La pandemia del Chindamo
Una vez decretada la cuarentena por el gobierno nacional, el desasosiego inundó la humanidad de los futbolistas del Doménico Chindamo, ese mítico estadio que albergaba hasta no hace mucho los malabares y delirios de la redonda en su estado más puro.

Lunes 06 de Abril de 2020

Una vez decretada la cuarentena por el gobierno nacional, el desasosiego inundó la humanidad de los futbolistas del Doménico Chindamo, ese mítico estadio que albergaba hasta no hace mucho los malabares y delirios de la redonda en su estado más puro.

Ya hacía unos días que el pánico incitado desde los confines más remotos del planeta había hecho mella en el ánimo de los players, que optaron por el silencio y, en muchos casos, la rotunda negativa ante el convite para disfrutar el sano esparcimiento de la pelota. Ni el último miércoles ni el último sábado, cuando ya la pandemia estaba declarada, pudieron juntarse las almas sobre el verde césped. En realidad no pudieron juntarse en ningún lado, tal el sistema de miedo operado en todos los ámbitos.

La suspensión de las ligas mayores y menores de la ciudad y toda la región y el cierre de las canchitas de fútbol sintético obraron como antesala del más mustio de los escenarios posibles. Aquel último fin de semana hubo fútbol vernáculo de la primera (la Copa Superliga) por televisión y allí se pudo apreciar con precisión quirúrgica uno de los espectáculos más tristes: las canchas vacías de gente... y de sentido.

Los gritos de los técnicos y de los jugadores y suplentes se escuchaban con una nitidez inesperada. También el golpe del botín en la pelota podía hacer adivinar el tipo de disparo y su potencia. Pero nada de esto calmaba las adormecidas ansias de todos los futboleros de ley.

El Doménico Chindamo lucía extraviado y sin vida. El césped altísimo (porque para qué cortarlo, se sinceró Chindy) y el eco del silencio otorgaban un aspecto fantasmagórico a ese templo del buen fútbol y la diversión. El vestuario extrañaba a Piturro y sus adláteres. La pelota no cabía en su tristeza de princesa olvidada en el fondo de un palacio desierto.

Rápidamente se diagramó un operativo de emergencia. A caballo de desafíos lanzados desde redes sociales por las estrellas mundiales (léase pataditas con un rollo de papel higiénico y otros menesteres), los cráneos del Chindamo idearon pruebas parecidas para mantener el espíritu competitivo y la relación intrínseca entre los jugadores.

Pero claro, los ejercicios subidos a la página web del mítico estadio incluyeron dificultades propias del altísimo nivel alcanzado por los jugadores. Verbigracia, en vez de rollos de papel higiénico, los jueguitos que los futbolistas debían intentar y luego subir al mundo de los megabytes eran con los baldes de 5 y/o 10 litros con los que se higienizaba a los hogares. El ejercicio tenía varios niveles de dificultad y el último era con el recipiente de marras lleno de lavandina. Pocos lograron completarlo.

Otro consistía en embocar el balón, la tradicional número 5, en los mismos baldes antedichos desde una distancia nunca inferior a los 3 metros. El nivel más alto de este ejercicio incluía el balde a medio llenar con el cloro diluido, tan caro a nuestros sentimientos por estos días, y ganaba el que introducía la redonda sin salpicar.

Otra prueba fue hacer la mayor cantidad de "cabecitas" con el pote de alcohol en gel. Cuanto más impactos, mayor cantidad de puntos, y cuanto más grande el frasco, también. No hubo que lamentar víctimas pero si desesperados pedidos de remedios caseros para la jaqueca.

El aspecto físico se mantenía con desafíos que incluían una estricta rutina diaria en doble y hasta triple turno, con ejercicios cada vez más complejos y exigentes. Estos incluían carreras entre las góndolas de los supermercados semivacíos por el aislamiento obligatorio. Según los preparadores físicos del Chindamo era importantísimo mantener el pique corto como estrategia de resistencia y tonicidad de los músculos.

Esta modalidad debió dejarse de lado ante el pandemonio generado entre los empleados de seguridad de los grandes centros de compra y la inentendible protesta de los dueños de supermercados chinos.

El aspecto nutricional de los players también fue minuciosamente analizado y cuidado con altruistas consejos para que el encierro obligatorio no hiciera mella en las ya de por sí vapuleadas humanidades de los jugadores. Todos los recursos humanos del Chindamo se unieron en un solo cuerpo y remitieron diariamente informes referidos a su propia ingesta de alimentos y hubo unánime aceptación de la dieta impuesta, sobre todo la recomendación de aumentar el consumo de bananas. Aunque también es verdad que todos protestaron airadamente ante el recorte en el rubro "Copa", ya que sabido es que la copa más peligrosa es la de "las casa".

La primera semana de cuarentena obligatoria fue bastante llevadera, con una unidad grupal en la prosecución de los objetivos digna de elogio. Las bromas surgían por doquier y las videollamadas entre los futbolistas eran un canto al bullicio y la sonrisa. Hasta se llevó a cabo un aplauso en los balcones en agradecimiento al Chindamo, en tanto aglutinador de la pasión futbolera tan necesaria en momentos tan difíciles, por su labor encomiable en el sostenimiento de la cuarentena.

Pero esta tan loable ceremonia sólo duró una vez, ya que el autor de la iniciativa propuso el aplauso a las 9, pero de la mañana, como un homenaje al inicio de los partidos en la mítica cancha. La mayoría de los vecinos no estuvo de acuerdo.