Ovación

El hincha

Fútbol siglo XXI: hinchadas hinchas de sí mismas, dirigentes, jugadores, periodistas y policías también hinchas. Una especie de culto que deambula en el límite de la coherencia y la convivencia

Miércoles 13 de Diciembre de 2017

"¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones en las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada? ¿Qué sería del fútbol sin el hincha? El hincha es todo en la vida", (extracto de la película "El Hincha", 1951).
   En algún momento sucedió que las hinchadas se hicieron hinchas de ellas mismas. Pasó hace bastante tiempo ya, una década, quizás 20 años o más. En el principio estaba vinculado a aquellos clubes a los que los logros deportivos les eran esquivos, después se generalizó. Los envolvió la globalización. Como a todo. Como a todos.
   Como consecuencia de esa metamorfosis los dirigentes también debieron transformarse para no parecer entes autárquicos, casi intangibles, de una historia que cada vez somete más al folclore en beneficio de una especie de culto que deambula en el límite de la coherencia y de la convivencia.
   Los futbolistas tienen que rendir cuentas sobre su pasado, su presente y hasta su futuro. Y mientras más se parezcan los colores de su corazón a los de la camiseta que defienden, mejor. Y entonces todo se subvierte y los límites desaparecen. Un opositor organiza una marcha o lo que sea para desestabilizar a quien lo venció en las elecciones y asumió hace dos minutos. Un futbolista debe explicar por qué no festejó tal o cual gol. Un entrenador ya no sólo arma el equipo sino que ofrece flores en cada conferencia de prensa para ponderar las bondades del apoyo popular. No porque no suceda, sino porque en medio de la mezcladora-trituradora del sentido común se convence de que debe difundir sensaciones de ese tipo. Lo naturaliza.
   Los jugadores ya no festejan goles sino que piden perdón. Los dirigentes inauguran banderas y buscan financiamiento con una pasión muy superior con la que gestionan, que es en realidad lo que deben hacer. Y los hinchas matan. Y también mueren. Y es el reino de un peligroso revés al que nadie le encuentra la vuelta. O quizás no interese demasiado buscarla.
   Alguien utilizó no hace mucho la figura de la "fe evangélica" para intentar comprender ciertos comportamientos sociales de estos tiempos que no se comprenden demasiado desde la lógica o el sentido común. Quizás ese sea el punto. Son comportamientos, cambios, intercambios, transformaciones que no hay que entender, sino sentir. O correrse para evitar transformarse en cómplice de esa enajenación.
   Esa misma figura, la de la fe evangélica, parece caberle al fútbol: el dirigente actúa como hincha, el hincha como dirigente y el jugador juega al parabrisas de acuerdo a su conveniencia. A veces hincha, a veces dirigente, a veces jugador. El problema es que este modelo de hincha ya no es aquel prototipo.
   Como todo es lo que no es, la mayoría de los árbitros tratan de sacar a flote los partidos para que nadie se enoje. No los juegan, como les gusta decir a ellos, se sacan el compromiso de encima para tratar de salir lo más indemnes posible. Los límites son cada vez más borrosos, imperceptibles. Quizás no existan y por eso cada vez se respeten menos.
   "El fútbol es generoso y da identidad sin pedir carné. Pertenecer a un club es ser parte de ese territorio", sostiene el sociólogo Pablo Alabarces.
   "Sí, soy hincha de Racing pero no cuenta mucho, no me gustaría dirigir un equipo por el solo hecho de ser hincha sino por un proyecto, gusto o convencimiento. Racing necesita un entrenador, hinchas hay muchos". Allá por 2013 Claudio Borghi apeló al sentido común, una especie en extinción, para explicarles a los hinchas y sobre todo a los directivos de la Academia de Avellaneda cómo encastrar las piezas de un juego tan pasional que a veces parece demente. Sobre todo cuando los límites empiezan a hacerse difusos.
   "Cuando tomamos este desafío surgieron emociones que ahora hay que controlar. Hay que sacar el hincha que uno tiene adentro para conducir y mandar el mensaje justo. Este es un partido de preparación pero vamos a jugar un clásico", comentó ante la prensa Jorge Sampaoli un puñado de días antes de debutar como entrenador de la selección argentina frente a Brasil.
   Los dirigentes tienen que sacarse el hincha, los jugadores tienen que sacarse el hincha, los entrenadores tienen que sacarse el hincha, los hinchas tienen que sacarse el hincha... ¿Qué es el hincha? ¿Aquel o éste?
   Hincha: "Persona que sigue con pasión y entusiasmo a su equipo o deportista favorito".
   Fanático: "Que defiende una creencia o una opinión con pasión exagerada y sin respetar las creencias y opiniones de los demás".
   El hincha y el fanático se fusionaron y hacia esa figura mutaron los futbolistas, los entrenadores y los dirigentes a los que les cuesta un Perú salirse de ese encorsetamiento. O quizás estén cómodos. Para alimentarles el ego, defenderlos, promoverlos y posicionarlos políticamente crecen exponencialmente los periodistas-hinchas-fanáticos.
   El sábado a la tarde, en la definición de la Liga Cañadense entre Defensores de Armstrong y Sportivo Las Parejas, la policía reprimió de una manera espeluznante a todo lo que estuviera vestido de rojo y verde, con un saldo milagrosamente menor más allá de la ferocidad del ataque. Los policías hinchas son la otra pata de un deporte desnaturalizado que en Europa supo refundarse a partir de un ejercicio que por estos lados parece imposible de conseguir: disciplinar a los más débiles para que todo se ordene bajo los parámetros del establishment. Allá, salvo mínimas excepciones, ganan los que más tienen y el resto acompaña. Acá va a ser complicado.
   "Para el hincha primero son los colores del club, después los macaneos amorosos", exageró Enrique Santos Discépolo en la película "El Hincha" mientras buscaba desesperadamente retrasar lo inevitable: el casamiento con Diana Maggi.
   En aquella película de 1951, el equipo de Discépolo está por descender y todo lo demás pasa a un segundo plano. La diferencia con el presente es que al Ñato (Discépolo) nunca se le cruzó por la cabeza perjudicar a la institución a pesar de haber querido ser hincha, dirigente y hasta jugador si hubiera tenido la chance con tal de que el club no descendiera.
   Al Ñato lo defraudaron los entuertos económicos vinculados al fútbol, pero en el último acto de la película pasa por un potrero y descubre, cree descubrir, a un pibe que imagina será una estrella. Pensando en el club, lo cita para la noche en un café. De repente, y tras recibir un golpe en la cabeza de su novia, cree empezar a entender la genética del fútbol, su razón de ser. Y también su pasión.
   El Ñato murió.


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