Miércoles 15 de Febrero de 2023
Las camisetas se bamboleaban de un lado al otro por el viento. La soga de tender la ropa cruzaba todo el ancho de la terraza. Embobados, extasiados desde la vereda, era imposible sacarles la vista. Había de River, creo que de San Lorenzo, si es que la memoria no trastabilla ante el paso de los años, y de otros clubes del interior del país que eran difíciles de identificar. Es que en esos años, la televisión transmitía partidos de tanto en tanto y con suerte los goles de unos pocos, por lo que esos equipos de distintos rincones del país casi que no aparecían en la pantalla. Todas estaban allí, flameando, al alcance de la mano. Pero a nadie se lo hubiese ocurrido treparse a la casa del Tucu, descolgarlas de un tirón y salir corriendo por las calles de barrio Sarmiento con tan preciados trofeos de futbolistas que jugaban en primera.
El Tucu vivía a una cuadra de la placita de los locos. Hoy esa placita lleva el nombre de Olga Cossettini, la maestra que revolucionó la educación pública desde la Escuela Gabriel Carrasco entre los años 30 y 40. Esa placita pelada, donde los árboles eran obstáculos que aparecían de imprevisto y más de uno se daba un golpazo, era el sitio preferido de los chicos del barrio para jugar al fútbol hasta cualquier hora, imaginando ser Cucurucho Santamaría, el Loro Gaitán, el Beto Alonso o el Loco Gatti.
En el camino a la plaza, era usual pasar por la casa del Tucu. Cuatro décadas después, la fachada de la vivienda de calle Mazza se mantiene parecida. De tanto en tanto aflora el recuerdo de esa terraza a la que, hasta el menos ágil, podía subir. Entrar al jardín del frente de la casa era sencillo. Apenas tenía un pilar bajito y para atravesarlo se requería pasar una pierna y luego la otra. Pero en ese momento a ninguno se le hubiera ocurrido. Hoy es otra cosa y no resulta extraño que actualmente haya una reja en el frente para evitar intrusos.
Una prevención que ni el Tucu ni nadie a fines de esa década del 70 hubiese tomado. Ni siquiera la presencia curiosa de los chicos desde la vereda opuesta, sin poder sacarle la vista a las camisetas, despertaba intriga, temor o fastidio en el interior del hogar del Tucu.
Absortos, las discusiones de los chicos en la calle surgieron de inmediato. El tema era reconocer tal o cual camiseta. Siempre estaba el que quería demostrar su conocimiento futbolero y se regodeaba mencionando a clubes que apenas de oídas conocíamos. Nadie sabía con exactitud si en realidad hablaba por hablar. “Esa es de Chaco For Ever”, aseguraba Cova, con una seguridad y firmeza que costaba retrucarle. Motivos había para, como mínimo, pensar que estaba en lo cierto. Una vez apareció con la camiseta de Carlos Fren, el cinco de Independiente, un regalo del Pato Pastoriza, pariente suyo. Nadie tenía tanta cercanía con una personalidad del fútbol y eso sólo inspiraba cierto respeto, también envidia, y le daba algo de crédito a lo que decía.
La intriga también pasaba por identificar de qué jugador era cada camiseta, al menos de las que reconocíamos. A la distancia se distinguía, o al menos parecía, que la de River tenía el nueve. “Es la de Luque”, dijo alguno sin dudar. Pero, ¿en realidad sería la de él?. A diferencia de la actualidad, en la que cada futbolista tiene su propio número, entonces los números de los titulares eran correlativos, del 1 al 11. ¿Y si justo el día que el Tucu enfrentó a River no jugó Luque?, ¿de quién podía ser entonces?
Las especulaciones duraron un rato, hasta que el deseo de ir a jugar a la pelota era más fuerte. En la placita de los locos se podía seguir soñando con ser cualquiera de esos jugadores que vestían esas camisetas que intercambiaba el Tucu en los ya extintos torneos Nacionales.
Era muy común cruzarse al Tucu en el barrio. Compraba en el kiosco de Don Felipe, justo el sitio de parada previo de los chicos del barrio antes de tomar rumbo hacia la placita. El Tucu aceptaba con gusto el pedido de autógrafos, con varias firmas en una misma hoja que después se cortaba para que se lleve cada uno. Si no eras hincha del equipo del Tucu, no importaba. Siempre había algún amigo hincha de Central para regalárselo.
El Tucu era uno más en el barrio, aunque para los pibes tenía una dimensión superior. Era futbolista, eso que todos en la infancia, aunque sea alguna vez, imaginábamos ser. Una de las últimas veces que se lo vio fue en una tarde de diciembre. El micro se detuvo a una cuadra de su casa, descendió y desde una de las ventanas se asomó el Patón Bauza para saludarlo. El Tucu bajó con uno de esos grabadores grandotes y de inmediato los chicos fueron a su encuentro. Había muchas ganas de preguntarle que había pasado, cómo fue que cometió un penal, por qué Central había perdido 4 a 0 contra River. Pero nadie se animó. Apenas se le preguntó como andaba.
Al poco tiempo, el Tucu se mudó unas cuadras más allá. Fuimos un par de veces a verlo a esa casa interna donde ya no hubo posibilidad de apreciar las camisetas que Héctor Chazarreta intercambiaba con sus rivales.
La terraza de la anterior casa del Tucu sigue igual y es inevitable pasar por el frente, mirar hacia arriba y fantasear con que las camisetas de fútbol siguen bailoteando en la soga.