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El clásico crece desde el pie

El clásico crece desde el pie, como ellos. Y se sostiene con el alma, como en ellos. Un clásico grande necesita de permanentes brotes para nutrirse y desarrollarse, como son ellos. Y el crecimiento de una ciudad, como así su fútbol, necesita de ellos.

Domingo 18 de Abril de 2010

El clásico crece desde el pie, como ellos. Y se sostiene con el alma, como en ellos. Un clásico grande necesita de permanentes brotes para nutrirse y desarrollarse, como son ellos. Y el crecimiento de una ciudad, como así su fútbol, necesita de ellos.

Ellos, los niños, no necesitaron conocer la historia de su club para sentirlo. Ni siquiera vieron jugar a aquellos que por un gol o una maniobra exquisita se metieron en la historia y en el consciente colectivo. Ellos nacieron y automáticamente fueron hinchas. Sólo bastó ver la primera foto en la que posaron con la camiseta que papá o mamá les transmitieron. Casi como una herencia indeleble teñida de dos colores, que se lleva en el corazón con un valor cuantitativo inconmensurable, alojado allí en el espacio de los amores grandes y eternos.

A ellos, los niños, ni siquiera les importa si juega Braghieri o Achucarro, Bernardi o Figueroa. Muchos de ellos tal vez ni sepan la relevancia de las presencias de cada jugador. Para ellos todavía, por suerte, el fútbol sigue siendo un juego. Como la vida misma a esa edad. Pero lo que sí ellos saben es que hay un equipo que los identifica. Y con eso tienen bastante. Suficiente para juntarse con otros niños para compartir la alegría de pertenecer a una ciudad que tiene en Central y en Newell’s, o viceversa, un carácter distintivo de su propio ADN.

Y ellos, los niños, saben que el futuro de este clásico fenomenal, que perforó las fronteras geográficas, necesita de buenos ejemplos. Los que muchas veces le inculcaron los adultos, aquellos que hoy muchas veces dinamitan con su accionar el legado de sanas costumbres.

Los niños siempre enseñan. Y en esta oportunidad también lo hicieron. Sin diferenciarse de alguna manera mostraron la huella a retomar. Se juntaron en el Monumento a la Bandera, el que conocen de chiquitos, y allí volvieron a ser un ejemplo para aquellos, los adultos, los que enseñaron a convivir en paz, los que transmitieron una escala de valores necesaria para disfrutar. Pero aquellos que también con el devenir de la construcción de una sociedad más individualista se fue fagocitando esa enseñanza.

Un aprendizaje que los niños les quieren recordar hoy a aquellos, los adultos, que no es otro que la mejor forma de disfrutar el clásico.

Por eso se unieron con la intensidad de dos sentimientos similares pero con diferentes destinatarios, sabiendo que la coexistencia de ambos es la esencia de lo que palpitan. Y lo hicieron con una alegría indescriptible, con el placer de pertenecer y con la sinceridad con la que siempre actúan.

Los niños jugaron el clásico y se divirtieron como chicos. Es de esperar que los adultos les permitan seguir haciéndolo por muchos años más, a ellos y aquellos, y a todos los niños que vendrán para seguir haciendo de Rosario una ciudad en la que canallas y leprosos sigan siendo el orgullo del fútbol nacional. l

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