Martes 03 de Agosto de 2021
Gonzalo "Chalo" Echenique siempre supo algo: quería ser waterpolista profesional y olímpico. Desde que se enamoró de este deporte la certeza llegó rápido. Aunque quizás no sabía lo siguiente y lo tuvo que entender con los años: para poder cumplir con ambas cosas tendría que resignar muchas otras. Por eso, el mejor jugador de este deporte que nació en el país y que en Europa llegaron a apodar "el Messi del waterpolo" está en el umbral de ese anhelo máximo que es subirse al podio de los Juegos Olímpicos, pero no con la camiseta (o gorro) de Argentina, sino con la de Italia. Este miércoles desde las 6.20 afrontará semifinales de Tokio 2020 con el campeón vigente, Serbia, en una clara final adelantada. Sin embargo, su conexión con esa sangre albiceleste está intacta. Y ni hablar con esa sangre rosarina que le recorre el cuerpo a tal punto que lo lleva tatuado: en la espalda de Chalo se lee de punta a punta y en letras gigantes: "Newell's". El destino no tuerce el amor.
Hace una década ya que este jugador al que todos apuntan como el mejor que pudo nacer por estos lares tuvo que dejar su cuna. Al menos eso le demandaba su carrera y si era que de verdad pretendía ir tras sueños muy grandes. Así, el waterpolista que surgió en GER y que vuelve en cada ocasión que puede, hermano de 10 hermanos, emigró a España, al Montjuic de Barcelona, con jóvenes 21 años y mucha ilusión. Tal vez por allí se entienda un poco de la comparación con Leo, que es exagerada, porque cada quien escribe su historia, pero que los une en aquello que generan los talentos, además de un pasado rosarino, con un desarraigo rápido y con el Newell's que los dos aman. Coincidencias que hablan de una esencia común. Porque como Leo, este Chalo nunca se olvida de ver a la Lepra, de alentar en cualquier horario y mucho menos de ese afecto intacto que significa la selección argentina.
Pero a Chalo le tocó ser elegido en un deporte muy poco desarrollado en el país, falto de estructuras y de competencias internas fuertes. Amateur, bien amateur. Y por eso, más allá de haber jugado muchos años en selecciones argentinas de base y en mayores, un día decidió cambiar de representación. En España, tras jugar en Montjuic pasó por Sabadell y Barceloneta, donde se desempeñó hasta 2015. Esos años hicieron que los seleccionadores ibéricos le propusieran jugar para ellos. Y en las vísperas de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 Chalo dudó mucho, hasta que se decidió. España le podía dar la posibilidad de ser olímpico, uno de sus grandes sueños. Argentina no. Argentina ni es potencia en esto, ni tampoco tiene chances (desde hace años) de ganar una plaza continental ni un repechaje para llegar a la máxima cita del deporte mundial.
Cumplido aquello, empezó a creer que algo más grande también podía pasar: alcanzar un podio dentro de los Juegos. Y es por ello que nada y juega en Tokio 2020. Aunque no con España, sino con Italia, en esta rara versatilidad que permite el waterpolo que deja cambiar de representación sin demasiados inconvenientes. Así, este zurdo rosarino de talento excepcional busca algo que ningún waterpolista argentino logró jamás: ser medallista. Sus ex compañeros de la selección argentina, muchos de ellos sus amigos, saben que más allá del color con el que lo logre, si es que lo concreta, Chalo es argentino, muy rosarino, y este sería un logro supremo en su deporte. Mucho más si se piensa que las únicas tres veces que un seleccionado nacional fue olímpico fue entre las décadas del '50 y '60.
Tras años de ascensos constantes en el waterpolo español, donde empezó a ser profesional, Chalo saltó a Croacia, donde jugó en Primorje Rijeka. Desde 2016 se desempeña en Pro Recco de Italia, el club genovés que es uno de las poderosos de Europa y con el que, de hecho, se consagró en la Champions League el año pasado, un logro con el que repitió el ya conseguido con el Barceloneta, lo máximo a nivel de clubes. Ya brillando en Italia le llegó la chance de "ser italiano". Y es con la Azzurra con la que juega hace casi tres años y con la que tocó el cielo con las manos ganando el título del mundo hace dos años en Corea del Sur. Ese fue la primera gran cita con los tanos. Debut y celebración. Esta, la de Tokio, es la segunda. Italia no aspira menos que al oro.
Contó Chalo muchas veces que cada vez que tomó este tipo de decisiones pasó por dudas, muchas veces se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Sin embargo, pudo entender también que no había otra manera de lograr esto representando a su país de nacimiento. Lejos de "ofenderse" con él, el mundo del waterpolo argentino lo admira y lo celebra. Es cierto, se priva de tener al mejor jugador de todos los tiempos y de los mejores del mundo. Entienden que aquí no había "estructura" para albergar semejante talento. Eso sí, a ninguno se le escapa la ilusión de volver a verlo con el gorrito albiceleste aunque sea en el preludio de un retiro. "Cuando termine de hacer lo suyo, ojalá quiera jugar para Argentina, le haría muy bien a nuestro deporte. Aunque es una decisión plenamente suya", dicen por lo bajo. El reconocimiento es unánime.
En la Villa Olímpica de Tokio 2020 Argentina e Italia comparten el mismo edificio. De los pisos de abajo, hasta la mitad, cuelgan banderas celestes y blancas. De la mitad para arriba, las italianas. Hasta parece una mirada socarrona del destino. Chalo no puede estar en unos Juegos Olímpicos con Argentina, pero está muy cerca de ella. Como cuando se tira al agua y deja la espalda al descubierto haciéndole leer al mundo del deporte el nombre del club de su corazón: "Newell's". O como cuando se sienta por unos mates aunque lo miren con cara rara. Es que, por más que las aguas se surquen lejos, no hay como transitar la esencia. El sueño de Chalo es también un poco el sueño de todos lo que comparten con él, el amor por este deporte. La diferencia es que él sí tiene la oportunidad de pelear por lo máximo. Aunque tenga el gorrito de un color y la sangre de otro.