Ovación

Emiliano Vecchio, el sello distintivo

Al capitán Emiliano Vecchio le costó el partido pero, como hace unos días ante Táchira, fue quien le abrió la puerta a la felicidad canalla.

El sello de calidad del que puede hacer alarde este equipo del Kily González anida en los pies de Emiliano Vecchio, que a veces puede funcionar con todas las luminarias encendidas, otras a media luz, pero que siempre es el faro a partir del cual el equipo canalla puede hallar el camino. El de ayer era un partido para que el capitán saliera y no porque estaba jugando mal, sino porque el desgaste físico le estaba jugando una mala pasada, sin la posibilidad de que el andamiaje corporal se moviera a la misma velocidad que su mente, pero el Kily González entendió que si había alguna chance de romper el cerrojo de Vélez iba a ser con él en cancha. Ni más ni menos. Fue el propio Vecchio quien abrió la puerta a la felicidad, cuando el telón del partido empezaba a bajarse. No hubo brillo como hace cuatro días, ante Deportivo Táchira, pero sí un compromiso que se extendió hasta el epílogo y que en ese final de novela tuvo su premio.

De andar cansino como siempre, a Vecchio le costó el cambio de ritmo de otras ocasiones. Claro, en medio de un equipo al que todo parecía costarle el doble, el 10 no podía ser ese jugador distinto que pudiera resolver absolutamente todo por sus propios medios. Por eso aquella imagen de la noche del jueves pasado, con lujos y efectividad, sonaba a un lejano episodio, sin la mínima consonancia con lo que este Vélez con ritmo y mucho más equipo que Táchira le presentaba.

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El tercer partido en una semana (ante Godoy Cruz había sido reemplazado en el segundo tiempo) no era un dato más, algo aleatorio. En condiciones normales hubiera sido pieza de recambio porque su claridad conceptual no era suficiente. Pero este Vecchio tiene un peso especial, un ascendente de otra dimensión en un plantel en el que los creativos no abundan. Seguramente por eso el Kily entendió que mantenerlo en cancha podía ser una apuesta que entregara sus frutos.

Se fastidió una y mil veces cuando tomó una decisión equivocada o cuando el entendimiento con algún compañero no prosperaba. Igual nada de eso provocó que bajara los brazos o se entregara mansamente a los problemas futbolísticos que mostraba el equipo.

Con un Central rompiendo más por afuera, buscando a sus dos centrodelanteros (a esa altura ya con Veliz en lugar de Dupuy), de a ratos la presencia de Vecchio quedaba reducida a la mínima expresión, pero no sin el intento permanente.

Nada de apilar jugadores, meter un pase entre líneas y dejar a un compañero mano a mano. Esta vez no hubo nada de eso. Pero en medio de la sobriedad, el convencimiento, algo que dejó demostrado en esa última bola que fue a buscar, que le quedó tras la intervención de Lo Celso y que le sirvió para meter, una vez más, el sello que lo distingue.

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