Sábado 14 de Enero de 2023
Un nene pequeño, de no más de 5 años a simple vista, sentado debajo de las cabinas destinadas a los periodistas. Mirando fijo a la tribuna de enfrente, como si algo le llamara la atención. Una bandera. Una bandera con el rostro del Gringo Heinze. El niño no quita la vista, una acción quizás imperceptible para el resto de los hinchas. Todavía no toma magnitud de lo que significa el fútbol para la sociedad, apenas está tanteando el territorio. No sabe que, en minutos, la cara que está viendo en el trapo va a tenerla más cerca que nunca.
El Gringo también es un pibe. Al pisar el Coloso, seguramente volvieron los recuerdos de los entrenamientos en el Parque, los partidos a cancha llena, fechas inolvidables, el título del 2013: volvió a ser ese pibe con una mochila cargada de ilusiones.
Pasaron 8 años, 8 meses y 4 días de aquel 10 de mayo de 2014 en el que Gabriel Heinze se despidió como jugador del público rojinegro, en la victoria 4-2 ante All Boys. “Todo lo que hice fue con alma, corazón y sacrificio. Volví para pelear torneos y hacer más grande a Newell’s”, dijo en la despedida.
Y volvió, ya no como jugador, ahora como director técnico. Y cuántas cosas pasaron en el medio. Cambió mucho, menos su devoción por la lepra.
“El técnico no podía ser otro que el Gringo”, “confiamos en él, conoce al club y lo que quiere el hincha”, “no pensé que iba a volver tan rápido, es una gran alegría para nosotros”, fueron algunas frases soltadas por los pasillos del Coloso Marcelo Bielsa.
Ni que hablar de la magnitud del recibimiento que tuvo el Gringo. Un espaldarazo enorme a un ídolo del club. Un aplauso al unísono desde los cuatro puntos cardinales como acompañamiento sonoro rumbo al banco de suplentes. Y se repitió el “olé, olé, olé, olé, Gringo…Gringo”, de aquella despedida como futbolista en el Parque.
Heinze es un técnico exigente que sabe que deberá rendir examen cada fin de semana, a pesar de que tiene ganado el cariño popular. No puede ir contra sus principios y querrá estar a la altura de semejante desafío. Prometió “pasión, dedicación y esfuerzo” cuando asumió la dirección técnica leprosa. Conociendo como trabaja, ninguno de esos tres ítems será incumplido. Después, el resto es fútbol.
Reencuentros
La alegría es doble para el hincha rojinegro. Por un lado, por reencontrarse con la figura de Heinze en una nueva faceta, pero, por otra parte, por retomar la postergada rutina de ir a la cancha. Pasaron exactamente tres meses de la victoria 2-0 ante Boca con los goles del ya ausente Juanchón García y Willer Ditta. Y después hubo cambio de chip al modo Mundial. El festejo por el tercer título logrado por el seleccionado argentino se extendió por largo rato y la competencia doméstica pasó a segundo plano.
Con el resultado histórico en Qatar ya asumido y las aguas más calmas, el foco comenzó a correrse nuevamente hacia estos lares. Newell’s confió en Heinze para hacerse cargo de un plantel que tuvo que rearmarse por decantación. El Gringo puso manos a la obra para moldear un grupo que se asemeje más a su gusto y también buscó dotar de herramientas a los que ya estaban.
Pasó la euforia mundial, los festejos, fueron meses sin actividad en el Coloso, pero el caudal retomó su curso y trajo agua para calmar tanta sed de cancha. El hincha leproso volvió al Parque. Y el Gringo también.