Marcos Milinkovic fue uno de los mejores atacantes del mundo. Se retiró en 2013 y se calzó el buzo de entrenador. Una vida dedicada con pasión al vóley, un deporte que llegó casi sin querer
06:05 hs - Jueves 06 de Agosto de 2026
Marcos Milinkovic no necesita presentación. Incluso no la necesitaba cuando aún no era la leyenda que el planeta voleibol veneraría. Podría haber sido lo que quisiera: tenista, basquetbolista o inclusive jugador de hockey; su cuerpo atlético y su estirpe de sangre croata, la misma que trajo su abuelo José en 1948 escapando de las guerras de la ex Yugoslavia, lo hacían apto para cualquier destino. Pero eligió el vóley, casi por casualidad, para convertirse en un elegido, uno de los 25 mejores jugadores del siglo XX según la FIVB ya en el año 2000.
Para la gente que pinta canas, basta con cerrar un poco los ojos para verlo de nuevo elevándose sobre la red, quedar suspendido en el aire y castigar la pelota con una violencia inusitada, porque cuando jugaba, su mano derecha parecía tener vida propia. Por algo lo apodaron el “Killer”.
Esa derecha en ataque lo llevó del país, donde brilló en Ballester, Obras Sanitarias, La Unión Vóley Formosa y Buenos Aires Unidos, a conquistar Italia, Brasil, Grecia y Turquía. Fue oro panamericano en Mar del Plata ’95, máximo anotador en la Liga Mundial y el mejor jugador del Mundial 2002 en su tierra, con 197 puntos que parecían llovidos del cielo. Y, por si fuera poco, participó en tres Juegos Olímpicos (Atlanta 1996, Sídney 2000 y Atenas 2004).
Milinkovic ahora entrena
Aunque se retiró en 2013 a los 41 años, tras ser subcampeón con Buenos Aires Unidos y antes de su despedida final en el Luna Park en 2015, nunca dejó de volar. Cambió de rol, sí. Ahora, entrena a Infernales, en Salta, y como un personaje del realismo mágico, se lo ve caminando con sus 2,02m por los campus que ARG Camps organiza por todo el país. Pero él no enseña técnica: enseña a levitar.
“Para mí el vóley es uno de los deportes más lindos, lo digo porque lo jugué muchísimos años. Es un deporte en el cual yo tuve la posibilidad de aprender un montón de cosas, de conocer a muchísima gente, de hacer amigos. Me enseñó a trabajar en equipo, a no hacer un trabajo individual sino uno para el equipo, para que el equipo funcione, juegue mejor y pueda ganar. Esas son las cosas que más trato de transmitir”, destacó a Ovación como una declaración de principios el exopuesto que también jugó de central.
—Ser jugador, en cualquier deporte, es lo más lindo que te puede pasar. Ser entrenador es disfrutar del juego estando cerca, pero cuando enseñás todo es totalmente distinto. ¿Cuál es tu opinión?
—Hablar de docencia para mí es palabra mayor, yo no me sentiría capacitado para darle una clase a chicos tan chicos, lo mío va por otro lado. El costado de entrenador al principio me costó mucho, me resultaba difícil ver el partido desde ese lado, porque tenía que mirar otras cosas, tácticas sobre todo. A mí me pasó que, cuando dejé de jugar, empecé a dirigir y veía las cosas desde afuera igual que cuando era jugador. Por un lado estaba la intuición que tenía por la experiencia misma dentro de la cancha, y generalmente eran buenas decisiones; pero, por otro lado, también necesitaba de números, estadísticas y otras cosas para ver más lo macro.
—¿Qué le ofrecés a los chicos en estos campus, más allá de que por una cuestión generacional muchos no sepan tu historia deportiva?
—No es un campus para jugadores de selección. Buscamos que los chicos se vayan con la alegría de haber corregido algunas cosas y que lo que aprendieron lo puedan llevar a sus clubes. Buscamos estimularlos para que sigan practicando y mejorando, y trabajamos con la incentivación que significa entrenar con un grupo nuevo, porque entre ellos no se conocen.
—Cuando vos tenías la edad de estos chicos, este tipo de campus no existían...
—No, no había nada. Ni siquiera teníamos la posibilidad de ver algún partido de la selección en alguna aplicación. Lo poquito que podías ver era un resumen en el noticiero, si había, porque era muy difícil encontrarlo con el vóley. Salía en los diarios, sí, pero en la tele ni hablar. El teléfono no existía.
—¿Qué te hizo inclinarte por el vóley?
—Siempre me encantó la vida de club. Para mí es lo más lindo que me pasó en mi infancia. Terminaba el colegio y me iba volando a mi casa a comer y hacer rápido los deberes para irme al club. Iba a las tres de la tarde y tenía entrenamiento a las nueve, pero para mí estar en el club era como estar en un refugio. Iba y, si no había nadie, agarraba una pelota de fútbol y me ponía a patear al arco; si era de básquet tiraba al aro y si era de tenis me ponía a hacer jueguitos. Lo importante era estar en el club. Yo jugaba al básquet. En Villa Ballester tenía un vecino que era dirigente de la subcomisión de básquet del club Sportivo y me llamó, fui a entrenar con los chicos y empecé a jugar: Hice dos o tres años de básquet. Pero en unas vacaciones empecé a conocer a los chicos de vóley, a jugar torneos internos con ellos hasta que un año empezaron a hacer la pretemporada. Les dije a mis padres que me gustaría probar con el vóley en lugar del básquet y me cambié para no irme nunca más.
—Una cosa es jugar con tus amigos en el club y otra, muy distinta, la alta competencia. ¿Cómo fue en tu caso?
—Cuando empecé a jugar al vóley nunca se me pasó por la cabeza jugar en la selección. Para mí era lindo estar con los chicos, jugar con ellos, competir. Teníamos un buen equipo, lo que también era un incentivo. Era un equipo de cuarta división de la Metropolitana, no era uno de primera. Muchas veces los chicos llegaban tarde por una cuestión laboral, por eso lo que ahora trato de inculcarles a es la importancia del proceso, que en la adolescencia es clave. Fuera de lo que pueda inculcarle técnicamente, para mí es muy importante la convivencia con el grupo, los valores que te van transmitiendo los entrenamientos y la propia competencia, cosas que a mí me fueron apasionando. Yo estaba en un club donde muchos de los chicos llegaban tarde a los entrenamientos porque terminaban de trabajar tarde o estudiaban y llegaban a la última hora, entonces los que llegábamos antes teníamos que limpiar el piso, poner la red, buscar las pelotas, prender las luces. Era el amateurismo propiamente dicho. Y es desde ahí donde empezás a forjar un equipo, a hacerlo compacto, no solamente por lo que haces dentro de la cancha. Todas las cosas extra deporte fueron las que hicieron un equipo compacto y marcaron la diferencia. Así ascendimos. Tuvimos la posibilidad de jugar un torneo con juveniles en Ferro y ahí empezó la otra etapa de mi carrera. Me vio un entrenador de Obras Sanitarias y me llamó para el siguiente año. Ahí volví a cambiar los objetivos, porque llegaba a un club nuevo donde no era tan figura como en Deportivo Ballester.
—Empezabas desde el banco y la tenías que remar
—Entrenar con el equipo de primera siendo juvenil era lo máximo que te podía pasar. Y una vez que llegaste a primera, peleas para ser titular y cuando sos titular quería irme afuera porque tenía un montón de chicos conocidos que estaban en Obras Sanitarias y jugaban en el exterior. Cuando terminaban de jugar en abril-mayo, venían y jugaban en Obras y nos contaban sus vivencias, nos traían VHS para ver. Me acuerdo que después de los entrenamientos nos juntábamos a comer pizzas y mirar los partidos. Ahí me empecé a ilusionar con jugar afuera. Veías a los mejores jugadores de Brasil, Italia, Rusia y me imaginaba jugando con ellos. Cuando llegue a Italia, a una Segunda División, y miraba por la TV los partidos de los equipos de primera, y lo veía a Lorenzo Bernardi o a otros campeones del mundo, me decía que quería jugar contra ellos algún día.
—Después la misma competencia te fue elevando el nivel
—Obviamente, y también ves jugadores que vienen creciendo desde abajo y no te podés quedar, porque si no, retrocedés. Eso te obliga a seguir entrenando duro para seguir en elite del vóley mundial.
—Los entrenamientos cambiaron mucho. ¿Dónde se hace más foco?
—En el vóley, como en todos los deportes en la actualidad, pesa mucho lo físico. Además, pienso que el cambio de reglas lo hizo menos técnico. Antes era más lindo de ver, se veían las técnicas en las jugadas. Hoy quizás sea más sucio, aunque hay jugadores que atacan a 150 kilómetros por hora. Es saque, ataque, saque, ataque. Hoy por hoy el vóley femenino es más vistoso, porque antes era mucha defensa y hoy le agregaron ataque. Y hay mujeres que atacan como si fueran varones.
—De los cuatro semifinalistas de la Liga Nacional de Vóleibol Masculina (LNVM) de este año, tres equipos fueron de Rosario. Como entrenador, ¿qué lectura hiciste?
—Hace rato que vengo diciendo que, en vóley, Rosario es el número uno o dos a nivel nacional. Santa Fe tiene garantizado en los torneos nacionales tener una plaza entre los tres o cuatro mejores, porque el nivel técnico es mejor que en la mayoría de las provincias. Haber tenido esos tres equipos, Citta, Normal 3 y Sonder, además Ferro, nos dio la pauta de que nuestra zona (la de Infernales) fue la más dura. Igualmente estamos contentos porque hicimos una buena liga a pesar de tener un equipo muy joven. Pero lo que más me gustó fue ver a todos los equipos con una base de jugadores nacida en el club y eso es algo hermoso. Tener un equipo de liga con cuatro o cinco jugadores que nacieron en el club y tengan esa identificación con los colores, ese sentido de pertenencia que después se va contagiando, para mí es fantástico.
—La A2 marca una diferencia con la Liga Nacional
—La mayoría de los equipos de la Liga Nacional están armados con jugadores de afuera. De los 15, 12 son de afuera, vienen a competir y después se van. En cambio, a estos chicos que terminaron la A2 los tenés entrenando de nuevo, jugando los torneos locales, y eso es lo que me encanta.
—¿Cómo llegaste a Infernales?
—Fui a dar una charla y derivó en un proyecto para toda la provincia de Salta, porque antes el vóley estaba muy centrado en la capital de la provincia y no en el interior. Hoy por hoy es un equipo de Liga que poco a poco será más competitivo. Estoy hace un año y medio.
—Si te pido un top five de los mejores jugadores de la historia, ¿a quién incluirías?
—Luciano de Cecco y Hugo Conte seguro. Y a Meana. Después se trata de gustos: podés completar esa lista con Solé, Spajic, Loser. Los tres son unos fenómenos. Más viejos no pude ver mucho. Me dijeron que Jon Uriarte era buenísimo, que el Mono Martínez era un animal y que Cuminetti era de otro nivel.
—Si tus momentos deportivos fueran cuadros, ¿cuál eligirías para poner en el lugar principal?
—Creo que el Mundial en Argentina, en 2002. Más allá de haber salido campeón o sexto, de haber sido el mejor jugador o no, el hecho de haber tenido la posibilidad de jugar un Mundial en mi país fue lo más lindo que me pudo haber pasado. ¿Cuántas veces te puede pasar? Es como jugar en un Juego Olímpico. Elegir un momento es difícil, porque también me acuerdo de la Medalla de Oro en los Panamericanos de Mar del Plata, en 1995, el haber jugado una final Olímpica, también fueron instantes inolvidables. Pero haber jugado en el Luna Park ante 15.000 personas con mi familia, con mis amigos, un Mundial en mi casa, con la gente gritando “Argentina” en un momento en el que el vóley era como el fútbol... Otra cosa de la que también me acuerdo es cuando venía a jugar a Newell’s y había cuatro cuadras de cola para entrar a la cancha, demorábamos 25 minutos para hacer dos cuadras al llegar al estadio. Esos recuerdos no me los saca nadie.
—No puedo dejar de preguntarte por Pablo “Pepe” Peralta.
—Un hermano. Un gran, gran amigo. Tenemos un grupo de WhatsApp con los chicos de la selección y él está. Con estos chicos jugué 200 partidos y tranquilamente podría haber terminado todo ahí. Sin embargo, nos seguimos juntando, nos vemos, nos abrazamos y lloramos cuando nos vemos porque creamos un vínculo tan fuerte que hasta nos extrañamos. Son familia.
—En las distintas etapas de la vida uno va teniendo sueños ¿Cuál es el tuyo hoy?
—Ser feliz y que la gente me reconozca como una buena persona.
Marcos Milinkovic no necesita presentación. Como jugador y como persona es un fuera de serie y valen solamente algunos pocos gestos para poder confirmarlo.