Ovación

Bravos muchachos

El conflicto de Racing, que derivó en la salida de su entrenador, es una muestra en escala de lo que sucede en la mayoría de los clubes cuando sus estrellas, alimentadas por su ego y por los dirigentes hinchas, comienzan a creerse más importantes que las instituciones

Miércoles 29 de Noviembre de 2017

"Confirmo mi alejamiento de Racing, Lo último que quiero es hacerle un mal al club. No hubo problemas. Agradezco a los jugadores. He recibido muestras de apoyo. Yo estaba con dudas y me llamaron mis jugadores. Incluso, Lisandro vino a mi casa a charlar conmigo para ver qué necesitaba. Los saludé uno por uno". Cuenta Diego Cocca que decidió acortar su tradicional distancia con los futbolistas, pero que ni así pudo convencerse de continuar al frente de uno de los planteles más ricos de la primera división del fútbol argentino. Aunque su esfuerzo por disimular desavenencias sea grande, está claro que los futbolistas sentenciaron al entrenador que, entre otras cosas, es el último campeón con Racing. Con lo que representa ser campeón con Racing, casi una rareza.
   Las estrellas del fútbol en vías de retiro son bravas. Son una especie de vacas sagradas intocables cuyo ego las hace creer que son más importantes que la institución para la que juegan. Pero ese no es el único problema, los dirigentes, contaminados de fanatismo y cholulismo, también los ubican en un sitial que no les corresponde y entonces se potencian.
   La mayoría de los clubes tienen al menos uno. Y cuando no los tienen sufren la falta de referentes. Dos extremos. Una cosa es un referente y otra muy distinta es un dueño. De nuevo: la mayoría de los clubes tienen un dueño adentro de la cancha.
   Cuando esas estrellas se creen más importantes que los escudos llega el momento de tomar decisiones drásticas, políticamente incorrectas, antipopulares, pero imprescindibles para la sanidad de esas instituciones.
   La saga de desencuentros entre Cocca y el capitán Lisandro López viene de lejos. Tras la derrota con Argentinos Juniors, el 30 de septiembre, López le dio el formato de autocrítica a un mensaje directo a Cocca: "Tenemos que jugar mejor, tener más confianza, más audacia. Debemos tener la confianza grupal e individual para animarnos a gambetear, a tirar una pared, a tener creación de juego, a generar situaciones de gol".
   Al ratito, llegó la respuesta de Cocca: "No es momento de decir las cosas para afuera, sino de seguir trabajando para adentro. Estamos convencidos de que esto va a mejorar. Tenemos un buen plantel". Ya se veía venir que no habría lugar para los dos a la brevedad.
   Hace rato que se sabe que sólo los buenos resultados prolongarían la continuidad de Cocca, juzgado y ejecutado desde hace unos cuantos meses por un grupo de futbolistas que sólo mira su ombligo.
   Víctor Blanco, buen dirigente pero en tiempos de reelección, se balanceó hasta donde pudo.
   Licha López está en el final de su carrera y las estrellas en ese estado se ponen peligrosas. Les da por desestabilizar. Aunque parezcan sorprendidos o finjan por lo que generan, saben perfectamente lo que provocan.
   Ya en julio el capitán de Racing reconoció en Radio Mitre que evalúa el retiro. "Pienso en el retiro. Vamos a ver cómo transcurre este semestre hasta diciembre. Y luego tendré que evaluar semestre a semestre", dijo.
   Es una historia como muchas dentro del fútbol argentino. A las figuras hay que alimentarles el ego para controlar sus emociones, pero llega un momento en el que se hacen inmanejables, los puede la gula cuando la angustia del final empieza a hacerse carne en ellos. Y desestabilizan todo los que le pasa cerca.
   Sucede en todos los clubes. Algunos lo manejan tirando la pelota para adelante, otros lo sobrellevan, pero la mayoría cae en un estado de depresión institucional del que cuesta salir. La crisis tarda tanto en extinguirse como demora en atenuarse la luz de la estrella en retirada.
   Sus primeras víctimas son los entrenadores. Las vacas sagradas no soportan el segundo plano, no toleran el banco de suplentes. Les cuesta el retiro que, de hecho, no es sencillo para nadie.
   ¿Cuánto mejoró Leandro Romagnoli en los últimos tiempos como para pasar de marginado a titular en San Lorenzo? Muy sencillo. Diego Aguirre no lo ponía porque no estaba a la altura de la competitividad que él requería y Claudio Biaggio quiere ser el entrenador del club. Imposible suponerlo al Pampa en el banco cuervo en 2018 si no tiene una buena relación con Pipi, quien no debería ser más que un futbolista al que la institución le reconozca todos sus méritos. Así son las cosas. Y quizás así deban ser.
   ¿Cuánto le llevó a Boca desprenderse de la era Riquelme? Muchísimo. Y cualquier hipótesis de conflicto amenaza con reinsertarlo. Hasta que su figura no termine de humanizarse no dejará de ser la vara que marque la diferencia entre el bien y el mal en Boca. Por supuesto, una vara inmensamente alta.
   Pasa en todos los clubes, en la mayoría al menos. Algunos logran posicionar sus conflictos en un segundo plano, pero sólo lo consiguen aquellos cuyas figuras no son tan fulgurantes.
   Cuando las figuras superan a las instituciones, o creen que lo han hecho, las dirigencias deberían actuar. Generalmente sucede en tiempos de crisis política y deportiva. Por eso es trascendente acompañar el crecimiento cronológico de esas estrellas en tiempos de bonanza, pero tener la capacidad de gestión necesaria para ayudarlos a construir su retiro.
   Por ejemplo: Racing gasta millones en futbolistas, pero no invierte en convivencia. Las transiciones son casi siempre caóticas y nocivas económicamente. No hay plata que pague el conflicto con las vacas sagradas.
   Cuentan que Gabriel Heinze tenía todo arreglado con San Lorenzo, pero la institución no quiso pagar el costo político de desprenderse de sus principales héroes campeones de América. Ya bastante caro les salió el desplante a Ortigoza. Y es probable que San Lorenzo se haya perdido a un futuro gran entrenador, o haya modificado su política de contratación de entrenadores para no pagar otros costos. No sólo no es lo ideal, tampoco corresponde. Los dirigentes se deben a su eficiencia y a sus gestiones y no a los humores de sus futbolistas consagrados.
   El conflicto entre Cocca y los jugadores de Racing se hizo público y esa es, probablemente, la única diferencia con otros clubes que conviven con sus estrellas y sus veleidades como pueden y en silencio. Quizás sea un buen mensaje para los dirigentes que transitan por situaciones similares. O todo será hasta el próximo conflicto.


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