Rusia 2018

La odisea de moverse con fluidez por las calles de Rusia

Metros desbordados, distancias siberianas y, por si fuera poco, un idioma con un alfabeto incomprensible. Estas son algunas de las dificultades que encontrarán los hinchas argentinos en Rusia.

Martes 12 de Junio de 2018

El avión aterriza por la tarde en uno de los cuatro aeropuertos de Moscú, tras casi veinte horas de vuelo y una escala. Hacer la cola en migraciones demanda entre una y dos horas. Al salir ya es de noche. Miles de personas recorren el hall de la terminal, desbandadas, en distintos sentidos. A buscar un atisbo de orientación en la señalética, pero no todas las indicaciones están en inglés, sino en un alfabeto extraño. Nadie habla otro idioma aparte del ruso. ¿Tren o taxi para ir al hotel? Encima, no aceptan dólares ni euros y hay que cambiarlos por rublos. Parece una postal caótica. Sin embargo, la organización del Mundial facilitará las cosas poniendo a disposición miles de voluntarios, aunque difícilmente darán abasto.

Rusia queda lejos. Y dentro de Rusia todo queda lejos. Y en las ciudades rusas, más todavía. Si Buenos Aires, Nueva York o París parecen ciudades inabordables, Moscú lo es aún más. Es una capital de dimensiones siberianas. Cruzar una calle puede robar hasta quince minutos de vida. En algunas avenidas está prohibido cruzar a nivel y por eso cada trescientos o cuatrocientos metros hay túneles subterráneos que conectan con el otro lado de la vía.

Tratamos de encontrar uno de estos túneles cuando estamos yendo a comprar una tarjeta SIM para el celular. Recién ahora entendemos que lo más sabio hubiera sido comprarla en el aeropuerto. Habría costado unos rublos más que en el centro de Moscú, pero hubiéramos ahorrado tiempo desde el principio, por ejemplo contratando un taxi con Uber o Yandex para trasladarnos hacia el hotel con mayor comodidad y velocidad que el tren y pagando una insignificante diferencia. Desde el momento en que tengamos acceso a internet, el celular se convertirá en nuestro mejor compañero de viaje. Google Translate y Google Maps nos ahorrarán más de una hinchazón.

Moscú tiene la particularidad de recordar a cada momento lo enorme que es. No sólo se ve en la extensión de sus calles y en la altura de sus edificios, sino también en las más de ciento cincuenta estatuas de Lenin y de Pushkin que con siberiana ubicuidad aparecen por todos los rincones. Como para preguntarse cuál hizo su mayor aporte en la causa por la famosa alma rusa. Lenin está en el nombre de todas las cosas. Y Pushkin tiene su propia estación de metro. Pushkinskaya es como adentrarse en el Infierno del Dante. Descender hasta el más profundo de los andenes puede tomar, sin hiperbolismos, un cuarto de hora. En algún momento, mientras descendamos se lamentará no tener un ejemplar de "Guerra y paz", de Tolstoi. Es que podría decirse que es posible leer la novela entera antes de llegar al andén. El tumulto de gente quitará esas ideas absurdas.

El capítulo de las distancias en el primer día se proyecta al traslado a realizar para ir de una ciudad a otra. Con el FanID del Mundial, adquirir un boleto será mucho más fácil e intuitivo. De lo contrario, habrá que ingresar al sitio web de los ferrocarriles, que no está traducido al inglés en un ciento por ciento, por lo cual se necesitará la ayuda de algún traductor.

Al fin en una de las estaciones de trenes, a la que se llega con el tiempo justo tras demorar en cuatro controles de seguridad nunca previstos. El tren nocturno de Moscú a San Petersburgo tiene cama. Buenísimo, doce horas arriba de un tren de noche, sin un lugar apropiado para dormir, sería terrible. Ya en el camarote, de repente los rusos empiezan a sacar de sus bolsos el tradicional menú que llevan consigo cada vez que viajan: huevo duro y pollo frito. El olor ataca al estómago. Tranquiliza saber que el tren tiene servicio de comida. Pero en el vagón de la cantina tampoco aceptan tarjeta de crédito y los rublos guardados en el bolsillo no alcanzan ni para comprar un grisín.

El idioma

Sobre el mostrador del metro hay que hacer todo tipo de gestos. La empleada rusa mira, espera unas palabras. Imposible decir nada que pueda entender. Entonces, con los dedos habrá que dibujar en el aire un pequeño rectángulo, que sería la Troika, la tarjeta magnética con la que se obtienen importantes descuentos para viajar en el metro de Moscú. La empleada la venderá. Luego, a tomar el smartphone y tipear una cifra que represente la suma de crédito a cargar. Ahora sí, a utilizar el metro de Moscú.

A Rusia conviene viajar con el preconcepto de que ningún ruso habla inglés u otra lengua que un argentino medio pueda conocer. Con un inglés decente, la norma será acercarse a gente joven, lo más joven posible, y puede ser que alguno lo hable, sobre todo en Moscú y en San Petersburgo.

En el andén del metro uno ya puede maravillarse por sus esculturas, sus mármoles y sus frescos, por su majestuosa arquitectura. Pero hay que entender cuál es el tren a tomar para ir a destino, si el que va para un lado o para el otro. Los carteles indicativos están escritos sólo en ruso. La marea de gente que entra y sale de los trenes desborda. Preguntarle a alguna de las personas que pasan y encontrar a alguien que hable inglés o español en ese caos es como querer subirse a un colectivo que va de La Florida al centro en pleno enero.

Como en este caso, habrá también otros momentos en que no quedará otra que arreglárselas solos, en que el apuro exija tomar decisiones sin la ayuda de nadie. Entonces, a sacar los mejores recursos lingüísticos. El ruso es uno de los idiomas más difíciles del mundo. No precisamente por su alfabeto, sino por sus reglas gramaticales plagadas de excepciones, o casos, como se los llama en lingüística. Estudiar la lengua y conseguir un nivel básico de modo de comprender algo demandaría más de un año de clases intensivas. Sin embargo, resulta clave aprender a interpretar cirílico, el alfabeto del ruso. Muchos caracteres del cirílico son compartidos con el alfabeto latino, por lo cual comprender la escritura no es tarea difícil, más aún considerando que la fonética es muy similar a la del castellano.

Sin embargo, al ver un cartel escrito en ruso no se sabrá qué dice. Aprender a interpretar cirílico puede llevar diez minutos por día durante una semana. Y una vez aprendido, leer será un ejercicio casi instantáneo. Así como los metros de Moscú o de San Petersburgo, muchos otros espacios públicos, oficinas, tiendas e incluso museos están señalizados sólo en cirílico. He aquí la importancia de saber descifrarlo.

Esto no termina así, demasiado para el primer día. El clima será un gran tema. La paciencia, otro. Y así con un listado que durante el Mundial irá tomando trascendencia.

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