Domingo 04 de Agosto de 2019
Central edificó un nuevo triunfo emparentando el juego con ese viejo axioma sobre que los equipos se arman de atrás hacia adelante. Un acierto en el arco de enfrente le alcanzó al canalla para darle mayor trascendencia a la solidez defensiva que mostró de principio a fin y que, por momentos, fue lo que más hizo pensar que al menos podía sumar. Claro que esa estocada de Zabala a los 31' del complemento arroja un análisis mucho más superador y que tiene que ver con el atesoramiento de otros tres puntos invalorables en esta lucha por la permanencia a la que el equipo de Cocca le está haciendo frente con una gran solvencia.
El juego que Cocca pretendió en la previa se vio a cuentagotas. Poca fluidez y desequilibrio, pero en contrapartida hubo mucha contracción al trabajo. Es que lo mejor de Central se vio en la presión que ejerció sobre la salida de Talleres y en la cierta facilidad que tuvo para recuperar la pelota, donde la asfixia no fue individual, sino colectiva. Fue en ese marco de partido en el que la figura de Gil comenzó a tomar fuerza. Porque el Colo no sólo se esforzó en la marca, sino que fue el único, al menos en el primer tiempo, que se animó a jugar. Tuvo alguna pequeña colaboración en Lovera y un mínimo de compañía con Rius por derecha. No así con Zabala por izquierda, a quien en esos primeros 45 minutos le salió casi todo mal.
Un tiro libre de Gil que se desvió en Fragapane y que Guido Herrera manoteó en el primer palo (5') y un córner de Zabala desde la derecha que Caruzzo punteó en el primer palo (29') fueron las únicas aproximaciones de un Central al que le costó encontrar los caminos que le clarifiquen el panorama pero que siempre se mantuvo ordenado en el fondo, sin entregarles chances al rival. En ese contexto, la voz de mando de Caruzzo siempre fue clave y algunos cierres de Barbieri. Hasta Brítez lució sobrio. No fue el caso de Nahuel Molina.
Fue positivo para Central que prácticamente todos los jugadores mantuvieran el nivel en el complemento, pero mucho más saludable le resultó que otros mostraran una marcha más, como el caso de Zabala, quien de a poco le fue tomando la mano al carril izquierdo. De hecho fue el uruguayo quien se la bajó a Riaño tras un centro de Molina, pero el 9 le dio débil ante la presión de Gandolfi.
De igual forma, el ritmo de Central era anodino. A esa enjundia que le seguía metiendo a la hora de la recuperación le faltaba velocidad, no sólo corporal, sino también mental. Fue lo que encontró Cocca con los ingresos de Gamba y Ribas. Uno para abanicar en zona de tres cuartos y el otro para pivotear.
Así llegó el tanto que desató la locura, con un centro de Gamba al corazón del área, donde Ribas no se obnubiló y en lugar de buscar el arco vio la entrada en soledad de Zabala, a quien asistió de cabeza. Lo del volante sólo fue poner bien el pie para ponerla contra el palo izquierdo, el más lejano de Herrera.
A partir de allí fue más contracción la trabajo todavía, con más espíritu de lucha que vistosidad en el juego, más presión que desmarques, más inteligencia que ambiciones.
La única vez que se atrevió a ir por más fue en una muy buena combinación entre Zabala y Rius, que terminó con un remate del uruguayo suave, a colocar, pero muy débil.
El tiempo que restaba fue simplemente para que el orden defensivo no se resquebrajara, para que la concentración no se extravíe (en esos momentos creció aún más la figura de Caruzzo) y para que el resultado que se estaba logrando no se escabullera.
Central prácticamente no atacó más con peligro y Talleres intentó por las vías que pudo, o mejor dicho por las que el canalla le dejó a mano, que fue el pelotazo frontal, anunciado. Fue así como el equipo de Cocca llevó el final a un terreno propicio y sin vacilaciones. Con un par de atributos básicos jugó a conciencia y desde esa comodidad edificó el triunfo.