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Fueron 4 los pilotos de la región, los 4 debutaron en un Dakar y, contra los pronósticos y los contratiempos, partieron de Lima y vieron la meta en Córdoba. Una proeza del deporte motor local

Viernes 02 de Febrero de 2018

La cita fue el domingo pasado en el bar Rambler, ex Mordisco. La idea era que fuera a las 11, así después de la nota cada uno quedara liberado para ir almorzar con la familia. El primer retraso provino del lado de Leonel Larrauri, que "negoció" con sus compañeros ir una hora más tarde para poder dormir un poco más. Logró cambiar el horario, pero no durmió más. Todavía está en "modo Dakar". Después, se suponía que la entrevista duraría lo habitual, una hora poco más o menos. Se extendió por espacio de tres. Las ganas de compartir las anécdotas situaron las demás cuestiones en segundo plano. Fue entonces un ida y vuelta de ellos, al que prácticamente sólo había que prestar el oído. Leonel Larrauri, Fernando Imperatrice, Alejandro Fantoni y Carlos Joffre seguro estarán repitiendo sus historias en cada encuentro de amigos y familiares. Ese día lo hicieron para Ovación, con arena de por medio, que la ven y lloran, aunque más prima el orgullo por haberlas sorteado en el camino que unió Lima con Córdoba para completar 9 mil kilómetros de recorrido en el primer Dakar de sus vidas, que prometen no será el último.
No podía ser de otra manera, Imperatrice es el primero que llega a la cita. Viene de la disciplina del rugby, nada que ver con los fierros, pero se animó a subirse a uno para vivir una experiencia sin par y donde todo su aprendizaje le sirvió y mucho. Fue el apoyo ideal para el piloto profesional, Larrauri, que siempre se mostró como tal. Fue una aventura, sí, pero avalada por el enorme rodaje que tiene en las pistas argentinas. El baigorriense, pese a los pronósticos, no fue el último en arribar a La Florida. Lo hizo después que Joffre, al que le quedará para siempre el rótulo de haber sido el primer rosarino en completar un Dakar, (después de los intentos de Paxti Otaño, Mauricio Jurado, José Luis Locascio, Leandro Monti y Daniel Marrocchi). Y antes que Alejandro Fantoni, el que "cargó" a su amigo Leo por dormilón y al final llegó último. Claro, venía de San Lorenzo, era el que estaba más lejos.
Los cuatro afirman de que todavía no cayeron. Se nota. Las apuestas ni ahí que lo daban a todos haciendo meta en su Dakar debut, pero lo hicieron. Fueron tremendos representantes del automovilismo zonal, a los que bien hay que sumar a Pablo Novara, de la localidad de Bauer y Sigel, que en su segundo intento también llegó, sin olvidar que sólo el parejense Facundo Ardusso había podido alcanzar la bandera a cuadros para la región, el año pasado en una Duster. La emoción los desbordó en lágrimas, a todos los fueron a esperar familiares y amigos a La Cumbre. Fantoni hasta se puso colorado al ser paseado en autobomba por su ciudad, casi como cuando Mascherano volvió como subcampeón mundial. Un Dakar inolvidable, tanto como este suplemento que Ovación ideó para ellos a modo de reconocimiento.

Leo y Fernando, amigos al palo

"Recién ahora estoy tomando dimensión de que corrí el Dakar y lo terminé", es la frase que sintetiza a la perfección lo que siente Leonel Larrauri luego de completar la exigente competencia, y en su primera vez. El piloto baigorriense participó de la categoría UTV y terminó en la sexta posición junto a su entrañable compañero Fernando Imperatrice. Más allá de los números finales, lo más importante es que llegaron. Dos amigos que se lanzaron a una aventura tan incierta como inédita pero con la enorme satisfacción de haberse dado el gusto de sus vidas.
   Vale la pena prestarle atención a las experiencias que vivieron Larrauri e Imperatrice. Por más que quien lea esto sea ajeno al deporte motor, esto trasciende lo deportivo, es una aventura de amigos. Leo, corredor de Turismo Nacional, contó cómo comenzó todo: "Corrí el desafío Ruta 40 y me encantó. Enseguida me dieron ganas de correr el Dakar. Al no tener experiencia en este tipo de competencias, decidí participar de la categoría UTV". Y aclaró que tuvo una dura puesta a punto: "Hice una gran pretemporada, me preparé mucho. También me hicieron subir cuatro o cinco kilos en la previa y volví con seis menos", lo que denota la dureza del evento.
   Toda la ilusión del debut en el Dakar estuvo a punto de desmoronarse rápido. Llegó con lo justo a pasar la técnica y el auto sufrió dos vuelcos que lo dejaron en terapia intensiva en los dos días iniciales. Pero la perseverancia dio sus frutos. "Arrancamos mal porque volcamos. Nunca me faltó coraje, por eso seguimos adelante ante cada adversidad y le dimos a fondo. Cada etapa que comenzamos, teníamos en mente ganarla, queríamos andar bien. Después nos pasaron cosas insólitas con el auto. Tuvimos errores, hasta que entendimos cuáles eran los límites", se sinceró Leo.
   Larrauri estaba como un nene con su primer juguete. Lejos de padecer las inclemencias del tiempo, de las dunas y la altura, él lo disfrutó a pleno y hasta podría haber seguido. "Recién cuando largamos me di cuenta en el lugar que estaba, siempre quise estar en el Dakar. Pese al clima, a correr de noche, a los problemas con el auto, yo lo disfruté mucho".
   El premio máximo en la competencia más dura del mundo es terminarla. No importa si llegás 1º, 2º o 25º. La meta es el premio. "Cuando llegamos me desahogué de todo lo que veníamos acumulando y ahora estoy tomando real dimensión de lo que logramos. Recordaba todo lo que pasamos y volvía a llorar de vuelta. Terminar el Dakar me hizo conocer una parte mía que no sabía que tenía. Fue una enseñanza no sólo para mi carrera como piloto, sino también para mí como persona. Yo soy una persona cero demostrativa y terminé llorando, fue muy fuerte".
   Por lo visto, el Dakar no sólo mueve montañas sino también sentimientos. Y también cambia a las personas. Leo Larrauri puede dar fe de eso.
Imperatrice, compañero y amigo
No sólo conducir por las dunas es una tarea complicada. Estar concentrado y pendiente del recorrido para guiar al piloto, también. Fernando Imperatrice fue el navegante del UTV manejado por Larrauri. Los dos se complementaron a la perfección para arribar a Córdoba. En el medio hubo golpazos, sinsabores, desilusiones y hasta peleas. Pero entre amigos, siempre es mejor.
   "Sabía que si nos perdíamos estábamos afuera. Tenía una presión enorme como navegante. Leía la ruta siete veces y no la podía memorizar. Veía que había un giro a la izquierda y con la mano señalaba a la derecha, tenía la cabeza quemada por momentos", contó el copiloto de Funes. La convivencia arriba del auto del experimentado team South Racing fue dura a veces, por la carga que genera la competencia. "Con Leo nos peleamos varias veces pero nos conocemos hace mucho y lo hicimos a modo de descarga. Yo lo veía manejar y no podía entender cómo lo hacía durante tantas horas y con semejante adrenalina encima".
   La pasión que despierta el Dakar no es ninguna novedad pero llamó la atención del funense, que ahora lo vivió en carne propia. "En Bolivia se vivió algo muy especial por la cantidad de gente que había en las calles. Estaban desesperados por ver a los corredores del Dakar. Nos sentimos los Rolling Stones (risas)". Y aclaró que no es del palo del automovilismo, como su compañero de equipo. Por el contrario, Imperatrice viene del mundo del rugby. "Yo jugué toda mi vida al rugby, no tenía experiencia en el deporte motor. Jugar en Atlético del Rosario me sirvió muchísimo para entrenar la cabeza. Te borra los límites del dolor y el cansancio. Aprendés a lucharla e ir siempre para adelante".
   Las apuestas previas no eran optimistas con respecto a la actuación que pudiese tener el dúo. Igualmente, Imperatrice estaba convencido de que nada les iba a impedir llegar al final. "Yo siempre estuve convencido que llegábamos a la meta en Córdoba. Me decían de que a las dos etapas me volvía. Fue una carrera de supervivencia entre el cuerpo y el auto. Sabía que íbamos a tener problemas y había que resolverlos. También te juega en contra la inconsciencia. El Dakar es ochenta por ciento mental".
Como si se tratara de un partido de rugby, Fernando tuvo la magia de Hugo Porta o la rapidez mental de Agustín Pichot. "Jugamos una final y la ganamos. Cuando terminamos, nos dijeron «bienvenidos a la pequeña familia de los que terminan el Dakar»". Y tal cual, hoy ya son parte de una nueva familia. La misma que espera recibirlos en 2019.

Fantoni tuvo su premio

El carisma de Alejandro Fantoni es proporcional a la cantidad de problemas que tuvo durante el Dakar. Casi todos los días paró por algún problema. No bajó los brazos, la peleó y terminó entre los mejores 30. "Antes de empezar ni siquiera sabía lo que era una duna", dijo el sanlorencino, que ahora ya es un experto en transitar extensas montañas de arena.
   "Me entusiasmé cuando corrí el Ruta 40. Me junté con Daniel Mazzucco y me dio los pasos a seguir para poder participar de la competencia. Primero tuve que terminar una carrera del Dakar Series como condición. Fui a correr a Marruecos y al Ruta 40, donde terminé tercero", comentó en alusión a qué lo motivó a lanzarse a tan complicada experiencia. Y detalló: "En una etapa volqué en una zona de vegetación y me quedó el cuatri encima, chorreándome nafta. Por suerte me ayudaron, estuve cerca de una hora para poder salir. Por un momento pensé lo peor", dijo Fantoni, que en la previa ya tuvo una buena dosis de adrenalina para ir preparándose para lo más bravo: el Dakar. Sincero, sin vueltas, dijo que antes de correr "ni siquiera sabía lo que era una duna".
   El trance más complicado para Alejandro llegó al principio, en el segundo día, cuando estuvo al borde de retirarse de la competencia. "En el segundo día no podía subir una duna, habré intentado unas quince veces, no podía agarrar velocidad para volver a trepar. Hasta me quedé descalzo porque no podía caminar en la arena. Tardé unas dos horas para hacer solamente 100 metros. Ese día no daba más pero no podía abandonar tan rápido. Fue el momento más duro, la pasé realmente muy mal. Saqué fuerzas de donde no tenía para seguir adelante". Pero eso no fue todo, porque en Bolivia también la pasó feo. "Otro día que la pasé mal fue en una etapa en Bolivia, saliendo de La Paz. Fue un tramo especial de 300 kilómetros donde era todo barro. Se me rompió el roadbook (libro de ruta), el filtro de combustible, no tenía forma de arreglar nada porque estaba lleno de barro. Encima, en el medio había un río de un ancho de 60 metros y no podía cruzarlo. Ese día llegué a Uyuni a la 1 de la mañana y para colmo después venía la etapa maratón". Como se suele decir: "Si te gusta el durazno, bancate la pelusa". Y Fantoni se bancó varias.
   Los espectadores que sólo ven los compactos de las carreras no saben cómo es el día a día en el Dakar, internamente hablando. "A diferencia de los pilotos más experimentados, ellos tienen un médico, un masajista, un psicólogo, siete mecánicos. En cambio yo me tuve que hacer todo. En Uyuni dormíamos en unos pabellones del ejército. Muchos se levantaban a las 5 de la mañana, hacían ruido, prendían luces y enseguida te despertabas. Se hizo complicado pegar un ojo". Para ser el debut en un Dakar, desde lo deportivo Fantoni no se puede reprochar nada. Aunque desde la logística sí: "Cometí el error de correr de noche porque no se veía nada, era ir metro a metro. Ese fue un error que cometí y debería haber evitado". Y también contó una anécdota muy peculiar, que vivió en territorio boliviano y que lo ayudó a seguir en carrera. "El tema de la altura fue muy bravo. Estuve mascando coca cuatro días porque sino no terminaba la carrera. Le tengo que agradecer a una señora que me regaló una bolsita en una estación de servicio. Ella me salvó el Dakar".
   Los últimos kilómetros son los más difíciles, no tanto por el recorrido, sino porque la meta está a la vuelta de la esquina y el sueño de llegar, a punto de cumplirse. "Los últimos 20 kilómetros se me caían las lágrimas, fue muy emocionante. Después me encontré con amigos y familiares que no paraban de abrazarme y ahí valoré lo que había logrado", dijo Alejandro, que remarcó que "correr el Dakar es para locos".
   El propio Fantoni puede cerrar tranquilamente la nota y contar el vaivén emocional que le tocó vivir durante quince días: "Tenés que estar muy fuerte de la cabeza para terminar la carrera. La contrariedad de emociones es tremenda. No sabía qué hacía corriendo el Dakar, pudiendo estar tranquilo en casa, en el río o en alguna pileta. Y a los dos minutos te volvían las ganas de seguir corriendo. Quiero correr en el 2019 pero con un cuatriciclo nuevo. Este Dakar lo sufrí y el próximo lo quiero disfrutar".


Joffre, como un chico en la arena

¿Quién podrá olvidarse de la icónica Coupé Fuego conducida por el Flaco Traverso? Este memorable auto fue preparado por el maestro Oreste Berta. El "Mago de Alta Gracia" tocó con su varita a varios pilotos que terminaron haciendo historia. Incluso, para 1975 fabricó un auto de Fórmula 1, sí, un F-1 argentino, pero no pudo llegar a competir con el Nene García Veiga. Y el mismo Oreste, con todos los pergaminos sobre la espalda, fue el mismo que le preparó el cuatriciclo Yamaha Raptor a Carlos Joffre, el único rosarino en el último Dakar, el único que lo terminó.
   Charly, como lo conocen todos, estuvo muy cerca de bajarse antes de la carrera por algunos problemas personales, pero la insistencia de sus hijos y amigos fueron el impulso que necesitaba para darse el gran gusto de su vida. "Me estuve por bajar por un mal momento anímico pero mis hijos y amigos me convencieron de que corra. Me dijeron que no abandone mis sueños. Puedo decir que la razón de haber largado fue la razón de haber llegado. Tengo que agradecer a todos los que me apoyaron y me dieron fuerzas para correr", contó Joffre, que también dio más detalles sobre la previa a la gran carrera: "Antes de viajar me estuve preparando. Me levantaba a la mañana, entrenaba potencia, salía a andar en bici. Le metí mucho aeróbico. Igual hubiese querido estar un poco mejor, pero físicamente terminé bien. Cuando llegué a Lima (el 1º de enero) me enfermé, estuve con fiebre y hasta dos días de largar (el sábado 6) antes estaba muy mal. Tampoco tenía asistencia. Uno lo toma como los gajes del oficio, tuve que pagar el derecho de piso".
   Un tipo extrovertido como lo es Charly confesó que le temblaron las piernas en el inicio pero con el paso de los días se fue amoldando a la exigencia. "Al largar la primera etapa estuve nervioso como nunca. Tenía la sensación de que si me iba mal al principio iba a ser la frustración más grande de mi vida. Por eso, de ahí en adelante me propuse correr cada etapa como si fuese la primera. Mis amigos me llamaban y me decían que esté tranquilo pero solamente los que corremos el Dakar sabemos lo que se vive. No es para cualquiera".
   A diferencia de la mayoría de los corredores, que tuvieron incontables problemas de navegación en las dunas, Joffre se sintió como pez en el agua y fue el tramo del Dakar que más disfrutó. "Las primeras seis etapas en Perú fueron muy buenas. Anduve bien porque me gusta la arena aunque había que tener mucha habilidad de manejo. No tuve problemas de navegación, en ningún momento me perdí y lo disfruté a pleno".
   Pero no todo fue color de rosas para el rosarino de 50 años, amante de los deportes extremos y que hace 4 tomó un cuatriciclo. Cuando entró en territorio boliviano, a Joffre le aparecieron algunos problemas motores. Pero lo más difícil para él fue el brusco cambio de clima. "En Bolivia sí tuve dificultades porque había mucha altura, hacia bastante frío, había barro, lluvia, fue difícil. Incluso, por momentos me dormía, fue un combo de todo. En La Paz había un mundo de gente esperándonos y yo encima llegué con hipotermia".
   El tramo final fue igual de intenso pero no por cuestiones climatológicas sino por un tema emocional. Después de 15 días duros, con alegrías, desazones, golpes y superación, el sueño estaba cumplido. Teo y Lautaro, hijos de Charly, lo esperaron en Córdoba para darle un abrazo tan grande y equiparable con lo que había logrado su padre en el Dakar. Una proeza que quedará en todos los registros. Un debutante, rosarino, llegó a la meta. Pero Charly no se achica y va por más: "Fue un desafío personal muy grande y una de las cosas más lindas que me tocó vivir. Quiero más, así que el año que viene lo corro seguro".

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