Carlovich

El legado del Trinche, nadie ganó tanto como él

Tomás Felipe Carlovich apenas rozó el fútbol grande, pero la gloria del Trinche fue deslumbrar con la pelota dónde y cómo quiso.

Lunes 08 de Junio de 2020

No era un tipo de redes sociales, qué va. Sin embargo, hace un mes fue tendencia en ellas. Todo el mundo habló de él, hasta la Fifa lo hizo sin que sus autoridades lo hayan conocido jamás. Recibió un reconocimiento acorde a las grandes figuras del fútbol mundial, pero recién después de su muerte se conocieron algunas imágenes suyas perdidas en video, en una liga cordobesa ya con 42 años, y otra más tarde en Casilda. Se puede decir que esos dos partidos en Central en sus comienzos fueron el contacto más directo con el fútbol grande. Como logros objetivos, ganó un par de ascensos y a Primera B, pero nada más. Entonces, ¿qué hizo que Tomás Felipe Carlovich llegara a la estatura de ícono, de ídolo intocable de toda una ciudad y más allá de sus fronteras también, más allá del color de la camiseta, que hasta tuviera un homenaje pagano en plena prohibición de reuniones multitudinarias, en un velorio a cielo abierto en una cancha de fútbol un frío sábado a la mañana? Un psicólogo lo diría quizás con mejores palabras, pero acaso el Trinche fue la admiración por el despojo a las reglas establecidas, que le permitieron ser lo que quiso y disfrutarlo como quizás ningún superprofesional podría jamás, por más acumulación de ganancias, de “me gusta” y de imágenes suyas que den vueltas por todo el mundo. ¿Quién dijo entonces que no ganó nada?

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Gabino lloró. Alguien puso la pelota y dejó la rosa ese viernes 8 cuando se conoció la más triste de las noticias. Todo un símbolo de lo que significó Carlovich en Central Córdoba.

Gabino lloró. Alguien puso la pelota y dejó la rosa ese viernes 8 cuando se conoció la más triste de las noticias. Todo un símbolo de lo que significó Carlovich en Central Córdoba.

Hasta su nombre y apodo fueron un gancho que caló hondo en el inconsciente futbolero ciudadano. Nunca fue Tomás Carlovich, o Carlovich a secas. Siempre fue Tomás Felipe Carlovich o el Trinche Carlovich.

El mito también tiene que ver con lo contado y poco documentado, el modo de construcción de las leyendas de antaño, imposible de imaginar ahora con tanta tecnología de la comunicación que tanto incomunican, que a veces distorsionan más que aquellos relatos que iban mutando de boca a boca. 75893942.thumb.jpg

Es que acaso el mito Carlovich hace punta claramente el 17 de abril de 1974, cuando fue el distinto de un equipazo formado en partes iguales por otros dos equipazos de la época, los mejores del fútbol argentino: Newell’s y Central. Tal vez se filmó, quién sabe, pero no hay registros de ello. Ni siquiera el diario de Rosario por excelencia, La Capital, publicó el evento. Una huelga de trabajadores gráficos ayudó a alimentar ese comentario que no se editó al día siguiente de que el Trinche la rompió esa noche en la cancha rojinegra, de que fue el mejor de un conjunto que humilló a la selección nacional en un momento inconveniente, porque enseguida venía el Mundial de Alemania. Que el jugador del ascenso, de Central Córdoba, hizo magia. Que hizo un caño de ida y vuelta. Que lo vieron 30 mil personas, que luego fueron 40 mil, 50 mil y como un millón con el paso de los años Que un rival lo atendió feo porque lo estaba bailando. Que lo vieron 30 mil personas, que luego fueron 40 mil, 50 mil y como un millón con el paso de los años, a medida que el tema se retomaba.

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Estampa. Sólo le faltan los bigotes a un joven Carlovich, con la camiseta-chomba charrúa, la lengua afuera como los que saben y el pelo enmarañado que lo acompañó siempre.

Estampa. Sólo le faltan los bigotes a un joven Carlovich, con la camiseta-chomba charrúa, la lengua afuera como los que saben y el pelo enmarañado que lo acompañó siempre.

Su currículum no impresiona para nada: Sporting de Bigand, un par de partidos en Central, 6 en Centenario de San José de la Esquina, 4 en Flandria, dos ascensos a la B en cuatro ciclos en Central Córdoba, Independiente Rivadavia y Deportivo Maipú de Mendoza, unos minutos en Colón, Newell’s de Cañada de Gómez y Argentino de Monte Maíz. Pero el mismo Diego Armando Maradona dijo que fue mejor que él. Y la Fifa misma mandó un saludo especial y destacó ese detalle. Y DT campeones del mundo, como el Flaco Menotti o José Pekerman en juveniles, dieron fe.

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Charrúa de ley. Al Trinche cualquiera podía pedirle una foto en el Gabino Sosa. También en el Gigante, el Coloso o hasta en el Olaeta.

Charrúa de ley. Al Trinche cualquiera podía pedirle una foto en el Gabino Sosa. También en el Gigante, el Coloso o hasta en el Olaeta.

Como contracara, o la otra cara de la misma moneda inevitable para entender el fenómeno, sí hay relatos documentados en los diarios de época de varios conflictos por faltas a entrenamientos o de ausencias a la hora de emprender viajes que derivaban incluso en conciliábulos largos en la comisión directiva de Córdoba y que alguna vez terminaban en sanciones. O de rojas desmedidas que aparejaban largas suspensiones. También de otro tipo de expulsiones, insólitas, para ausencias largas en Mendoza que derivaban en regresos furtivos a Rosario.

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La última foto. En la chapería de su amigo Cotello, la mañana misma del día en que fue atacado. Sentado, con barbijo puesto y la ropa que usó esa tarde trágica mientras conducía su bicicleta.

La última foto. En la chapería de su amigo Cotello, la mañana misma del día en que fue atacado. Sentado, con barbijo puesto y la ropa que usó esa tarde trágica mientras conducía su bicicleta.

Pero a él no sólo todo se le perdonaba, sino que fue elevado a la estatura de Dios, codo a codo con Gabino Sosa en Central Córdoba. O en el mismo Independiente Rivadavia, donde en el período en que estuvo jugó tantos partidos como se ausentó y de ser el Gitano pasó a ser Rey Azul. Y no sólo fue recibido como una deidad una vez que volvió a Mendoza, sino que se lo podía ver en todos los estadios de Rosario Y no sólo fue recibido como una deidad una vez que volvió a Mendoza, sino que se lo podía ver en todos los estadios de Rosario donde siempre lo rodeó el afecto. Como el que supo dar a raudales a sus seres queridos, a sus cuatro hijos de dos familias distintas, de hermanos que se conocieron recién en la desgracia más profunda, a sus nietos y bisnietas que lo adoraban. Y a amigos de la vida como Juan Muro, el Bocha Forgués, el doctor Quinto Pagués o Dardo Juárez, entre otros.

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El más grande. Eso dijo Diego del Trinche y las dos potencias se juntaron cuando Maradona vino a Rosario. “Me puedo morir tranquilo”, dijo entonces Carlovich.

El más grande. Eso dijo Diego del Trinche y las dos potencias se juntaron cuando Maradona vino a Rosario. “Me puedo morir tranquilo”, dijo entonces Carlovich.

Y ahora que un desgraciado le arrebató la vida mientras iba arriba de la bicicleta, su fiel compañera desde que se vio obligado a dejar la pelota, se liberó toda esa fuerza contenida que anidaba en la conciencia popular. De los homenajes prohibidos se pasó a los establecidos, como designar “Día del fútbol de potrero” a todos los 8 de mayo, como la estatua que se proyecta, como la calle con su nombre, como este suplemento que intenta quedar como testimonio de quién fue el Trinche, dentro y fuera de la cancha.

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Su otra amiga. La bici, fiel compañera del Trinche. Con ella iba a visitar a todos sus afectos.

Su otra amiga. La bici, fiel compañera del Trinche. Con ella iba a visitar a todos sus afectos.

¿Y por qué la reverencia, que llegó a tal extremo de que su velatorio fue en el mismo estadio donde más veces desplegó su talento? Es que Carlovich no deslumbró por sus logros, no fue un ganador en el sentido triunfalista de la palabra. ¿O será que sí? Si se entiende que para él no había un logro a perseguir sino infinitos que conseguía cada fin de semana, cada vez que pisaba una cancha para hacer con la pelota lo que nadie o casi nadie podía. Si eso transmitió y por eso cosechó admiración. Si su sabiduría fue tal que relegaba la presión del resultado a un plano secundario, aunque siempre quería ganar y no lo pareciera, como él mismo decía. Si su mayor ganancia fue ese placer por jugar. Si ese legado dejó perenne el recuerdo colectivo, entonces, nadie, nadie ganó tanto como él.

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