Ovación

A Newell's le faltó el punch final

El conjunto rojinegro empató con River 0 a 0 pero estuvo más cerca de la victoria. El arquero millonario Juan Pablo Carrizo fue uno de los responsables que evitó la caída de su equipo. 

Lunes 18 de Febrero de 2008

Por Mauricio Tallone / La Capital

Como paradoja queda que Newell’s estuvo a punto de romperle el sistema nervioso a River y no lo hizo. Tampoco fue un pecado no aprovecharse de esta situación, por más desquiciado o cuestionado que haya llegado el rival luego del cachetazo copero recibido en Perú. Es cierto que no son muchas las oportunidades que se tienen para darle el golpe de gracia a un grande que hoy luce dormido. De cualquier manera, si algo merece el elogio es que el conjunto de Caruso Lombardi supo ponerle la mano en el pecho con autoridad y marcarle de movida el terreno. No le ganó porque no rindió con la mejor nota la materia dedicada a la concreción de las jugadas que generó.
  Las trepadas de Nico Cabrera retrataron la imagen más nítida de la propuesta de Newell’s. Caruso había anticipado durante la semana que la única forma de hacerle un agujero al tejido colectivo de River era con sus volantes por afuera. En el primer tiempo Newell’s se recostó en esa vocación para buscar el desequilibrio. Utilizó casi sintemáticamente al ex jugador de Racing y Gimnasia para desarticular a Villagra. Cada centro era un puñal que se clavaba en la defensa millonaria. Encima, Buonanotte nunca acompañaba a ninguna camiseta leprosa hasta la mitad de la cancha. El sector derecho era tierra fértil para la siembra rojinegra.
  De hecho, no fue casualidad que el cabezazo de Schiavi que obligó a una estirada magistral de Carrizo llegó de un envío de Cabrera. También hubo un frentazo desviado de Spolli y un desborde envenenado de Quiroga que Salcedo no llegó a conectar. No sólo sorprendía la facilidad con la que Newell’s causaba múltiples problemas, sino lo livianito que estaba River a la hora de equilibrar la balanza con sus ataques.
  Es que se pensaba que River iba a atropellar con su juego. Que Ortega sería el prestidigitador de cada avance y que Abreu y Falcao se calzarían el traje de búfalos indomables para Schiavi, Spolli y Ré. Poco de eso ocurrió. El uruguayo fue una simple estatura a la que el Flaco la movió cuántas veces quiso. Y el colombiano apenas tuvo una ocasión propicia para convertir, pero encontró la rápida reacción de Villar. Incluso la situación más clara de River no debe computarse como una jugada armada con sentido colectivo. Fue bastante sucia. Provino de un centro de Gerlo, que se desvió en el camino en Quiroga y Villagra reventó el palo con su remate.
  Si River prácticamente no quemó las naves en la etapa inicial, con el trajín físico que traía tampoco podía esperarse su atropellada en el complemento. No fue determinante su merma, pero igual alcanzó para que Simeone moviera el banco con los ingresos de Rosales y Alexis Sánchez.
  Caruso también entendió que era el momento de poner piernas más frescas y mandó a la cancha a Steinert, Llama y Pérez. El DT siguió en la suya de creer que las buenas noticias sólo llegarían por afuera. Su pensamiento ya no tuvo correlato con los hechos. Además ninguna de sus apuestas le dio la razón. El mejor tiempo de Newell’s ya había pasado.

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