Ovación

Al Gordo le corrieron el arco

A Leo Fernández todo lo que hizo aún no le alcanza, ya que los directivos delegaron en el resultado del clásico la decisión de su continuidad. Existen opiniones dispares y 2018 será un año electoral, período en el que los errores deportivos tienen un costo político.

Miércoles 06 de Diciembre de 2017

"Si suma ocho puntos en los cuatro partidos tendrá continuidad". Esta fue la respuesta ante una consulta de Ovación que ofreció uno de los dirigentes canallas que deciden las cosas importantes, horas después de haber elegido a Leo Fernández de técnico interino del plantel profesional, tras la anticipada y previsible salida de Paolo Montero.
Ya en ese momento se presentaba como una exigencia desmedida la pretensión gubernamental de Central, porque pedirle al conductor de la reserva que sume el doble de puntos en la mitad de los partidos con respecto a lo producido por Montero era condenarlo a la cárcel de la frustración. Más cuando los adversarios de la hoja de ruta inmediata eran Talleres, Boca, Independiente y Newell's. Y porque el equipo hasta ahí no había ganado en la Superliga y tenía cuatro unidades en ocho presentaciones.
Pero por lógica, tampoco podían designarlo como interino sin darle una esperanza. Porque es contraproducente desalojar la ilusión natural que todo entrenador tiene en afianzarse como DT de primera, ya que esa llama interior es la que ilumina el fervor y la fuerza de voluntad para tratar de alcanzar lo que a priori, en este caso, le presentaron como una quimera.
No obstante, la pendiente escarpada que le diseñaron al actual entrenador interino, Fernández armó su cuerpo de colaboradores y fue hacia el complejo objetivo con el beneplácito del plantel como aliado relevante.
Visitó a Talleres en Córdoba y adentro. Primera victoria en Superliga y clink caja. A la semana recibe al líder Boca. Y otra vez triunfo. Palo y a la bolsa. En dos partidos Central salió del fondo, sumó más que Montero en ocho cotejos, y quedó a sólo dos puntos de la exigencia que había puesto ese directivo cuando se refirió a las ocho unidades.
Estos dividendos, más el importante cimiento de empatía que constituyó con el público por haber ganado la Copa Santa Fe con los juveniles, le empezó a dar consistencia a una corriente de opinión popular de respaldo a este entrenador, hasta ahí de perfil bajo. ¿Y por qué hasta ahí? Porque después de vencer a Boca sus palabras fueron requeridas por todos los medios porteños, ya que querían conocer un poco más al para ellos ignoto conductor canalla. Por supuesto que siempre con la idiosincrasia de esos medios centralizados de Buenos Aires: porque para ellos no ganó Central, sino que perdió Boca (como así en esa misma fecha no ganó Newell's, sino que perdió River). Y esa mayor exposición de Fernández también generó ruido entre los que deciden porque es sabido que a la hora de mediatizar las cuestiones los celos afloran.
Pero disquisiciones al margen, a Leo Fernández le quedaban dos partidos para intentar alcanzar la meta. Pero paradójicamente tras el éxito frente a Boca, desde la usina dirigencial dieron a luz una nueva exigencia. Sí. Al Gordo le volvieron a correr la línea de llegada. Se la alejaron. Porque ante Independiente tal vez podría acceder a la meta si repetía victoria. Por eso establecieron que su continuidad ya no dependía de ocho puntos, sino que debía ganar el clásico. Tal como también lo anticipó Ovación.
La postergación del partido en Avellaneda disimuló este cambio de requisitos y maquilló las inseguridades dirigenciales. La verdad sea dicha: entre los que deciden no hay coincidencia. Ni aún hoy.
Los cabildeos sobre la determinación a adoptar están vinculados al temor a equivocarse, porque la gestión ya entendió que los errores deportivos se paga con altos costos políticos y en el ingreso a un año electoral el contexto impone reducir el margen. Más cuando el termómetro de la política elevó su temperatura con el masivo registro de agrupaciones.
Es por ello que cuando no hay consenso y la palabra proyecto queda esmerilada por la ausencia de logros deportivos, se opta por decidir según al resultado que arrojen los hechos. Las convicciones pueden esperar. O en todo caso también cambiarlas por los resultados.
Entonces. Si Central gana el clásico, Leo Fernández será DT titular. Caso contrario su interinato se habrá extinguido. Así de práctico. E injusto. Porque un resultado tiene causas y consecuencias, pero fundamentalmente tiene un recorrido. Y es allí donde radica el análisis.
Por eso será muy complicado para los directivos decidir si el derby rosarino concluye igualado, porque desde la mensura de la eficacia, siete puntos sobre nueve arroja una admirable productividad: 77,77 por ciento. Un guarismo que pone en términos relativos cualquier fallo y amplía la chance de marrar.
Por supuesto que el rendimiento del equipo auriazul no exhibió una considerable mejoría bajo el mando de Fernández con relación al ciclo Montero, pero sí se observa un componente actitudinal más intenso, lo que incidió en la concreción de dos triunfos en línea.
En la mesa chica desde donde nacen las órdenes no hay homogeneidad. Hay posiciones diversas y no está mal. Aunque ninguno tiene la convicción firme para decir que sí o que no. Mientras uno cree que deben traer un técnico con mayor rodaje, otro sostiene que salvo nombres rutilantes y con pasado canalla, es el actual DT quien dispondrá de mayor tolerancia ante algún traspié inicial en 2018. "Si traemos un técnico nuevo y arranca mal, vamos a pagar doble costo: el de haberlo traído y el de no haberlo dejado a Fernández, por eso hay que esperar el clásico por todo lo que representa", contó ayer con claridad meridiana un referente de la gestión.
Más allá de las dudas y disidencias, Central está en la antesala de un clásico que define un aspecto deportivo con implicancias políticas. A los directivos les creció el DT interino y por eso elevaron la vara. Ahora esperan que la continuidad o no de Leo Fernández la defina un resultado. El domingo se sabrá.

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