Ovación

Contagiados por sus padres

El fútbol merece ser vivido con salud, pero los chicos lo padecen porque los adultos los contaminaron con un absurdo fanatismo. 

Domingo 04 de Enero de 2015

Cuando hay síntomas similares y recurrentes en la sociedad es porque alguna rara enfermedad se está gestando, y de acuerdo a lo que recomiendan los especialistas de la medicina, el primer paso para tratar la patología es hablar de ella para conocerla, aunque el vademecum para los problemas de intolerancia y deformación contiene como imperiosa la necesidad de modificar hábitos y conductas, algo complejo para una población que no tiene a la disciplina como eje cultural, y más cuando de fútbol se trata.

En los últimos años se ha escuchado, leído y presenciado a hinchas adultos mostrar dolor, bronca y hasta indignación con los jugadores, entrenadores y dirigentes porque fueron, según ellos, los responsables del llanto y de la tristeza de sus hijos por no obtener el resultado anhelado. A tal punto que coincidieron en diferenciar que su estado catatónico no era tanto por ellos como sí por ver a sus hijos sumidos en una profunda frustración. "Nunca les voy a perdonar el sufrimiento que le hicieron pasar a mi hijo", prometía un simpatizante con gesto adusto y embargado por el odio tras el resultado menos deseado. Y esta imagen se viralizó a lo largo y ancho de un país, sin distinguir colores ni latitudes, poniendo en la superficie un comportamiento que se aleja de manera alarmante de la autocrítica para convertirse en una proyección de responsabilidades. Sin intención de que esta reflexión trate de perseguir un análisis psicológico, procura ser un llamado al sentido común.

Fundamentalmente porque los niños son formateados culturalmente por el núcleo familiar, y es allí donde la escala de valores se imprime en cuerpo y mente, donde es imprescindible aprender que el fútbol es un elemento más de la vida, no la vida misma. Y que el sentimiento deportivo, por más intenso que sea, es secundario, porque prioritarios son los seres queridos en un contexto de educación, salud, inclusión, integración y todos los aspectos que hacen a una calidad de vida. Y que lo primero que nos identifica es el nombre y apellido. Luego el lugar. Y después todo el resto.

Por lo tanto que una decepción deportiva llegue a los límites descriptos, deja en evidencia que hay un serio problema de formación, donde el niño es una víctima, pero no de un resultado futbolístico, sino de los adultos de su entorno que de manera equivocada "lo enfermaron" con un fanatismo que además de ser improductivo es de alto riesgo, porque anula, y deja a sus propios hijos en un contexto de valores trastocados donde lo importante quedó relegado por una pelota que ni siquiera se convierte en lo urgente.

Esta forma de vida en la que el fútbol tiene una cotización social excesiva también presenta desde un tiempo a esta parte otro síntoma que se hizo muy común, porque mientras un partido está en curso los edificios y las viviendas se convirtieron en una especie de tribunas antagónicas con fronteras muy difusas, donde los festejos y las provocaciones a viva voz se hicieron habituales, donde ya no hace falta ni siquiera ver el partido por televisión para saber cómo van los equipos en pugna, porque los propios vecinos se encargan de notificarlo con sus desmedidas actitudes.

Una modalidad que no sólo permitió conocer las simpatías que tienen cada puerta, ventanas y balcones, sino también la intolerancia y locura que habitan en cada departamento y vivienda donde el morador es un desaforado, porque más de uno no sólo se dejó de saludar como vecino sino que incluso algunos han llegado al extremo del desafío a un combate cuerpo a cuerpo en el hall de ingreso o en la vereda, como los guapos del Novecento.

Algo se está haciendo muy mal. Porque no es normal ni natural que una especie ponga en riesgo la salud de sus propios hijos. Y más disparatado aún es cuando se lo hace por el deporte. Que lejos de ser disfrutado es padecido. Por obra e impericia de los mayores. Que no ayudan a que el fútbol crezca desde el pie porque lo matan desde la cabeza. Y a temprana edad.

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