Domingo 03 de Octubre de 2021
El Gigante que abrió sus puertas para ponerle marco a un día de fiesta para los hinchas, lo cerró en medio de una pesadumbre ineludible por lo que significó la derrota del equipo del Kily a manos de Argentinos Juniors. Y esa fiesta que se armó en la previa en la cabeza de todos y cada uno de los que volvían a la cancha después de más de un año y medio se truncó por un mal partido de un Central que lo disputó y lo peleó cuando se sintió capaz, pero que cuando las circunstancias del juego se lo impusieron lo corrió siempre desde atrás. Es imposible de demostrar qué hubiese pasado si se jugaban los 90 minutos once contra once, pero esa jugada en la que Nicolás Fosa Ferreyra se fue de mambo y vio la roja le clavó nuevas directivas al juego. Y así, la fiesta que todos fueron a vivir cayó en saco roto, se desaprovechó, se tiró rápidamente a la fosa.
Eso fue lo que decantó en la derrota, en una tarde con un equipo debatiéndose entre el amor propio de ir por la heroica o volverse loco corriendo detrás de la pelota una vez que Argentinos le asestó el golpe del que Central debía cuidarse. Encima llegó en un momento justo, en el amanecer de ese segundo tiempo en el que el Kily González decidió que la mejor opción era que Ojeda se mantuviera en la cueva y que el que ingresará fuera el juvenil Julio Luques y no el paraguayo Ricardo Garay.
Ni siquiera el empuje de esos miles de hinchas (parecieron más de 20 mil) que estuvieron más de un año y medio siguiendo al equipo por televisión alcanzó para que Central pudiera al menos empardar el resultado y así darle un mínimo de alegría a aquellos que se volvieron locos en el inicio, pero que ya en el fragor de la lucha se comportaron como si la larga ausencia por la pandemia no hubiese existido. Porque pasaron por todos los estados de ánimos posibles, evidenciados en el empuje, el murmullo, el pedido de reacción, los reclamos y hasta el aplauso del final.
El afuera fue una cosa, con mucho color, alegría y entusiasmo. El adentro, otra. Allí el entusiasmo y el compromiso nunca decayó, pero si hay algo de lo que un equipo no puede desentenderse es de una determinada forma de desenvolverse. Y Central estuvo lejos de cumplirlo, entendiendo, por supuesto, ese mojón que significó la roja a Nicolás Ferreyra.
Ya con la pelota en marcha, el chori de la previa, el abrazo eterno entre quienes volvían a verse las caras en la puerta del Gigante o dentro del mismo y muchas otras cosas más no tenía razón de ser. Lo mismo corre para el estruendo cuando el equipo salió al campo a hacer los movimientos precompetitivos (fue el primer contacto entre hinchas y jugadores después de muchísimo tiempo) y ese clima de jolgorio a minutos del inicio del partido, cuando el Kily se persignó apenas pisó el césped, después levantó la zurda para saludar a la platea e inmediatamente miró repetidamente la popular de Regatas y allí volvió a saludar a los plateístas antes de meterse en el banco de suplentes.
Color y sensaciones al margen, a Central no le quedó otra que meterse en lo a partir de ese momento importaba: el partido. Y fue donde sufrió casi todo lo que vivió. Porque más allá de ese arranque con algo de enjundia, que claramente lo mantuvo con chances, todo se le empezó a hacer cuesta arriba en ese fatídico minuto 37 del primer tiempo, cuando Ferreyra no sólo se le plantó a Cabrera, sino que lo hizo con el codo derecho demasiado alto. Dóvalo pudo haberlo arreglado con una amarilla o haber metido un tremendo acierto con la roja que le sacó, pero de lo que no quedaron dudas fue de que el canalla debió empezar a moverse sobre otro escenario, con un libreto que no tenía en los planes y que le jugó una mala pasada.
Toda aquella algarabía de la previa, que trocó en los nervios propios del partido, desembocaron en ese gol de Carabajal en el conocido y desaforado grito de “movete canalla movete, movete dejá de joder...” Después, lo lógico: la ilusión en cada aproximación al arco rival y los padecimientos con cada contra que Argentinos metía en contra de Fatura Broun.
En el mientras tanto, el Kily intentando arreglar el equipo como podía, aunque frente a la imposibilidad de dar en esa tecla que fuera capaz de cambiar lo que parecía imposible. Por eso el equipo fue, con sus limitaciones, y se expuso, como siempre o quizá en mayor magnitud.
Un reproche más u reproche menos hacia Dóvalo no le hizo a la cuestión. Porque futbolísticamente Central siguió sin hallar su norte y con el final no hubo nada que pudiera rescatarse. Lo único fue la vuelta de los hinchas al Gigante, que fue parte de una fiesta que se pensó podía ser completa, pero que finalmente no pudo ser. Fue la fiesta que se tiró a la fosa.