Domingo 07 de Septiembre de 2008
Las películas que protagonizaba Luis Sandrini hacían reír y llorar. Fueron una marca registrada en la historia cinematográfica de nuestro país y todavía los canales de cable suelen darles pantalla. Lejos del celuloide, el fútbol es otra cosa. Pero la sensación que transmite la selección de Alfio Basile es idéntica a lo que generaban esos filmes costumbristas. Argentina es una caja de sorpresas a lo largo de los 90 minutos. Ayer ante Paraguay jugó un primer tiempo paupérrimo desde lo táctico, lo individual y lo colectivo. Los players del Coco se complicaron tanto la vida que incluso Gabriel Heinze metió de cabeza el gol guaraní y además el Gringo le pegó sin intención un golpe de aquellos al Pato Abbondanzieri (ver aparte). Acto seguido Carlos Tevez metió un planchazo típico de Fuerte Apache y vio la roja directa. Todo se derrumbaba. Sin embargo, Argentina jugó mejor con diez que con once y en el segundo tiempo generó acciones de riesgo como la que capitalizó Sergio Agüero para decretar el empate. Entonces renació la ilusión. Así es esta selección, va del amor al espanto en un mismo partido.
Los primeros diez minutos fueron un grato espejismo de lo que sería el primer tiempo. Argentina era prolija con la pelota y comenzó a rodearle la manzana a Paraguay. El vértigo lo aportaba Angel Di María con sus desbordes punzantes por izquierda. Incluso mereció ser gol un tiro libre que ejecutó con maestría Juan Román Riquelme y devolvió el travesaño. Pero la luna de miel se terminó abruptamente. Heinze cometió un error de principiante: dejó picar un pelotazo frontal y ante el asedio de Nelson Haedo cabeceó contra su propio arco y puso en ventaja a los de Gerardo Martino. Fue un mazazo que duró hasta el entretiempo.
La línea de tres defensores que integraron Fabricio Coloccini, Martín Demichelis y Heinze fue un verdadero mamarracho. No hubo coordinación de movimientos y en la salida les obsequiaban la pelota a los contrarios. Encima Esteban Cambiasso sigue sin justificar su convocatoria. Esto, sumado a la expulsión prematura de Tévez, fue un combo demasiado pesado.
Paraguay estaba cómodo. Casi sin arriesgar rescataba un triunfo histórico. En el entretiempo el Coco Basile apostó a ganador y le salió bien. Daniel Díaz reemplazó a Heinze y cumplió. La línea de tres lució más compacta y Demichelis levantó el nivel.
En el medio Zanetti tuvo ida y vuelta por la derecha, Mascherano hizo pie en el círculo central y Cambiasso fue ordenado por la izquierda. La clave de la remontada estuvo corporizada en los dos delanteros. Por un lado, Messi se animó a pedir la pelota y en velocidad fue incontenible. Y por el otro, el ingreso de Sergio Agüero aportó una inyección de calidad. Justamente la Pulga metió una corrida electrizante y cedió la pelota al ingreso vacío del Kun, que se perfiló y sentenció con jerarquía a Justo Villar. Riquelme no pesó como enlace.
En el final lo pudo ganar Argentina con un cabezazo de Coloccini. También pudo ser festejo guaraní en la tapada de Carrizo al testazo de Haedo. El empate refleja la realidad de una selección que todavía no tiene solidez. Basile no encontró a los jugadores ni al sistema y eso genera incertidumbre. En Sudamérica alcanza con una inspiración individual para tener una eliminatoria sin sobresaltos, pero la cosa cambia en el Mundial. Por eso el público argentino ayer dejó el Monumental con una mueca de fastidio.