse los goles en la cara. Parece un dato menor, pero para su analista no lo es.

“Los ideales iniciales tienen que ver con los padres y si ya de chiquito se está en contra de una figura tan fuerte, se puede complicar la relación con la ley”, dijo el psicólogo dando a entender a la ley como las normativas que se instalan en el inconsciente de un sujeto durante la infancia.

“Se complica que la matriz de la relación filial sea la oposición. No es tan difícil de entender esto: es siempre mejor que un padre y un hijo se lleven bien”, sintetizó.

J., el de Ñuls, llegó a la consulta planteando que su problema era futbolístico. “Juego fútbol de salón con varios de mis ídolos y me inhibo. La pelota me rebota, pierdo velocidad, no puedo definir....”. Lo curioso de la historia de J. era que hasta el entrenador le decía que era buen jugador y él se entrenaba más y más, pero insistía con que “no podía”. Un día, él y su analista trabajaron sobre esos “ídolos”. ¿A quién le representaban, por qué eran figuras tan fuertes? Enojado ante la evidencia, J. empezó a hablar de su papá, y de la angustia y orfandad que le representaba bajar esos ideales a su nivel.

“Sentirse par era para él un problema, se quedaba sin ídolo dentro de la cancha y en otros tantos espacios de la vida”, dijo el analista de J., antes de agregar: “La figura paterna aparece muchas veces en los discursos futboleros. El «hijos nuestros» es un buen ejemplo del discurso. Y hay situaciones en que esto se pone también en juego: como el penal. Los espectadores vemos a un tipo que va a patear una pelota y a un arquero que quiere atajarla. Pero desde el análisis también se puede ver a un sujeto que en ese momento crucial lleva el mandato de gloria de todo un equipo y un estadio. El se hace cargo de darles a todos lo que todos necesitamos. Nada menos”.

Otro caso que tiene que ver con lo futbolístico es el de F., un buen jugador de un club de pueblo cercano a Rosario. Un cazatalentos lo vio y le propuso un contrato jugoso para jugar en un equipo de la segunda división en Europa. Casa, comida, buen sueldo. Todo cerraba para dar un salto económico importante en la vida deportiva. Todo menos la relación con su mamá. “El muchacho llegó muy angustiado y contó que todo marchó bien hasta que pasó la combi a buscarlo por su casa para llevarlo al aeropuerto y él dijo: voy a extrañar a mi mamá, me quedo”.
  
Falta juego. Otro de los profesionales  contó por qué un paciente hincha de River Plate se había enojado con un amigo de toda la vida. “El amigo había colgado en Facebook una imagen que hacía una broma sobre el descenso de River a la B. El lo tomó como una cargada personal y le escribió un mensaje privado, muy enojado, pidiéndole que saque la imagen de su muro y deje de molestarlo a él. Ahí, el dolor era recientey el paciente no podía interpretar la broma como chiste, se puso en juego algo a lo que Freud llamaba del orden de lo siniestro. El paciente no puede bromear, se enoja y no hay posibilidad de chiste”, dice el analista y deja flotando una paradoja. A veces en este juego que es el fútbol, falta más chiste: falta justamente jugar. Vale tenerlo en cuenta en estos días, en que se juega, justamente, un clásico más.

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