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Central perdió un partido clave ante Racing por los errores de planificación táctica

Un técnico puede ser ortodoxo, no fundamentalista. Puede apelar a todos los artilugios lícitos, pero como complemento, no como esencia. Hasta si quiere tiene todo el derecho de recurrir a una y mil cábalas, pero no debe sustentar el juego en lo sobrenatural. Porque el fútbol es real y concreto.

Lunes 13 de Abril de 2009

Un técnico puede ser ortodoxo, no fundamentalista. Puede apelar a todos los artilugios lícitos, pero como complemento, no como esencia. Hasta si quiere tiene todo el derecho de recurrir a una y mil cábalas, pero no debe sustentar el juego en lo sobrenatural. Porque el fútbol es real y concreto. Es trabajo, táctica, articulación técnica, preparación física e incluso sentido común, el que indica algo muy elemental, que cuando no se logra lo pensado es indispensable cambiar de idea.

Un equipo puede ser mesurado, no timorato. Debe ser obediente, pero debe permitirse rebeldías. Puede ser estructurado, pero debe ser creativo. Porque hablar de jugar lindo suena atractivo para el consciente popular, pero se convierte en decepción general cuando quien lo proclama no lo lleva a la práctica. Más aún si lo lindo, témino complicado de ubicar en la diversidad de opiniones, se asemeja a efectivo.

Así, entre el debe y el puede transitó el Central de Merlo ayer en el Gigante. Pero nunca pudo y al final quedó debiendo demasiado. Tanto que se rompió el hechizo. Y el temor a perder se quebró en mil pedazos. Porque perdió.

Derrota que esta vez tiene su explicación desde lo que no hizo Central, porque en el juego de los entrenadores conservadores, Caruso Lombardi no lo ganó por osadía, sino porque Franco Sosa acertó un envío con pelota parada a los 72 minutos.

¿Qué dejó de hacer Central para perder? Todo. Y la génesis de ese compendio de errores está en el técnico. Porque convicción no es sinónimo de obstinación, y Mostaza armó el equipo con la misma disposición táctica que lo hizo ante los tucumanos. Claro, había dos diferencias sustanciales, esta vez jugaba de local y enfrente estaba Racing, un equipo al que justamente no le sobran cualidades futbolísticas.

Por esto, bien podría haber incluido a Ezequiel González desde el minuto inicial para tener aunque sea uno que intente darle un destino más certero a la pelota. Pero el DT apostó a la voluntad de Zarif para fortalecer un diagrama de contención que fue excesivo, y a la luz del resultado improductivo. Además, si la idea era que Escobar y Moreno y Fabianesi jugaran adelante de los volantes de marca, por qué no incluirlo al Kily González en reemplazo del ex Gimnasia para pisar el territorio rival con más determinación, jerarquía e incluso oficio. Porque si de quemar las naves se trata, como parece indicar la política desde la preparación física, también el cuerpo técnico debería hacerlo desde lo futbolístico. Más aún cuando lo que estaba en juego eran tres puntos que hubieran representado la dosis de tranquilidad necesaria para encarar lo que viene.

Pero no. Merlo pensó que los resultados avalaban su determinación de no cambiar. Y siguiendo esa lógica la razón lo asistía. Hasta ayer. Porque ahora él y los jugadores tienen la responsabilidad de corregir. Y rápido. Porque no hay tiempo. A la vuelta de la esquina está La Plata, donde espera Gimnasia, con idéntica urgencia, con la promoción como estigma, ese virus que desde hace bastante tiempo se instaló en Rosario para enfermar a varios. Y preocupar a muchos. l

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