Central

Central se lo ganó jugando al trotecito

Realmente Central pisó el Coloso ya sabiendo cómo debía jugarlo.

Lunes 15 de Mayo de 2017

El misterio del resultado se reveló luego del gol a la ratonera de Federico Carrizo. Ese grito marcó a fuego en qué hemisferio quedó parado cada equipo para todo lo que vino después. Ahí se definió el clásico. O, mejor dicho, fue el instante en que empezó a ganarlo Central y se terminó todo para Newell's. Es que hacía tiempo que no se veía semejante diferencia en las coordenadas que habitualmente se apoyan este tipo de partidos.

Realmente Central pisó el Coloso ya sabiendo cómo debía jugarlo. El propio Paolo Montero se encargó de inocularles a sus jugadores que el intangible de la pierna fuerte y lo emocional eran valores innegociables. La contracara fue Newell's. El equipo de Diego Osella llegó a su cancha con la ilusión de estirar la grieta que había abierto el agónico gol de Maxi Rodríguez en el clásico pasado en el Gigante, pero inexplicablemente acomodó sus huesos al peligroso rol de partenaire. Por eso la última palabra la tuvo y se la quedó Central. Por la sencilla razón de que siempre fue el que llevó la voz de mando. Newell's no sólo nunca pudo discutírsela, sino que tampoco se animó a pegarle un puñetazo a la mesa para modificar el rumbo. Aunque suene a temerario, y obviamente con el auxilio del diario del lunes, la sensación que el desarrollo fue que el que estaba pisándole los talones a Boca era Central y no Newell's. En la página 5 de esta megacobertura clásica de Ovación, el periodista Gustavo Conti sintetizó con claridad la mejor definición del triunfo canalla. Fue una victoria increíblemente fácil para Central. Había indicadores que presagiaban que el clásico podían definirlo Carrizo o Ruben, como ocurrió. También que Formica iba a sacar la cara por su equipo, como también pasó. Lo que era de kamikazes creer que Central lo resolvería con un par de soplidos. Necesitó tocar las teclas adecuadas en el sistema nervioso de Newell's para desactivarlo por completo. El resto lo hizo al trotecito, ajustando clavijas cuando debía hacerlo y zarandeando a su archirrival con la prepotencia del que siempre se sintió superior.

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