Ovación

El fútbol pierde con la sospecha

El deporte necesita que aquellos dirigentes, técnicos, jugadores y periodistas que abonan la teoría de la trampa conviertan a sus declaraciones en denuncias responsables y verificables.

Miércoles 28 de Febrero de 2018

¿Hay alguna prueba o denuncia concreta que en el fútbol argentino existe un caso similar a lo que ocurrió en Italia en 2004 y 2005, conocido con el nombre de Calciopoli? (ver recuadro) ¿Se puede demostrar con algún elemento una conspiración parecida a la ocurrida con los árbitros en dicho país? ¿De las declaraciones de dirigentes, técnicos, jugadores y periodistas que anuncian, pero no denuncian, una campaña de influencia a favor de Boca, podrá surgir una imputación seria que amerite una investigación judicial por dolo en el fútbol criollo? Sería de mucha utilidad para poder emerger del "dicen o parece".

Asoma como paradójico que este planteo surja cuando en la última decena de años fueron diez clubes los que salieron campeones: Lanús, River, Boca, Vélez, Banfield, Argentinos, Estudiantes, Arsenal, Newell's, San Lorenzo y Racing. Y si bien xeneizes, velezanos, granates y millonarios festejaron en más de una ocasión en ese lapso, la mixtura anula toda hipótesis de contubernio para imponer un campeón hegemónico. Al menos hasta ahora.

Y vale la aclaración del "hasta ahora" porque la normalizada AFA y la estructura propia para la primera división denominada Superliga, fueron las promocionadas formas del nuevo orden en el que los directivos de todos los clubes de la máxima categoría convinieron. Y todos destacaron las bondades de una mejor organización y por una recaudación y distribución superiores al modelo de Grondona.

Si hasta el propio Marcelo Tinelli, por entonces vicepresidente de San Lorenzo, posicionó a Mariano Elizondo en el máximo cargo de la Superliga. Entidad que tiene como vicepresidentes a uno de los referentes de la gestión de River y al propio titular azulgrana Matías Lammens.

Resulta extraño que con una administración más pluralista aparezcan mayores sospechas que las existentes durante la conducción unipersonal de Don Julio. Porque ahora el poder de los escritorios asoma colegiado y cualquier intento transgresor debería ser denunciado como un hecho flagrante de corrupción. Y no enunciado en formato de suspicacia.

Claro que una denuncia requiere de denunciantes responsables que acrediten su acción con elementos probatorios. Caso contrario su comportamiento se alejará del rol racional que como dirigente debe cumplir para emparentarse a un hincha radical por el arrebato pasional, donde la verdad se distorsiona por lo sentimental. Convirtiéndose así en cómplice de aquellas leyendas urbanas que lejos de una realidad comprobable construyen una mentira organizada por la repetición de hechos inexistentes.

Hace mucho tiempo que existe una creencia popular que en el fútbol todo se arregla. Hace años que el honor fue condenado a muerte de forma inapelable, con apenas algunos comportamientos que generaron presunción de trampa, pero ninguna certeza como para configurar una prueba. Es un común denominador encontrar en la derrota una respuesta a partir de la transgresión reglamentaria del rival. La superioridad del otro no se explica desde la propia debilidad o de los errores cometidos, sólo se comprende desde la ventaja ilegal que sacó el adversario.

Este pensamiento generalizado además de darle la pena máxima a la honorabilidad también aniquila al error. No se equivoca el que se equivoca, lo hizo adrede por determinado interés. Ni siquiera dejan resquicio para la ineficacia. No se acepta. Es culpable por corrupto. Ni siquiera por inepto. Y esta tendencia encuentra ahora y de forma peligrosa a los propios inquilinos del fútbol, porque comenzó a ser fomentada por dirigentes, entrenadores, futbolistas y varios periodistas. Sin percibir que con esa lógica sus propios logros también quedan bajo la sospecha que propagan.

Forma parte de la idiosincrasia del hincha sentirse perjudicado o pensar en el armado de un complot para favorecer a tal o cual equipo, basado en la popularidad de los mismos. Por supuesto que la historia del fútbol da cuenta de ciertos arreglos. Tampoco se trata de un análisis soso o ingenuo. Por eso el punto de partida del texto es lo que sucedió con el caso denominado Calciopoli.

Pero creer que todo es un arreglo llevará al fútbol a una situación extrema. Donde el hablar por hablar para no asumir las propias carencias terminará dinamitando uno de los últimos resquicios de identidad que le queda a una sociedad cada día más fragmentada por el escepticismo que abonaron las defraudaciones.


Calciopoli, un caso bien probado

Calciopoli se denominó el escándalo por las investigaciones de fiscales que descubrieron las transcripciones de escuchas telefónicas de la temporada 2004-05, donde directores de Juventus acordaban con directivos del fútbol italiano la influencia en los nombramientos de los árbitros "favorecedores". También se constató que beneficiaron a Milan, Fiorentina y Lazio. Los clubes apelaron las duras sentencias y la condena definitiva fue: Juventus fue relegado al descenso con la pérdida inicial de 9 puntos y la quita de los dos últimos títulos obtenidos. Milan y Lazio perdieron 30 puntos. Similar castigo recibió Fiorentina, que además no tuvo derecho a participar en copas europeas.

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