Lunes 15 de Junio de 2020
“El mito de que somos los mejores del mundo afortunadamente ha caducado. Hay que aprovecharlo como un saludable tropezón capaz de recordarnos que, quien mal camina, se puede caer. Esta es una caída más en nuestro fútbol. No es la primera ni tampoco será la última”. Lo escribió el periodista Dante Panzeri a propósito de la eliminación argentina en el Mundial 1958, que pasó a la historia como el Desastre de Suecia, del que hoy se cumplen 62 años.
Después hubo dos derrotas más de la selección así de humillantes (ante España y Bolivia), pero la de marras derivó en una reacción muy violenta de la comunidad futbolera: Argentina fue aplastada 6 a 1 por Checoslovaquia y a su regreso el plantel resultó castigado con una lluvia de monedazos.
Nunca antes y nunca después Ezeiza sería escenario de un suceso de esas características, con futbolistas a los que poco menos se los trató de criminales.
La mancha del 15 de junio de 1958 fue llamada sin más el Desastre de Suecia y representó algo más trascendente que un episodio desdichado en sí mismo. Supuso una sonora bofetada a la arrogancia compartida por dirigentes, entrenadores, hinchas y, el lastre mayor, jugadores.
Argentina llevaba 24 años sin intervenir en un Mundial y para su desdicha la cancelación por la Segunda Guerra había suprimido las chances de fecundas generaciones de cracks de los años 40.
En 1957 había alumbrado un equipo excepcional, el coreográfico campeón del Sudamericano de Lima (campeón con 8 goles a Colombia, 3 a Ecuador, 4 a Uruguay, 6 a Chile y 3 a Brasil), pero varios de aquellos “carasucias” se habían ido a Italia y no fueron convocados.
En realidad, nadie se hizo cargo del porqué de las ausencias de Enrique Omar Sívori, Néstor Manfredini y Humberto Maschio. Apenas si se esgrimió una jamás comprobada negativa a cederlos por parte de la federación italiana.
Y para colmo, a un plantel armado de apuro por Guillermo Stábile, se sumó un supino desconocimiento de los rivales. Además se sostenía que los europeos eran atletas toscos y fáciles víctimas de la célebre “nuestra”.
En ese contexto de expectativas infundadas el domingo 8 de junio la selección cayó con Alemania, en Malmo, por 3-1, pese a la rápida ventaja establecida por Corbatta, y el miércoles 11, en Halmstad, venció 3-1 a Irlanda del Norte con goles de Corbatta, Avio y Menéndez. El domingo 15, en Helsinborg, llegó la catástrofe: Checoslovaquia a ritmo de Fórmula 1 y Argentina como carreta.
Fueron seis goles y pudieron ser unos cuantos más, aunque luego descontó Corbatta.
En esa negra jornada, Argentina formó con Amadeo Carrizo, Pedro Dellacha y Federico Vairo: Francisco Lombardo, Néstor Rossi y José Varacka; Omar Corbatta, Norberto Menéndez, Ángel Labruna, Ludovico Avio y Osvaldo Cruz.
Acaso el dato banal que a la vez representó mejor la situación haya estribado en que la selección compitió en el Mundial de Suecia con un único juego de camisetas.
Pero nada de eso sirvió de paliativo: en Ezeiza los futbolistas vivieron en carne propia la amenaza de miles de ciudadanos crispados. El primer “que se vayan todos”.