Hockey

Ayelén Stepnik: "Dimos gran parte de nuestra vida para poner al hockey en lo más alto"

A 20 años de la histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Sydney, donde nacieron Las Leonas, una de las dos rosarinas de aquella camada fundacional se refirió a ese equipo extraordinario al que además calificó de "familia".

Martes 29 de Septiembre de 2020

Si aquel equipo que brilló en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 no hubiera tenido que atravesar los obstáculos que atravesó y los resultados hubiesen llegado antes, probablemente hoy se seguiría hablando de la selección argentina femenina de hockey sobre césped. De un nombre propio tan simple como extenso. Pero de la adversidad nacieron Las Leonas, hace 20 años. Es probable, que en lo más íntimo, el asunto ya se viniera gestando hacía tiempo, pero ese nacimiento se dio cuando se tuvo que dar. Ni antes ni después. Necesitó de un momento propicio. Y lo tuvo.

El destino quiso, sin embargo, que ese enorme equipo que ya había mostrado muy buenos signos de poder ser más, sufriera una metamorfosis, se constituyera como tal y tuviera, definitivamente, una nueva identidad. Quiso que, un grupo de 16 mujeres se convirtieran en fundacionales, históricas, únicas. En las primeras, en las que abrieron el camino. Y quiso también que entre ellas hubiera dos rosarinas: Ayelén Stepnik y Luciana Aymar.

A 20 años exactos de ese momento, la rubia mediocampista que dejó su marca usando la camiseta Nº 6, desanda recuerdos y descifra en palabras la esencia de esta historia que aún conmueve. "Ser Leona es poder trasladar a la vida todas las cosas lindas que aprendimos en el deporte", dice Stepnik. Y se saca el sombrero ante esas compañeras y cuerpo técnico inolvidables. Todo un signo de lo que significaron. Los define como familia y no duda en esta sentencia: "Dimos gran parte de nuestra vida para poner al hockey en lo más alto".

¿Qué es lo primero en lo que pensás cuando pensás en Sydney 2000?

Lo primero que se me viene a la cabeza es ese día en el que salimos a la cancha con la Leona estampada en la camiseta. La noche anterior, cuando Kari (Masotta), la capitana, nos reunió a todas en una habitación junto al cuerpo técnico y nos lo propuso fue un momento de mucha unión, como que empezaba un torneo nuevo para nosotras. Veníamos de una pálida grande, de enterarnos que pasábamos con cero puntos a la segunda ronda y estábamos obligadas a ganar todos los partidos que quedaban. Cuando se planteó lo de la camiseta se generó una fuerza muy grande, más que nada desde la parte motivacional, anímica. El día que estrenamos esa remera fue especial, no sabíamos bien si la podíamos usar o no, viste que en los Juegos Olímpicos no pueden tener nada comercial, pero bueno, era un dibujito… Pasó.

¿Ese fue “el” momento?

Después a mí se me viene muy a la cabeza el partido contra Nueva Zelanda que ganamos 7 a 1, no queríamos que termine, era un partido que lo estábamos disfrutando… Generalmente llegabas agotada a los últimos minutos pero este era como que no tenía fin, como que queríamos jugarlo toda la noche.

En ese partido que les daba acceso a la final contra Australia sucedió algo muy loco, muchas jugadoras lloraban mientras jugaban.

Sí, llorábamos. Las que estábamos adentro, las que estaban afuera. Pero también porque sabíamos que teníamos una medalla asegurada, pasábamos a una final olímpica que es el sueño de cualquier deportista. Volvíamos al país con una medalla, entonces era festejo, no nos importaba mucho más. Me acuerdo también que Cacho (Vigil, el DT) me sacó en los últimos minutos, que hizo jugar a todas y que también llorábamos en el banco. Eran increíbles esos abrazos, la emoción que teníamos.

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Había algunas jugadoras que sabían de esta posibilidad de que el equipo tuviese un nombre y otras que no. ¿De cuáles eras?

No, yo no estaba al tanto y siempre fui medio colgada (risas). Me enteré ese día que nos llamaron a una reunión en el Cenard, antes de viajar y nos comentaron que teníamos una charla con la psicóloga (Nelly Giscafré). Ahí fue que nos propusieron ponernos el nombre de un animal que nos caracterizara. Al principio nos mirábamos como raras. A alguien se le ocurrió Leonas. Me acuerdo que después en las entradas en calor, que siempre vas corriendo al lado de alguien, conversábamos el tema. Quería saber qué pensaban mis compañeras pero por dentro decía: “¿Qué va a cambiar que seamos Las Leonas o Las Tigresas o como sea. Adentro de la cancha somos las mismas y más allá de cómo nos llamemos hay que correr igual”.

Es real, pero también suena mágico que todas coincidan en decir que el día que se pusieron esa camiseta tuvieron otra fuerza.

Sí, pero fue así. Generó una unión mucho mayor, más fuerte, fue un ícono que nos unió mucho más. Obviamente que ya veníamos entrenando muy bien. Imaginate que nos habíamos preparado cuatro años para ese momento, estábamos súper afiladas. Luis Barrionuevo, el preparador físico, nos mataba con los entrenamiento. No es que el mote o una Leona simbólica te va a salvar. Primero había un trabajo superplanificado. Y bueno, se dio este condimento de esta mala interpretación del reglamento, necesitábamos ese empujón anímico y llegó en el momento justo. Creo que no podría haber sido mejor lo que pasó.

Mientras eso pasaba, en Argentina se empezaba a vivir una revolución con ustedes. ¿De qué se enteraban del otro lado del mundo en una época sin redes sociales?

Fue muy lindo porque en la Villa Olímpica, que es como una miniciudad en la que vos tenés todo: edificios, por zonas, por delegaciones, todos los servicios, había como un telecentro. Entonces los atletas íbamos al telecentro, que era una sala grande con muchas computadoras y tenías que conectarte, pero tenías que hacer cola y esperar tu turno. Era la única forma de comunicarse con los seres queridos o familiares. Y bueno, los primeros días los mails que llegaban eran de gente que conocías, abrías la casilla y estaban los mails de tus hermanos, de tus amigas. Pero en los últimos días eran mails de gente que no tenías ni idea de cómo había conseguido tu casilla. Te mandaban mensajes tan cariñosos y tan lindos que salías de ahí reconfortada. Y era un tema en común, estábamos todas enloquecidas con lo que pasaba en Argentina, con lo que estábamos viviendo, con la revolución linda de que todo un país estuviera pendiente, alentando, tirando buenas ondas.

En Ezeiza las recibió una multitud y a vos y a Luciana también las recibieron especialmente en Rosario. ¿Cómo viviste esa locura?

No, no, increíble. Yo me acuerdo que pasábamos, que nos esperaron con un camión. Y sí, era una caravana a la que me parece que nos subimos en el inicio de Avenida Pellegrini. Autos, gente por todos lados y pasábamos tocando bocina, con la sirena, salían por los balcones a saludar. Era increíble. Nosotras nos mirábamos y sólo era disfrutar, teníamos una sonrisa de oreja a oreja que no lo podíamos creer. Imaginate que el hockey ni era un deporte popular ni conocido, lo practicaba poca gente y recibir eso fue inesperado para ese momento y para ese deporte.

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¿Entendías ese furor?

Sí, por un lado sí porque veníamos de ganar una medalla de plata que para nosotras era lo más pero quizás costaba dimensionar. Por dentro decías: “Sí, regroso”, pero en ese momento también estando ahí adentro un poco lo naturalizás y quizás vas tomando noción cuando va pasando el tiempo. En estos días mirando los reconocimientos, los programas, ves que pasaron 20 años y pensás: “Uh, che, no, regroso lo que hicimos, no hay que tomarlo tan a la ligera. Realmente fue regroso”.

¿Hay una condición eterna para Las Leonas del 2000? ¿Serán siempre Leonas, sin el “ex” a pesar de haberse retirado?

Y sí, vamos a ser siempre Leonas (risas). Las chicas decían que somos como una familia, tenemos la unión de una familia. Todos estos años cada una ha hecho su vida, con algunas estamos más en contacto que con otras, cada una tiene sus actividades pero vamos a seguir siendo siempre Leonas porque creo que una lo lleva adentro. Fuimos Leonas adentro de la cancha pero cada una hoy es Leona en lo que hace en su vida, cada una ha trascendido más allá de un rectángulo y con un palo y una bocha. Eso es ser Leona, poder trasladar a la vida todas esas cosas lindas que aprendimos en el deporte. Y somos todas Leonas en lo que hacemos porque dejamos todo, con esa pasión que jugábamos estoy segura que cada una hace su actividad diaria. Como Mariela Antoniska, que es médica en el Garraham y en un momento como este dando todo, Mechi (Margalot) como periodista, también Magui (Aicega), la ves a Lucha (Aymar), a Maripi (Hernández), la pasión que cada una le pone a lo que hace.

¿En qué sentís que se representa el legado?

El legado es haber generado esas ganas que hoy tienen las nenas de ser Leonas, de jugar al hockey, de querer ponerse la camiseta argentina y de querer ir a ver al equipo a un torneo, juegue donde juegue. Creo que ese es el legado mayor, haber popularizado un deporte y que eso haya generado un entusiasmo tan grande.

¿Lo que hicieron genera una responsabilidad para toda la vida?

Y sí, tal cual, te queda para siempre. Es como cuando recibís un halago, un reconocimiento de los que te acuerdan de haberte visto jugar, también estás en la mira de esa gente. Po más que ya no juegues fuiste una referente adentro de la cancha y hoy lo seguís siendo por todo lo que una representa. Tenés una responsabilidad mayor, claro que sí.

Cuando empezaste a viajar a Buenos Aires para integrar los seleccionados no sabías lo lindo que iba a llegar. ¿Con qué soñabas entonces mientras dormías en el Cenard y extrañabas tu casa?

Yo ya venía de jugar en Atlanta 96, esos habían sido mis primeros Juegos Olímpicos. Pero había un sabor amargo, no nos fue bien (séptimas), yo era muy chica, muy suplente y no tenía mucha experiencia. Lo que pasa es que siempre querés más, tenés nuevos objetivos. Y el mío era poder quedar en la lista definitiva para viajar a Sydney 2000. En lugar de estar todos los partidos en el banco quería ser titular, ser más protagonista, eso me movilizaba y era por lo que viajaba a Buenos Aires. Representar a tu país es muy movilizante y con todas las jugadoras que había, ser una de las 16 elegidas para eso es un privilegio. Entonces, más motivación que esa creo que no hay. Además teníamos el objetivo de llegar a Sydney de la mejor manera, queríamos ser protagonistas.

Si hoy, 20 años después, mirás esa foto del podio con la medalla de plata colgada del cuello, ¿qué ves?

Felicidad. Un equipo unido y feliz que logró lo que quiso, que logró lo que fue a buscar. Esa presea tan ansiada que era lo que se merecía. Fue un premio, un regalo de la vida al esfuerzo que hicimos todas durante tanto tiempo, nos merecíamos eso indudablemente. Lo habíamos entrenado, lo habíamos visualizado esos cuatro años, era un compromiso tan grande por parte de todas con el equipo... Este grupo era tan lindo… Todas tirando para adelante, dejando todas todo, no había especulaciones. Vos sabías que tenías al lado a una compañera que entregaba el alma y no podías no hacer lo mismo. Era algo lindo, contagioso. Todas contagiaban cosas y se generaba una energía hermosa. Obviamente que 20 años después nos vemos cambiadas pero para otras cosas es como que no pasaron 20 años. Esa nobleza, esa sinceridad que tenemos cuando hablamos entre nosotras es la misma.

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¿Cómo definirías “Ser Leona”?

(Suspira) Ser Leona es un privilegio, no es para cualquiera. Ser Leona es para un grupo muy reducido de gente que se anima a aceptar desafíos grandes y que deja todo para poder concretarlos. Es algo muy lindo, muy especial. Leona es una palabra muy especial. Y yo tuve el privilegio de haber formado parte de ese equipo por el que me saco el sombrero. Me saco el sombrero por cada una de sus integrantes, tanto del cuerpo técnico como de las jugadoras. Porque todos dimos gran parte de nuestra vida para poner al hockey en lo más alto.

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