Ovación

Fanatismos

José Luis Gómez no se permitió cambiar y fue el principio del fin para Lanús en la final de la Copa Libertadores frente a Gremio. El lateral, que tiene destino europeo, barajó la posibilidad de retirarse del fútbol debido a su acción, algo que seguramente no cumplirá.

Viernes 01 de Diciembre de 2017

"Le quiero pedir disculpas a la gente de Lanús. Son jugadas rápidas, pasan, me equivoqué y lo pagamos caro. Estoy triste. Con bronca. Me siento culpable. Se me pasa dejar el fútbol, retirarme. Son equivocaciones que no tenemos que cometer, lo voy a pensar bien. Lo decidí apenas terminó el partido. En frío tomaré una buena decisión".
   José Luis Gómez, el marcador de punta de Lanús, es uno de los futbolistas con mayor proyección del fútbol argentino según coinciden la mayoría de los entrenadores. De hecho, Jorge Sampaoli lo puso como titular en su primer partido al frente de la selección nada menos que frente a Brasil. El miércoles a la noche, mientras Lanús buscaba en la final de la Copa Libertadores la identidad que nunca encontró, allá por los 27 minutos del primer tiempo, el ex lateral de Racing cometió un error de principiante en tres cuartos de cancha y la contra de Gremio terminó con el gol de Fernandinho que empezó a definir la suerte granate. De ahí en más, cada vez que tocó la pelota fue una tortura. No hizo nada bien.
   Hace unos 15 años, en La Banda, Santiago del Estero, según cuenta Nicolás Rotnitzky en Diario Popular, "José Luis veía que sus hijos jugaban bien al fútbol, que cualquiera de ellos podría ser futbolista. Pero no podía pagarles una escuelita. Entonces armó la suya: limpió el descampado de enfrente de su casa, hizo arcos con eucaliptus y, con botellas cortadas para usar como conos, arrancó su propia escuela. Las botellas las juntaban sus hijos: Pela (el lateral de Lanús) correteaba descalzo las calles del barrio buscando envases vacíos. A los entrenamientos, al principio, iban sus hijos. Después, los amigos de sus hijos. Después, los amigos de los amigos de sus hijos. Al final cincuenta chicos iban todas las tardecitas a jugar al fútbol a la escuelita José Luis Gómez. Nadie pagaba un peso. Una tarde, Mario Cáceres se acercó a la casa de los Gómez y preguntó por Pela. Vecino del barrio, dirigía una escuelita que se llamaba El Albito. Le dijo al padre que quería llevarlo a entrenarse con él, y se ocuparía de darle lo que le faltaba: el desayuno, la ropa para que pudiera jugar. El padre aceptó".
   Así arrancó la relación con el fútbol del otro José Luis, el hijo de José Luis. El pibe que pudo tolerar la pobreza, que pudo dominar el hambre de él y de sus hermanos juntando los sandwichs que le daban después de los partidos, no pudo soportar, al menos en una primera sensación, un error deportivo.
   Vaya paradoja de la vida. Una insignificante jugada pudo impactar más que comer salteado, entre tantas otras prohibiciones que la vida le marcó al lateral granate en sus primeros años de existencia.
   Extraña escala que sólo el corazón del futbolista podría explicar. O ni siquiera.
   Sirve para volver a poner sobre la mesa la fe evangélica que pregonan algunos entrenadores sobre la forma de jugar en cualquier cancha y ante cualquier circunstancia.
   Sería una exageración aseverar que Lanús perdió la chance de ganar la Libertadores por esa jugada, pero sí fue el principio del fin.
   Como le pasó a Newell's en aquella semifinal frente a Atlético Mineiro cuando entre Guzmán y Vergini prefirieron el manual de Martino antes que tirarla lo más lejos posible apenas empezado el partido.
   Es cierto lo que dice el Tata, palabras más, palabras menos. ¿Cómo se hace para inculcarle a alguien que llegó a una instancia decisiva jugando con esos preceptos que justo en el partido más importante debe cambiar? Es el talón de Aquiles de todas las estrategias: la fanatización, la falta de capacidad para cambiar en el momento justo sin sentir que se desnaturaliza el estilo, cualquier estilo: ofensivo, defensivo, compensado, descompensado, con tres delanteros, con uno, con ninguno. Cualquiera, da igual.
   Así como Andrada empezó a sacar largo buscando a Sand para que aguante la pelota porque Gremio cerraba muy bien la salida por abajo, no exponerse al contraataque de Gremio debió ser una de las consignas innegociables de Lanús. No lo fue.
   Gremio fue dos equipos distintos en Porto Alegre y en el sur del Conurbano. Y así debe ser. No es una apuesta infalible, pero achica el margen de error. Justamente, la intransigencia, la obstinación, el fanatismo, agrandan peligrosamente el margen de error.
   Esa exacerbación del estilo está visto que no es saludable. Hay un punto de conflicto aún sin resolución: si no lo piden los entrenadores desde afuera, la mayoría de los futbolistas no toma decisiones por sí mismo aunque convenga. No la van a reventar si el estilo es salir jugando. No van a salir jugando si la costumbre es el pelotazo.
   "Se me pasa dejar el fútbol, retirarme", exagera José Luis que cuando baje las pulsaciones cambiará de opinión.
   No se permitió el error, no lo toleró. Todo es responsabilidad de su misma mecánica. No se admite el plan B. No se permitió salirse del libreto y le obsequió involuntariamente a Fernandinho una chance preciosa que el brasileño no desperdició.
   "El padre de Gómez solía sentar a Pela en la mesa del rancho, en el cuarto multifunción: de día era comedor; de noche era dormitorio. Pela lo miraba en silencio, como se aprecia a un rey en una cena protocolar. «Mirá que jugando al fútbol tenés condiciones, si no vas a tener que andar como tu viejo, en los campos, alzando bolsas de papa»", le decía cuando su hijo ni siquiera sabía de qué color era la camiseta de Lanús. Muy probablemente José Luis será una estrella que capitalizará el capricho estratégico como un defecto y no volverá a cometer el mismo error. En unos días dejará de estigmatizarse y volverá al ruedo. Será el primer síntoma de crecimiento.

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