Ovación

Aquella noche de gloria

Hace cinco años, Las Leonas, con Luciana Aymar como capitana, se consagraban campeonas del mundo en Rosario.

Viernes 11 de Septiembre de 2015

Más de quince mil almas iniciaron el conteo ensordecedor: “¡10! ¡9! ¡8! ¡7! ¡6! ¡5!...” Luciana Aymar levantó su palo y empezó a saltar. Mariné Russo la siguió de inmediato, se abrazaron, se cayeron, se tiraron unas arriba de otras, no esperaron a que sonara la chicharra del final. El resultado estaba puesto y la emoción salía por todos lados. Leonas, otra vez, campeonas del mundo. En Rosario, en el Estadio Mundialista, hace exactamente cinco años. Aquella noche, que quedará guardada como una de las más gloriosas del deporte argentino, quizás sea la más importante en la historia deportiva de la ciudad. Y encima, con la Leona máxima, la mejor de todas, Lucha, cumpliendo el sueño de levantar la copa como capitana a unas cuadras de su casa. Inolvidable celebración.
Parece ayer pero ya pasó bastante tiempo. Sin embargo, el recuerdo del Mundial de Rosario está latente. Tan a flor de piel que cada vez que Las Leonas juegan en la ciudad hacen referencia inmediata a esos días inolvidables. Días, más de 15, durante los que la ciudad, futbolera como pocas, habló de hockey, respiró hockey y lo celebró imprimiéndole esa pasión que no se ve en otras latitudes. Rosario, la Cuna de la Bandera, fue la cuna de Las Leonas y la parada obligada de miles de almas que llegaron desde todas partes del país para acompañarlas en la búsqueda de su segundo título Mundial.
Cada paso, por aquellas semanas, era cruzarse con alguna referencia hockística. Avisos en vía pública, camisetas de Leonas, guardias frente al hotel de Argentina, mucho acento extranjero. El clima emocional acompañaba y se respiraba en el aire la sensación de que a ese equipo era imposible que se le escapara el título. Se había preparado de un manera sensacional pero además, todo el alrededor lo potenciaba. Las conferencias de prensa de las jugadoras en la concentración eran un show en sí mismas, reflejaban la confianza plena y la locura del afuera se transmitía en motivación. Argentina ganó los siete partidos camino al título, de pe a pa, sin objeciones.
El Mundial de Rosario fue el segundo conseguido por Las Leonas, tras Perth, Australia, 2002. Cada logro fue particular. Aquel por ser el primero y ocurrir en tierras tan lejanas, este por estar acá, al alcance de la mano, en una ciudad accesible para todos los argentinos que quisieran llegar. Y especial también por ser el pago chico de Aymar, que aprendió a jugar al hockey a pocos metros de ese estadio que se construyó especialmente para la ocasión (y hoy perdura como uno de los escenarios más importantes del interior). Lucha, ante los ojos de su gente, jugó un torneo extraordinario. Unos meses antes dejó de competir a nivel clubes para cuidar el tobillo y no arriesgar. Mucho se habló en esa previa. Si podría soportar la presión... Y vaya si la superó: tres goles y dos asistencias en el debut: 5 a 2 a Sudáfrica. Después voló y fantaseó como nunca, tanto que también marcó el gol más lindo de su carrera, a China, que después llamaron “barrilete cósmico” por la similitud del gol de Maradona a los ingleses en el Mundial 1986.
La consagración llegó el 11 de septiembre, contra Holanda, el clásico rival. Pintaba para ser una final complicadísima. Y la tensión de la antesala se diluyó en sólo tres minutos, cuando Carla Rebecchi conectó un centro de Soledad García y mandó la primera bocha a la red. Delirio. El Mundialista no daba para más. A los siete, como si no hubiese alcanzado con la emoción inicial, Noel Barrionuevo clavó el segundo de córner corto. De entrada nomás, Las Leonas delimitaron el terreno. Descontó Holanda más tarde con la infalible Maartje Paumen desde el fijo, pero cuando los nervios iban tomando forma, otra vez Rebecchi, la delantera de los goles importantes, marcó el tercero y selló la historia.
El festejo empezó en la cancha, con esa montaña humana, felina y llena de emociones. Continuó con la premiación y un himno bailado arriba del podio con estridencia en las tribunas. Un rato más tarde, cientos de fanáticos acompañaron la caravana que encabezaron Las Leonas en un colectivo sin techo hacia el sitio impostergable: el Monumento Nacional a la Bandera. Para la intimidad quedarían unas horas más de festejo en un boliche. Aquella noche fue inolvidable para el hockey argentino en general y para la ciudad en particular. Fue una noche de gloria.

 

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