Opinión

Viajes personales por la Feria del Libro

Martes 04 de Junio de 2019

En los momentos finales de su conferencia inaugural, Elvio Gandolfo, invitado central de la Feria del Libro de Rosario 2019, se puso a contar una película. A propósito de una pregunta del público se enfocó en la cuestión de que tan bueno como tener algo que contar es la destreza de cómo contarlo. Comentó entonces "Sin nada que perder", del escocés David MacKenzie, un film algo desapercibido que compitió por el Oscar hace dos años. La película es la historia de dos hermanos que en pueblos abúlicos de la zona central estadounidense se dedican a robar bancos. Uno de ellos tiene una inclinación fácil a la violencia. El otro, el menor, más cerebral, solo tiene un propósito en mente: hacerse del dinero necesario para cancelar una hipoteca de modo que su madre no sea desalojada de la casa que compró con un crédito bancario.

Contó Gandolfo que el primer mérito de la película es el mecanismo magnífico de su narración, que lleva a ver cómo los hermanos, tanto el calculador como el zarpado, jugados por igual en su delito, están a la búsqueda de una reparación. Se trata de sacarles a los bancos la plata con que, en definitiva, le pagarán a un banco los intereses inhumanos generados por la burbuja inmobiliaria yanqui de 2008. El segundo mérito, dijo, y explicó la razón, es que trabaja Jeff Bridges.

Los que estábamos ahí empezamos a preguntar en cuchicheos el nombre de esa película para salir corriendo a buscarla, a esa y a todas en las que Jeff Bridges tuviera algún papel. Eso no tenía que ver con el filme, ni con su género, ni con el actor. La potencia de ese deseo venía de ese hechizo reconocible de la capacidad de contar historias de Elvio, un tipo formado en décadas en lecturas voraces y diversas.

La magia de la Feria del Libro está ahí, en ese pequeño milagro que se produce cada vez que alguien es capaz de mantener a otro con la respiración en suspenso con la historia que cuenta. Es por eso que, casi con desesperación, uno desea compartir maravillas casuales como esa, tan al alcance de la mano que pueden encontrarse hasta el lunes próximo en cada mesa de esta cita colectiva en el Centro Cultural Fontanarrosa.

Nunca se agota la posibilidad de asombro en relación a lo que puede pasar en dos horas de caminata por la Feria, donde es posible toparse, en un recorrido azaroso, rastros de tantas historias entre autor y lector, que cambiarán de visitante en visitante. Cuando terminó su conferencia, sentado adelante, Gandolfo se quedó conversando con gente que se le fue acercando. A alguien le contó sobre una vieja nota publicada hace 20 años en el suplemento cultural de El País de Montevideo. Era una entrevista que le había hecho a Ricardo Espalter, el actor cómico del grupo de uruguayos de Telecataplum. Un texto inolvidable en el que Espalter le confesaba a Gandolfo el estrafalario motivo por el cual había resuelto dedicarse a la sátira. Decía que en los años 40 había integrado una compañía de actores dramáticos que salía de gira en carreta a montar obras en el interior uruguayo. Y que cuando él surgía en escena, en piezas que movilizaban una tristeza profunda, todo se echaba a perder: la gente le veía la cara y empezaba a reírse. Los que vieron a Espalter en Comicolor o Hiperhumor no requieren explicaciones. La nota se tituló "El rostro invencible".

El rosarino Gandolfo se quedó hablando con el rosarino Manuel López de Tejada, que presenta mañana "La mujer camello", novela breve, alocada y fascinante distribuida por la Editorial Municipal con la que el invitado especial de la Feria fue especialmente elogioso. Ahora que finalmente hay hacia Gandolfo una especie de furor nacional que expresa un reconocimiento como escritor tan merecido como postergado, da gusto encontrar a otros autores locales que, como López de Tejada, viene trabajando con una obra menos prolífica pero abundante en talento. Y en ver el mérito del trabajo constante de la Editorial Municipal en el sostén de buenos narradores.

Como en un parque de novedades, para lectores insolventes y sin disciplina como uno, lo que surge en la feria es una conexión más íntima con el mundo de los que nos comunican el mundo. La escritora Melina Torres presentó a Guillermo Martínez, para lo que leyó siete de sus novelas. La charla fue a sala llena con un público muy interesado en el autor que luego, en un diálogo más cercano, confesó que sufre cada párrafo de cada hoja que escribe, lo que alivió a Melina, a quien le pasa lo mismo.

A cada visitante la feria lo enlaza con un espacio personal, el ámbito de las travesías mentales a donde nos condujo cada autor que cayó en nuestras manos, con lecturas que reviven cuando advertimos que allí están, por hablar en alguna sala. Varios lectores amateurs supimos con Martínez qué era la Navaja de Ockham o con la mirada personal de Alejandro Horowicz las etapas del peronismo. Sólo como ejemplo, los dos estuvieron el sábado, con un ratito de diferencia. En una charla sobre un libro de fútbol, el mismo día, el autor Andrés Burgo recordó una frase de Joyce Carol Oates. "Las experiencias más profundas de nuestras vidas son acontecimientos físicos". Para la lectura también vale. La feria es un evento emocional. Al que quiera ir a disfrutarla, feliz viaje.

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