Viernes 28 de Octubre de 2011
Con la muerte de Amílcar Brusa partió ayer una figura ilustre del boxeo mundial y comenzó a gestarse una de las máximas leyendas del deporte nacional, en la misma galería de auténticos grandes donde ya grabaron a fuego sus nombres figuras de la talla de Fangio o De Vicenzo. Había cumplido 89 años el sábado pasado y falleció en un sanatorio de la capital santafesina donde se encontraba internado desde hace veinte días, afectado por una bronquitis que se complicó y apagó su vida pasado el mediodía de la víspera.
Miembro del Salón Mundial de la Fama del boxeo, apreciado y respetado como pocos en un ambiente despiadado donde mandan el dinero y las apuestas por encima de las cualidades humanas, Brusa trascendió con creces su condición de orfebre y entrenador del más grande boxeador que ha dado el boxeo argentino: Carlos Monzón no sólo fue su discípulo, también se sentía un hijo pródigo de quien lo catapultó al top ten boxístico de todos los tiempos y latitudes.
"La gente está muy confundida porque cree que Monzón me debe todo a mí, cuando en realidad soy yo el que le debe todo a él", comentó alguna vez Brusa a La Capital en una frase que resume su humildad propia de los grandes en serio: "mi nombre se conoció internacionalmente asociado al de Carlos". Con ese mismo espíritu asistió a la inauguración de la nueva corresponsalía de este diario en diciembre de 2007, donde su voluminosa figura contrastaba con su moderado perfil.
Había nacido el 23 de octubre de 1922, en el paraje Los Avispones, en el norteño departamento San Justo a unos 100 kilómetros de la capital santafesina. Antes de convertirse en el forjador de nada menos que 14 campeones mundiales, de los cuales Monzón fue la joya sobresaliente, tuvo un breve paso como pugilista amateur en la categoría pesado disputando 30 peleas en las que se adjudicó el certamen Guantes de Oro, con sólo tres derrotas, dos de ellas con Rafael Iglesias, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres en 1948.
Luego de convertirse en una celebridad y triunfar como entrenador en todos los cuadriláteros del mundo retornó a Santa Fe después de estar radicado en los 80 en Venezuela y posteriormente en Los Angeles, Estados Unidos. En su tierra natal transcurrió sus últimos años dedicado no sólo al gimnasio familiar ubicado en el microcentro de la capital provincial, sino también a entrenar a chicos humildes en el gimnasio montado por el gremio UPCN.
Ayer se le rindió homenaje hasta en el Senado santafesino, donde se interrumpió la sesión para rendirle un merecido tributo. Un incesante desfile de familiares, personalidades y admiradores se aguarda esta mañana en la sala donde sus restos serán velados entre las de 9 y las 15 antes de ser cremados, en la emocionada despedida de quien fuera quizá la más distinguida personalidad que Santa Fe lanzó al universo deportivo.