Ovación

El poslopecismo viene fracasando

¿Alguien puede suponer, con seriedad, que un balance de gestión muy difícil de explicar pueda acorralar al presidente de un club del fútbol argentino?

Jueves 05 de Abril de 2018

¿Alguien puede suponer, con seriedad, que un balance de gestión muy difícil de explicar pueda acorralar al presidente de un club del fútbol argentino? El interrogante aplica con justeza a la crisis que atraviesa a Newell's. Una de cuyas expresiones —sólo una— es el indigente espectáculo de su actual conducción. El presidente Eduardo Bermudez florea su posible renuncia. Juan Matías, el vice, asegura que aquel casi no maneja el club. Y el plenario de la CD nunca consigue juntarse.

Si un mal balance, como ocurre en Newell's, fuera la antesala de una crisis, más de la mitad de los clubes de fútbol de la Argentina estarían tal vez acéfalos. La AFA y la Superliga conviven ahora mismo con ese conflicto que se descubre incluso en instituciones de las denominadas grandes y con dirigentes poderosos.

Detrás de aquella anomalía económica se oculta, en realidad, una debilidad mayor. Al menos, es lo que viene sucediendo en Newell's. El problema radica en sus carencias políticas e institucionales. En la gran fragilidad de los poderes que se fueron edificando desde que en 2009 pareció recuperarse la normalidad interna.

Newell's soporta una de las tres peores crisis político-institucionales de su historia. Que en casi todos los casos supieron mechar fotos futboleras mejores y peores. Esa no es hoy la cuestión. La década del 60, la del único descenso del club, marcó la sucesión de tres presidentes en apenas cinco años: Oscar García, Vicente Massarelli y Julio Cabanellas. Luego sobrevino la época de oro que inauguró Domingo Lucente. Cuyo exponente máximo fue Armando Botti. La segunda crisis estuvo marcada por el largo tiempo destructivo de Eduardo López. Que contó varios años con las facilidades de la anomia societaria. El poslopecismo, dentro de cuyas filas me cuento como socio vitalicio, despertó esperanzas colosales. Pero, está a la vista, no logra superar las acechanzas de la constante inestabilidad. Nunca acertó para tratar de superarlas. La épica elección que consagró a Guillermo Lorente fue el único mojón visible. La dirigencia hizo poco y nada para regenerar la vida política en el club. A tal punto que, irresponsablemente, soslayó los comicios de 2012 y abrió un nuevo ciclo de Lorente. El paraguas del gran proceso futbolístico del equipo que comandó el Tata Martino sirvió para ocultar todo lo demás.

La imprevista enfermedad de Lorente desnudó la falta de vigas institucionales sólidas en el club. Quedó a cargo Jorge Riccobelli que, al errar con las decisiones del fútbol, se fue aislando de la masa societaria. En la oposición se profundizó la diáspora. El ex presidente se vio forzado a dejar el poder antes de tiempo y anticipar las elecciones con un club en las peores condiciones políticas.

De esa improvisación nació Bermúdez. Con apenas un tercio de los votos en una elección que presentó seis candidatos. No fue una señal de democracia generosa y pluralista: ilustró antes que nada el grado de desmembramiento interno de la institución. La noche de la victoria hablé personalmente con Bermúdez y le expliqué mi parecer. Sólo iba a poder gobernar convocando, al menos, a los opositores que habían juntado mayor cantidad de votos. No entendió de qué se trataba. Pensó que alcanzaba con invitarlos a compartir un café. No supo o no quiso hacerlo.

Ahora sobrevuela la interrupción del mandato de Bermúdez. Como si el problema exclusivo del club fuera unipersonal. La dirigencia de Newell's, la que conduce y aquella que milita en la oposición, parece no haber entendido que la única salida a la crisis descansa en algún mecanismo colectivo que hace falta recrear con urgencia. De esa forma se puso fin a los 14 años de López. ¿Hará falta la resurrección de esa sombra para poder entenderlo de una vez?

Bermúdez puede ser, como declaró Rafael Bielsa en la última asamblea, un factor disolvente en la vida de Newell's. Desgraciadamente no está solo. También los disolventes abundan en la oposición. Sobre todo aquellos que, con envidiable tiempo libre, se dedican al juego de las provocaciones en las redes sociales. Si la dirigencia, los socios y, quizás, hasta algunos ex futbolistas no comprenden que éste constituye el primer y principal problema a resolver, el club parece condenado a arrimarse cada día a un abismo.

(*) Periodista y socio vitalicio

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