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Fórmula chata

La falta de competitividad de la máxima categoría del automovilismo mundial se profundiza con el aburguesamiento de sus principales figuras y la imparable diferencia entre las escuderías. Sólo los jóvenes parecen tener elementos para pelearles a la previsibilidad, la monotonía y el aburrimiento

Viernes 03 de Noviembre de 2017

El fin de semana último el inglés Lewis Hamilton se consagró campeón mundial de Fórmula Uno por cuarta vez. Entre británicos, ya es el más ganador de todos los tiempos. Ya no comparte el sitial con Jackie Stewart (escocés), que quedó relegado al segundo lugar con tres coronas. Lewis suma el doble de campeonatos que otros dos mitos del Reino Unido: Jim Clark (también escocés) y Graham Hill, el papá de Damon.
   El 26 de marzo se corrió en Australia el primer Gran Premio de un total de 20. Cuando faltan sólo dos (Brasil y Abu Dhabi) nada ni nadie alteró el orden establecido. El campeón iba a ser Lewis o en su defecto Sebastian Vettel. ¿Porque son los dos mejores pilotos de la Fórmula Uno? Quizás. Pero fundamentalmente porque corren para Mercedes y Ferrari. La incidencia de los pilotos es cada vez menor, casi insignificante a esta altura salvo que llueva.
   Allá en el tiempo, en Albert Park, hace más de 7 meses, ganó Vettel, segundo fue Hamilton, tercero Valtteri Bottas y cuarto Kimi Raikkonen. Ferrari, Mercedes, Ferrari. Entre ambas escuderías ganaron 15 de las 18 carreras disputadas hasta aquí. No hubo una sola competencia en el año en la que no hubiera un piloto de Mercedes o de Ferrari en el podio.
   Faltan dos y salvo Raikkonen, Hamilton, Vettel y Bottas, en ese orden, tienen asegurados los mejores lugares de la temporada.
   Para 2018 la historia será igual con algunos pocos agregados. McLaren mejorará con los motores Renault y Red Bull insistirá con ser el tercero en discordia pero nada cambiará el orden establecido.
   Las escuderías más poderosas están enamoradas de su estatus y no quieren que nada ni nadie las moleste. Y ese estado de armonía atenta contra la competitividad de una categoría que si no cambia seguirá siendo el opio de los fierreros. Previsible, monótona, aburrida, insufrible.
   Gracias a la lluvia, Singapur, en el tramo final de la temporada, pudo ofrecer un espectáculo diferente el 17 de septiembre. Los talibanes de la categoría podrían argumentar que el azar meteorológico dejó prácticamente sin chances a la Ferrari de Sebastian Vettel, el rival de Hamilton en la pelea por la corona como a principios de año, como en el cierre de 2017. Como el año que viene.
   En cualquier caso, Marina Bay fue un poco distinto. A pocos minutos de la largada de una carrera como la mayoría con el soporífero agregado ya común para la Fórmula Uno de la casi nula chance de sobrepaso, la lluvia llegó para sanar la competitividad de una actividad que cada vez pierde más batallas contra la previsibilidad.
   El aguacero obligó a cambiar los neumáticos de piso seco por intermedios o de lluvia extrema y la puesta a punto de los dos días previos fue a parar a la basura. Allí sí la impronta de los pilotos dio el presente. Pero si no es por el azar meteorológico...
   Para cualquier deporte lo imprevisible es fundamental para asegurar el espectáculo, la expectativa. Nadie debería ir a una carrera sabiendo quién va a ganar, quién va a salir segundo y así hasta el sexto lugar. Ya quedó escrito: los dos Mercedes, casi siempre uno de los dos primero, preferentemente Hamilton, las dos Ferrari y los dos Red Bull.
   En la mayoría de las actividades de alta competencia escasea la competitividad, pero será tema para otro momento. Ahora le toca a la Fórmula Uno, una categoría que le busca la vuelta a la atracción pero que hace años que no la encuentra.
   Es cierto que las carreras son de autos, por supuesto, pero la Fórmula Uno deja mucho menos espacio para las aptitudes de los pilotos que otras categorías. La tecnología es protagonista principal de la especialidad más importante del automovilismo mundial que no encuentra argucias reglamentarias para equiparar fuerzas. Una batalla que la Fórmula Indy, por ejemplo, gana casi siempre.
   Para colmo de males los circuitos son cada vez más angostos y los sobrepasos sólo actos de temeraria inspiración muchas veces sancionados por los comisarios que en ocasiones parecen sufrir de vértigo.
   Hay circuitos en los que la aerodinamia le gana la pulseada a los motores y al revés. Esa parece ser la mayor expectativa previa a cada carrera. Hoy por hoy, los circuitos que premian a los diseñadores le dan algunas chances más a Red Bull para mezclarse en el "jet set". Pero sólo eso. Del medio para atrás es un guiño para los McLaren del atribulado Fernando Alonso y del belga Stoffel Vandoorne que ya en 2018 tendrán motores Renault para intentar entrar en la pelea por el tercer puesto del Mundial.
   Cuando el tiempo meteorológico no es el ideal, la lluvia parece llegar para devolverle toda la magia a la Fórmula Uno, pero ahí mismo aparece otra pelea que atenta contra la competitividad. El gran desafío pasa a ser la realización de la carrera. Hoy por hoy, caen dos gotas y es un drama. Los muchachos no quieren correr a pesar de la híper seguridad de sus autos, sólo vulnerables en condiciones de colisiones muy especiales y puntuales que por suerte escasean cada vez más. Aburguesamiento que le dicen.
   "Los pilotos de carreras tienen que competir, incluso en las condiciones más difíciles. Estas fueron condiciones perfectas para una carrera de lluvia. Esto es un ejemplo de que todo está demasiado regulado. Todos los pilotos tuvieron sus momentos de riesgo, pero es lo normal en una carrera de lluvia".
   El austríaco Niki Lauda, uno de los héroes de la Fórmula Uno de otros tiempos, tricampeón del mundo, puso el grito en el cielo en el bochornoso Gran Premio de Brasil del año pasado, una carrera que nadie quería correr porque llovía mucho.
   La equiparación de fuerzas y la competitividad que muy probablemente derive en un desarrollo mucho más atractivo y con actores desacostumbrados es lo de menos. Todo sea por mantener el statu quo. Y la lluvia altera esa armonía que se parece muy poco a una competencia.
   El 13 de noviembre del año pasado, Lauda, compañero de equipo de Carlos Reutemann en Ferrari entre fines de 1976 y todo 1977, había señalado el camino. "Algunos pilotos deberían observar a Max (Verstappen) y ver por qué líneas maneja este chico", dijo mientras los popes de la categoría (Vettel y Nico Rosberg, posterior campeón, a la cabeza) ponían todo tipo de excusas por la radio para no correr con lluvia.
   Bienvenidos los pibes y los no ganadores sedientos de gloria a la Fórmula Uno. Son los indicados para romper con el aburguesamiento que atenta contra la máxima.
   Y esa parece ser la fórmula: Verstappen (20 años), Esteban Ocon (21), Lance Stroll (19), Carlos Sáinz (23), Pierre Gasly (21).


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