Ovación

Fútbol encajonado

Las transgresiones que se cometen en los estadios deben ser penadas con equidad, pero en la Argentina las sanciones se aplican con mayor rigurosidad cuando se trata de los clubes del interior

Jueves 08 de Marzo de 2018

Es cierto que la indisciplina ciudadana es una de las características del patrón cultural argentino, que está en el consciente colectivo, pero que poco se hace para remediarlo. Sólo se corrige cuando se emigra a otros países ordenados y a los que paradójicamente al regreso se les elogia esa particularidad como una enorme virtud social. Y se presenta como inalcanzable de fronteras hacia adentro. Encontrando en la frase "este país no cambia más" la endeble justificación para seguir transgrediendo normas, desde la más elemental hasta las de enorme significación, convirtiendo incluso a la vida casi en una cuestión de azar.
El incumplimiento de las reglas se hizo hábito en el transcurrir del tiempo, patología que se exhibe en todos los aspectos, y asoma imponente con nitidez en el fútbol por su carácter pasional y masivo. Entonces el hecho de quebrantar una obligación deriva en un estado deliberativo, donde las parcialidades relativizan o acentúan la infracción según los intereses sectoriales y no generales.
Los féretros multipropósitos fabricados en serie en una subsede de Central y guardados en el Gigante renovaron los bríos del debate sobre penas y sanciones. Sobre actores y autores. Sobre responsabilidades y complicidades. Todo en un contexto de relatividad constante. Porque así en la vida como en el fútbol, el mayor problema una vez cometida la transgresión es la falta de ecuanimidad para sancionar. Porque se pena según la entidad del imputado. Y esa falta de coherencia y uniformidad de criterio es la que vacía de contenido a la justicia.
Es una práctica recurrente por parte de los organismos centralizados de poder que a una idéntica transgresión el club del interior del país es castigado con mayor dureza. Para ejemplificar, dicen desde una falsedad estructural. Porque si se quisiera ejemplificar nada mejor que castigando al poderoso. Pero no. Entonces esa desigualdad subleva. Genera impotencia. Cultiva suposiciones. Y le quita autoridad moral y ética a todos aquellos que dicen actuar en el nombre de un reglamento al que ya violaron hasta el hartazgo.
Hay antecedentes para fundamentar este desequilibrio. A manera de ejemplo: en 2012 en la previa del partido entre River y Boca Unidos barrabravas mataron a Gonzalo Saucedo en una tribuna del Monumental. En 2017 barras de Belgrano arrojaron al vacío a Emanuel Balbo desde una de las tribunas del estadio Kempes durante un clásico con Talleres y a los pocos días murió. A hechos similares sanciones deportivas diferentes. A River lo "condenaron" a jugar un partido con una tribuna clausurada y a Belgrano lo obligaron a jugar casi cuatro meses a puertas cerradas.
También se podrían citar varios ejemplos donde por diferentes incidentes, ya sea de agresiones o pirotecnia, Newell's y Central fueron castigados de una manera y por similares hechos clubes de Buenos Aires recibieron una pena menor o sólo una advertencia.
Por supuesto que esto no justifica ni exime de responsabilidades a los directivos de los clubes rosarinos por la transgresión cometida, la que debe ser castigada, pero siempre en un plano de igualdad al resto de los clubes.
Y otro de los aspectos que relativiza el deber de cumplir las reglas es la ambigüedad con la que los organismos (AFA, Conmebol, Fifa, y sus respectivos tribunales disciplinarios) actúan al reducir las penas que ellos mismos dictaminaron. Generando esta expectativa de una futura conmutación o reducción al castigo, se le quita trascendencia al deber de respetar las leyes.
Así sucedió con Boca en 2016, cuando la Conmebol redujo de ocho a dos partidos sin público propio, en encuentros por Copa Libertadores, la sanción que le aplicaron por el escándalo del gas pimienta en el superclásico de los octavos de final de la edición 2015. Y en esa medida que fue considerada como única y extraordinaria, también se lo incluyó a Central, que fue eximido de cumplir un partido a puertas cerradas por el uso masivo de pirotecnia y agresión al arquero Orion en el cotejo con Boca por la Sudamericana 2014.
Es por ello que el fútbol argentino convive con una organización con derechos y obligaciones relativas. Porque no hay clubes honestos ni corruptos, ni torpes ni inteligentes, ni probos o ignorantes. Lo que sí hay son dirigentes con algunas de esas características. Los que permiten estos bochornosos hechos que rompen las reglas. Como aquellos que buscan evitarlo. Los que aplican las leyes pariendo estas desigualdades desde la neutralidad aparente. Y los que también pugnan por una justicia ajustada a la equidad establecida en el reglamento.
Del resultado de esa lucha de valores dependerá el porvenir de este deporte tan importante para el país. Que de seguir así no necesitará de tantos féretros multicolores, sólo alcanzará con uno: el del fútbol.

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