Viernes 02 de Noviembre de 2018
El canalla arrastraba una seguidilla raquítica de ocho partidos sin ganar (ver aparte), con un funcionamiento colectivo que no alcanzaba para doblegar ni siquiera a rivales endebles como había sido el pasado domingo Patronato, en Paraná. Por eso el clásico significaba ingresar a un túnel que podía desmoronarse en cualquier momento. Y lo sabían tanto los jugadores como el cuerpo técnico que comanda el Patón Bauza. Por eso no podían fallar. Y por eso no fallaron en esta oportunidad.
Con garra para disputar cada pelota dividida, paciencia para soportar los embates que tuvo Newell's en la etapa inicial con algunos desbordes que cruzaron el área de Ledesma y la decisión de ir al frente en el segundo tiempo para quedarse con todo, le alcanzó a Central para atar los cabos y enlazar un victoria impactante. Es que el estímulo anímico impresionante de avanzar de fase tuvo el plus de dejar de rodillas y lleno de preocupaciones a su clásico adversario.
Fueron un detalle las expulsiones de los leprosos Paredes y Bernardello y del volante auriazul Federico Carrizo. Tampoco alteró el escenario el descuento de Joaquín Torres para el rojinegro.
Central ahora deberá mejorar en la Superliga, está claro, pero el baño de felicidad que se dio ayer es el mejor combustible para reivindicarse en lo futbolístico. Además ahora asoma Temperley en el horizonte de la Copa Argentina y de superarlo quedará a apenas un escalón para dar la vuelta olímpica tan soñada y postergada en esta competencia. Todo esto significó eliminar a Newell's.
Y Bauza, un símbolo del ADN canalla, también tuvo su redención. Porque desde el pizarrón fue el artífice de que Central le haya ganado la pulseada táctica a los rojinegros. El tan mentado orden estratégico que pregona fue clave para que en el segundo tiempo el rival sea reducido a su mínima expresión.
Así, el festejo auriazul tuvo la fuerza de un tren que partió de Sarandí con destino a Rosario. Central fue una locomotora de alegría con los jugadores enganchados a la celebración en la mitad de la cancha cuando Loustau pitó el final. El Central del Patón está más vivo que nunca.