Domingo 17 de Diciembre de 2023
Domingo al mediodía en Rosario. Calor y humedad, en aquel 18 de diciembre de 2022. Expectativa, ilusión y nervios en la máxima expresión. Familias y grupos de amigos armando el ritual para ver “el” partido más importante de la selección nacional de los últimos tiempos. Aferrándose a las cábalas, liturgias, supersticiones, hechizos y todo lo que estaba al alcance de la mano para intentar que la suerte esté del lado albiceleste. Niños con la camiseta y las caras pintadas, adolescentes corriendo a las juntadas ávidos de festejar, abuelos más realistas y a puro mate amargo, sabiendo que no era una misión fácil y recordando las proezas anteriores de Mario Kempes y Diego Maradona. Pero nadie estaba ajeno a que por dos horas el mundo se paralizaba y la alegría absoluta dependía de un resultado, de una pelota, de un bendito gol. La historia y el desenlace es conocido por todos. Una victoria infartante, agónica, estremecedora y conmovedora desde la definición por penales para terminar de torcer la tremenda resistencia francesa y desatar el éxtasis y el carnaval en cada rincón de la ciudad Cuna de la Bandera y por supuesto del resto del país, de Ushuaia a La Quiaca. Sin dudas Rosario fue uno de los principales epicentros de los festejos, porque además es el semillero del fútbol mundial y la cuna de los grandes héroes de la final que acababa de culminar con gloria: Lionel Messi y Ángel Di María, los rosarinos que alcanzaron el oro eterno y tocaron el cielo con las manos, junto al otro coterráneo Angelito Correa.
Ya pasó un año de la gesta de Qatar, de un día histórico para el fútbol y que desató una interminable fiesta popular. Es que los Muchachos de Lionel Scaloni se convirtieron en leyenda y la alegría, al menos por unos días, fue toda argentina. Porque todos, sin distinciones de ninguna clase por un rato se sintieron campeones.
Ni un director de cine le pudo poner tantos vaivenes emotivos, dramáticos y sentimentales a la final que se jugó en el estadio de Lusail. Donde de haber un ganador en los 90 minutos debió haber sido con claridad el equipo argentino. Un planteo extraordinario de Lionel Scaloni para dominar las acciones y neutralizar a Francia. Para ser profundo con la pelota y reducir a los galos a la mínima expresión. Porque hasta los 80 minutos, sin exagerar fue todo albiceleste. Fue casi un baile, un paso de tango perfecto ante los franceses que no tenían respuestas.
La Scaloneta era una furia y por ello no fue casualidad que Di María estuviera intratable y forzara un penal que luego su socio Messi canjeara por gol para poner en ventaja a la albiceleste. La historia había comenzado de la mejor manera y en esa primera etapa todavía había más. Porque Angelito le puso el moño a una notable jugada colectiva para ampliar a dos la diferencia y empezar sellar la finalísima. Parecía un cuento de hadas, un camino de flores rumbo al título. Un estrella que asomaba cada vez más cerca de bordarse en la camiseta.
Pero el fútbol es un juego donde el diablo suele meter la cola en el momento menos esperado y barrer abajo de la alfombra a todos los merecimientos previos. Francia estaba en la lona y pidiendo clemencia cuando se activó el fenómeno Kylian Mbappé. A diez del final, descuido de Nicolás Otamendi, lo madrugó Kolo Muani y el zaguero cometió un penal que Mbappé transformó en el descuento.
Y enseguida, otra vez el endemoniado Mbappé sacó un conejo traicionero de la galera y con un tiro cruzado clavó el inverosímil 2 a 2. El empate pareció ser una pesadilla tras un sueño confortable que tenía destino de campeonato. Todo se desmoronaba. Como una especie de maldición que caía sobre Messi y sus compañeros, acentuada por el fantasma de varias finales anteriores perdidas, a pesar de que los últimos antecedentes eran los mejores: títulos ante Brasil e Italia previos a Qatar.
Sobre todo, sobrevoló la angustia por ver a Messi sin poder coronarse en lo que podría ser su última cita ecuménica. A esa altura era una injusticia por el gran juego que había desarrollado argentina hasta ese momento. Y llegó el alargue. Nadie estaba en la calle en Rosario, todos pegados al televisor y ya sin uñas que morderse.
No estaba todo perdido y había que seguir remando. Y apareció otra vez el nuevo genio del fútbol mundial, Messi, con la capa de superhéroe para conectar el tercero y poner otra vez a Argentina en la puerta de la consagración. Allí sí, muchos comenzaron el festejo anticipado y dijeron la tercera es la vencida. Pero casi sobre el tiempo límite un penal para Francia por mano de Montiel y Mbappé volvió a ponerse el traje de verdugo. El 3 a 3 volvió a ser un sentencia muy dura para una Scaloneta que parecía que por el golpe anímico se quedaría sin nafta.
Y llegó la acción infartante de Kolo Muani, que picó a la espalda de los defensores argentinos y quedó enfrentado con Dibu Martínez, con la pelota bajando hacia su pie derecho. Pero Dibu se hizo gigante y con su pie abierto le achicó al arco al francés, en una acción que paralizó todos los corazones.
Todo pasó a los penales y allí el título se definió desde los doce pasos. Otra vez toda la maquinaria de rituales, cábalas y súplicas se reactivó. Parecía el cuento de la buena pipa, en un partido donde todo siempre volvía a empezar. Y allí Dibu Martínez aportó lo suyo achicando el arco y no fallaron los penales de Messi, Dybala, Paredes y Montiel, justamente que anotó el que le dio el título a la Scaloneta.
Otra vez la gloria para Argentina. Por tercera vez tras las conquistas de 1978 y 1986. Qatar fue una fiesta con la vuelta olímpica, con Messi y Di María emocionados y abrazos al trofeo como si fuera un juguete nuevo, con Scaloni rompiendo en llanto y ovacionado, y con el pueblo que salió a copar la calle en un desahogo general que excedió lo meramente futbolístico.
Argentina otra vez en la cima del mundo y el Monumento a la Bandera fue una romería de gente celebrando, en especial los más jóvenes, los que no habían visto la anterior vuelta olímpica de Maradona en México 1986.
Messi al fin logró lo que merecía y se convirtió en el mejor jugador del mundo, tal vez de la historia toda de este deporte, a la altura de Pelé y el gran Diego. Y también Di María tuvo su máxima recompensa por poner siempre la otra mejilla en las malas y reinventarse para ganar lo máximo como jugador.
Hace un año Rosario y el país se estremecían con el título de la selección en Qatar. Con la foto ya legendaria de Messi alzando el trofeo y con Di María emocionado y repleto de felicidad. Y Scaloni como el novato que sorprendió y se quedó con el premio máximo. Argentina volvió a dominar el fútbol mundial. Fue tocar el cielo con las manos y tener una cita inolvidable con la felicidad. Todo eso pasó hace un año. Gracias, muchachos!!!