Ovación

El problema de ser lo que no se debe ser

El fútbol exhibe con mayor brutalidad la crisis moral de una sociedad que se resiste a modificar su matriz cultural.

Domingo 21 de Enero de 2018

El analista dice que el problema es político. Otro refuta y sentencia que el problema es financiero. En la misma mesa de debate el tercero explica que el problema es socioeconómico. Que el déficit, que el gasto público, que el costo político, que la inflación, que los bolsos de dinero, que las empresas off shore, que Báez y/o Calcaterra, y así sucesivamente.

   Mientras tanto en la cotidianidad de a pie una señora acusa de especuladores a los que compran dólares mientras reparte a sus dos hijas en las otras filas de los cajeros del supermercado especulando para pagar primero sin importarle los demás. El señor refunfuña en defensa de la industria nacional mientras proyecta su viaje de compras a Chile. Otro hombre despotrica contra el país de los acomodos mientras pregunta si sus amigos tienen algún conocido en determinada repartición pública para evitar la espera del democrático turno. Una mujer que antes cuestionaba al Papa ahora lo defiende. Y otra vecina que antes se emocionó con la elección de Bergoglio ahora lo defenestra. Diego ídolo, Maradona drogadicto. Messi desangelado, Leo crack.

   Así entonces el problema sigue tironeado por las palabras pero ratificado por las actitudes. Eso sí, el problema siempre es el otro. O por el otro. Si hay un título de propiedad que no se reclama es el del problema. Las conquistas son propias, los fracasos son ajenos. Porque se navega en el mar de la hipocresía donde inexorablemente se naufraga en los extremismos.

   Y en este contexto está el fútbol. Donde el inconveniente se muestra con mayor nitidez. Con idéntica obscenidad que en otros ámbitos. Pero con mayor brutalidad. Porque además los síntomas son más arraigados debido a que la esencia del problema subyace aún con sus rasgos primarios. Elementales. Sin el maquillaje que sí le colocan en otros rubros. Donde la apariencia es más trascendente que la escencia.

Es por ello que la misma necia solución a la que acuden en el resto de las actividades, en el fútbol aparece con mayor impudicia. Porque así como resuelven con el dinero las dificultades que generan los comportamientos indebidos en la política, en la justicia, en la educación, en el empresariado, en el sindicalismo y en tantos otros lares, en el fútbol también se hace.

   Jugadores de Boca y de Central reeditaron el conflicto de la violencia y del abuso de poder. Hechos que no son aislados en la historia social y deportiva. Porque tienen su génesis en el problema aludido. Donde los fundamentalismos distorsionan el tratamiento adecuado. Y la conveniencia saca ventaja una vez más para eludir con el billete a la solución justa y pertinente. Para disimular la ignorancia e intentar desacreditar a las víctimas. Que también sucumben por idéntica problemática y ausencia de recursos.

   Los dirigentes piensan más en el capital que en la indispensable corrección. Los futbolistas creen tener el privilegio de la impunidad. El debate se instala en los medios y entre los simpatizantes del fútbol con similares patrones culturales, donde la condena, la reflexión y la justificación alternan en el escenario de la discusión.

   Eso sí, todos como observadores del conflicto al que no reconocen como propio, opinando como si se tratara de un hecho ocurrido en Tangamandapio, y no en la Argentina.

   Es muy difícil que se resuelva lo que no se reconoce. Porque nadie asume que el problema es moral. Los diversos delitos tienen una misma matriz. Donde la doble moral es la moneda con la cual se compra y vende cada conflicto. La violencia de género está enraizada en ese patrón cultural desde donde parten los comportamientos indebidos. Como así horrendos. Y los cuales serán erradicados sólo con las indispensables transformaciones culturales, esas que requieren mejor educación, mayor formación, justicia y equidad.

   Es cierto que en el fútbol asoman con mayor nitidez los comportamientos homofóbicos, misóginos, racistas, violentos y segregacionistas. Pero son los mismos que habitan en la sociedad en su conjunto. Los mismos que tratan de ser resueltos con más abuso y dinero. Porque en definitiva esta matriz cultural es funcional al poder que saca rédito de una sociedad empobrecida intelectual y materialmente. Esa que criticamos. Integramos. Pero que no cambiamos.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario