Sábado 29 de Abril de 2017
Toda prohibición interpela a la sociedad que la genera y la debe padecer. Lo saben los hinchas de fútbol, sobre todo los simpatizantes de Newell's y Central. Y sin hacer una distinción entre buenos y malos, como es tan usual en los últimos tiempos en los que recrudece la violencia en el deporte como fiel reflejo de la comunidad que la cobija.
No. Es necesario separar a la delincuencia del hincha para poder distinguir al vandalismo organizado que, encaramado en la violencia, obtiene usufructo del desmadre generalizado y su consecuente represión. Los hinchas no son delincuentes.
Pareciera que el fútbol produce una violencia intrínseca espontáneamente, como si fuera una razón constitutiva, y no es así. Al archiconocido discurso mediático que dice "otra vez ganaron los violentos" habría que oponerle que "otra vez ganó la represión". Y este estado de situación no es gratuito, alguien hace negocios. Los hinchas no son delincuentes.
Pero el caso es que el fútbol, tan pasional como masivo, derrama sus miserias y desborda hacia otras disciplinas en las que la rivalidad deportiva provoca competencia. Y el colmo es un partido de hockey femenino Sub 14 con policías y sin público (ni siquiera los padres de las jugadoras), porque se enfrentan Newell's y Central.
"Más papista que el Papa" es un refrán popular que refiere a quien pretende ser más dogmático y rígido que los entendidos en la materia. Aunque quizá el signo de la época implique "mano dura" a cualquier precio para disciplinar a una sociedad desmadrada y para desterrar cierto empoderamiento de la masa y cierta apropiación de espacios públicos.
"Prohibido prohibir", rezaba un grafitti en las paredes de la Sorbona durante el mayo francés, aquella explosión juvenil en protesta contra la sociedad de consumo en ciernes. Pasaron casi 50 años y así nos va.
"La acción no debe ser una reacción sino una creación" y "sean realistas, pidan lo imposible", otras dos pintadas en las calles parisinas. Los hinchas no son delincuentes.