Ovación

Cada maestrito con su librito

Heinze restringió en Vélez el uso de celulares y videoconsolas y reeditó la polémica sobre cómo se conectan los entrenadores con las nuevas generaciones de futbolistas.

Jueves 04 de Enero de 2018

Gabriel Heinze tiene 39 años y es uno de los entrenadores más jóvenes de la primera división del fútbol argentino, además de portar una foja de servicios como futbolista muy poco comparable en el país. No hacen falta demasiadas presentaciones, pero el Gringo, además de Newell's, se puso las camisetas de PSG, Manchester United, Marsella, Sporting Lisboa, Roma y Real Madrid entre otros. Jugó dos mundiales y ganó la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de 2004. Experiencia y roce no le faltan. Contactos con el fútbol europeo, que se supone el más profesionalizado, menos.
   Está claro que la generación de nuevos entrenadores avanza definitivamente sobre las más veteranas. Es una renovación que propone algunas pocas variantes en los estilos de juego, quizás más verticalidad en su mayoría, aunque con los mismos problemas: las nuevas generaciones de futbolistas, en general, están más pendientes de las redes sociales y la playstation que de las estrategias programadas por el DT. Y esa característica influye sobre la sanidad del grupo, al menos sobre los parámetros que pretenden establecer los entrenadores. ¿Qué es lo mejor: combatir la tecnología o aliarse a ella? De hecho el fútbol se nutre desde hace mucho tiempo de trabajos estadísticos que permiten obtener datos importantes para la competencia. Ya es tradicional que al final de cada partido se muestren los gráficos de los remates al arco, posesión, infracciones, mapas de calor sobre las zonas del campo de juego por las que más transitan los futbolistas...
   El desafío, siempre, es encontrar la justa medida de las cosas. Hasta qué punto la posesión, hasta dónde la presión, cuándo conviene salir jugando, cuándo no. Las fanatizaciones no son recomendables nunca.
   Dicen que Heinze restringió el uso de celulares, la playstation y el tenis de mesa (el viejo y querido ping-pong) para la pretemporada. Cierto o no, exagerado o no, el tema volvió a la luz para actualizar el debate sobre cómo los cuerpos técnicos afrontan los tiempos modernos.
   La mayoría de los entrenadores de élite tratan de achicar el contacto de los jugadores con sus móviles, pero otro de los retos es poder determinar hasta qué punto es útil y hasta dónde perjudicial nadar contra la corriente.
   No existe una sola reunión familiar que no tenga un celular sobre la mesa. No hay un recreo escolar que no se nutra de iphones, samsungs, motorolas... Hasta hay semáforos lumínicos de piso en algunas esquinas para evitar que alguien cruce la calle sin mirar por culpa de su adicción al celular, ¿por qué tendría que ser distinto en el fútbol?
   Los entrenadores buscan que los futbolistas no se recluyan en sus aparatitos e interactúen, sobre todo en el vestuario y durante las comidas.
   El tema no es nuevo y también más amplio.
   En 2014, durante la conducción de Miguel Angel Russo, Central inauguró "Fútbol y cultura: proyecto de formación integral".
   El argumento fundamental estuvo en la presentación misma de los talleres: "Apunta a darle un nuevo enfoque a la formación del profesional, ofreciéndole herramientas provenientes del ámbito académico: la informática, el idioma y la oratoria, y busca que el jugador pueda hacer cosas propias de su edad y aprovechar sus capacidades cognitivas y su tiempo en aspectos formativos", se informaba en la página oficial del club.
   Russo explicaba por entonces que uno de los motivos que disparó el proyecto es, o era, el desproporcionado tiempo libre de los futbolistas entre práctica y práctica y la cantidad de horas dedicadas al ocio. Por supuesto que los talleres apuntaron fundamentalmente a los más jóvenes, cuyas obligaciones familiares generalmente son menores.
   ¿Es bueno o es malo marcarles la cancha a los futbolistas con la prohibición del uso de celulares en momentos puntuales? ¿Prohibición o aggiornamiento?
   Es muy famosa la foto de siete futbolistas de la selección en el vestuario manipulando sus aparatos tras golear 4 a 1 a Venezuela en la Copa América del Centenario, en 2016.
   Messi, Higuaín, Agüero, Maidana, Banega, Mascherano y Lavezzi fueron retratados por Marcos Rojo en la intimidad. Y la foto se hizo popular cuando el Pocho la subió a Instagram.
   La selección había ganado con autoridad ante un rival inferior, pero la repercusión no fue la mejor. No son bien vistas afuera esas postales porque se supone que precarizan la calidad profesional de los jugadores. Ni tanto ni tan poco. Al fin y al cabo es una foto como la que podría haberse sacado en cualquier mesa de cualquier familia en las fiestas de Año Nuevo antes y después del brindis.
   Del otro lado de la biblioteca existe un grupo de entrenadores, algunos de ellos de primer nivel mundial, que utilizan las nuevas formas de comunicación de las personas para potenciar sus estrategias.
   No hace falta ir muy lejos. Jorge Sampaoli le encomendó hace unos cuantos años a la empresa Mego Limitada un software que reproduce los movimientos de los futbolistas pero sin predeterminación, como sí sucede en el Fifa o el PES.
   El videojuego se llama Sandball y según explicaba el Zurdo hace tiempo "cada jugador tiene un joystick y se mueve como debería hacerlo en la cancha. Podemos ver lo que hacen y darnos cuenta de sus errores. Es muy bueno. Como se interactúa, le decimos a un futbolista, por ejemplo, vamos a presionar al 4-4-2 y el software nos muestra cómo va a funcionar ese 4-4-2 del rival. Esa interactuación va a generar que el que se equivoque, se equivoque antes del partido y no durante. Y aparte nos permite trabajar teóricamente en momentos en los que no tenemos tiempo".
   "Lo más valorable de esta herramienta es que rompe con un método tradicional de charla técnica en la que el jugador está en un rol pasivo, únicamente escuchando o mirando videos. Así, en cambio, tiene más participación y se potencia la interacción", sostenía por entonces Sebastián Beccacece, mano derecha del entrenador de la selección argentina.
   Generó miles de adeptos y otros tantos opositores.
   Algún detractor podría pensar que es como utilizar el Gálaga para preparar una invasión aérea y seguramente enumeraría argumentos.
   Al mismo tiempo un fanático de la modernidad podría poner al Zurdo y su cuerpo técnico al tope de las innovaciones tecnológicas al servicio del fútbol y tendría sus razones.
   Ni tanto ni tan poco, todo en su justa medida. Si no fuera necesario, no se entendería por qué el entrenador de la selección viajó el martes a la noche para tener contactos personales con los futbolistas de la selección de cara al Mundial de Rusia.
   Y la receta parece ser el equilibrio, como para casi toso. Ni prohibiciones que imponen una distancia no recomendable entre entrenador y futbolistas ni recursos tecnológicos estrafalarios que también atentan con el acercamiento entre las partes.
   Es cierto que el vestuario ya no es como antes y que ahora los líderes son mucho menos dogmáticos. Tan real como que los entrenadores modernos se parecen más a los futbolistas que a un DT.
   En algún punto las funciones se tocan y ahí cada una de las partes debe guardar su lugar. Si no es así, no hay dogma ni tecnología que valga.

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