Ovación

La doble moral

El fútbol profesional ha flexibilizado los valores de un deporte que muchos formadores intentan recuperar desde la base. La urgencia por ganar justifica hasta los medios ilegítimos

Lunes 13 de Noviembre de 2017

"Es un trabajo arduo inculcarles los valores lúdicos y recreativos del fútbol a los chiquitos, porque ellos llegan acá y se les explica que deben jugar todos, que tienen que divertirse, aprender a compartir, y que para competir ya llegará el momento cuando crezcan. Y en paralelo explicarles a los padres lo mismo, que los dejen ser a sus hijos sin presiones ni exigencias, lo que también representa un trabajo no menor. Y para colmo desde el profesionalismo los ejemplos no abundan, porque allí los chicos aprenden todo lo contrario, ya que ven cómo simulan, protestan, golpean y tratan de sacar cualquier ventaja desde la trampa. Y a veces los pibitos adquieren ciertos modales para imitarlos, lo que también nos impone un nuevo desafío, porque ellos te dicen que si tal o cual jugador llegó a ese nivel es porque hizo bien las cosas", reflexiona Gustavo, uno de los profes que forma parte del proyecto de fútbol infantil en la Asociación Rosarina, en el que pibes de entre 6 y 7 años constituyen el primer eslabón de la búsqueda de un cambio cultural que les permita desarrollarse jugando.

Es público y notorio cómo en el nombre de la competencia se fueron adquiriendo determinados comportamientos para sacar ventaja en el contexto del juego, donde mucho incidieron la técnica y la táctica, en las cuales el ingenio gravitó para capitalizar los recursos individuales y los articuló colectivamente para un mejor desempeño, claro que siempre en el marco reglamentario preestablecido.

Hasta ahí nada para reprochar. Sin embargo la imposición que fue instaurando la obligatoriedad del resultado comenzó a distorsionar las formas y lamentablemente también la esencia. Más aún cuando triunfos y derrotas no sólo se conjugan en términos de fracaso o éxito sino que también tienen una considerable significación monetaria. Ese aspecto que moviliza a los mayores a tratar de tener en sus hijos la tabla de salvación económica.

Así las cosas el profesionalismo del fútbol convive con malos ejemplos, que no resultan anecdóticos porque en muchas ocasiones, demasiadas ya, fueron artífices de victorias, máximos logros, títulos rutilantes y considerables ganancias económicas.

Y en las que intervinieron los diferentes niveles del ámbito profesional, constituyendo una malversación de aquellos valores que el profesor de esos locos bajitos intenta inculcar en el fútbol de base, allí donde el deporte popular encuentra por única vez su verdadera esencia, la que lamentablemente va mutando a medida que el valor social pierde por goleada con la cotización económica de un deporte tan mercantilizado.

No resulta sencillo tratar de enseñarle a un niño la importancia de la nobleza del deporte cuando observa, en forma consuetudinaria, en los partidos de la máxima categoría cómo esa nobleza se vacía de contenido por actitudes de las cuales se nutre el ganar cómo sea, sin importar que esos valores se doblen o se rompan.

Recientemente se pudo observar el reclamo de justicia que planteaba el notable jugador Enzo Pérez en el entretiempo del superclásico, cuando le reclamaba al árbitro Néstor Pitana una supuesta conspiración en contra de River, y recordaba a manera de argumento la selectiva utilización que habían hecho de la tecnología en la eliminación de su equipo de la Copa Libertadores ante Lanús.

Se presentaba hasta ahí en un pedido de honestidad intelectual y de juego limpio, sin dobleces ni ventajas antirreglamentarias, aunque el volante millonario demandaba al juez por un fallo en el que justo Pitana no se había equivocado: la expulsión de Nacho Fernández.

Pero paradójicamente fue el propio Enzo Pérez quien en el segundo tiempo simuló recibir un golpe para intentar demostrar un codazo de Edwin Cardona, que no existió, y así lograr equiparar numéricamente el partido. Y lo logró. Porque Pitana convalidó como real una agresión que no fue tal. Razón por la cual expulsó al volante colombiano.

En ese preciso instante la doble moral expulsó de la cancha el pedido de justicia, honestidad intelectual, ecuanimidad y aplicación reglamentaria que había reclamado a viva voz el futbolista en el entretiempo.

Por usos y costumbres el fútbol se fue adaptando a que lo lógico y normal sea excepcional y que la transgresión sea la normativa fáctica para sacar la ventaja necesaria que muchas veces no se obtiene por el camino de la legitimidad.

Y esto no sólo remite a lo que se pueda hacer dentro del campo de juego, también fuera del mismo, porque hasta se convalidan por acción u omisión determinados comportamientos indebidos detrás de los escritorios. Es habitual, casi natural, que el fin justifique los medios.

Por supuesto que las reacciones asomarán si con esa trampa o "arreglo" el equipo propio fue perjudicado. Y en ese caso se extrae del cajón de las oportunidades el reglamento para esgrimir la defensa y justificar la protesta. Caso contrario queda bien guardado donde estaba.

Y así se gestó un status quo en el que el que no llora no mama y el que no afana es un gil.

No obstante existe una necesidad de pararse frente al espejo para intentar modificar lo que afecta a la salud colectiva, y si bien algunos prefieren romperlo para no verse, otros optan por intentar esos cambios culturales trascendentes. No sólo en el fútbol sino en la vida misma. Porque se trata de los chicos en este caso específico.

"Yo les enseñé a mis hijos desde pequeños a colocarse el cinturón de seguridad cuando suben al auto y nunca se olvidan. Cuando no me lo pongo, me lo exigen. Está claro que los cambios son posibles desde allí, porque ellos lo mantendrán en el tiempo, cuando nosotros ya no les demos malos ejemplos", concluye Gustavo, ese profe que está convencido de que el fútbol puede lograr el cambio necesario desde la raíz.

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